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Por Lauren Black

Escribir sobre la disforia me resulta difícil. No se me da bien hablar de mis sentimientos, ni siquiera con mi mujer. Y la disforia es un trastorno obsesivo y disociativo. Pensar y escribir sobre ello puede empeorar la situación, pero hay mujeres jóvenes, como yo, a las que se miente en lugar de ayudarlas. Necesitan saber la verdad.

Así que voy a hablarte de la disforia, aunque me cueste hacerlo. Te voy a contar cómo es vivir con ello y cómo lo afronto. Y de paso me voy a cargar el modelo ese con la galleta generizada del sexo, la sexualidad y la identidad de género. Guantes fuera. Voy a hablar de cómo la disforia, la galleta generizada y la pornografía llevan a la creación de lo que llamo «gente robótica pornificada». Voy a plantear cómo creo que estas personas llegan, con cierta buena voluntad, a la conclusión de que «las preferencias genitales son transfóbicas». También voy a hablarte de mi maravillosa esposa, que me quiere tal y como soy. Abróchate el cinturón.

La galleta generizada o genderbread model

Este modelo sugiere que todos tenemos un sexo (cuerpo sexuado), una identidad de género interna, una expresión de género externa y una sexualidad. Y son cosas distintas. Tu sexo es el que se te «asigna» al nacer, basándose en la observación de tus genitales. Es lo que tienes «bajo la ropa interior». Tu identidad de género es si te sientes hombre, mujer, no binario o lo que sea. Está «en tu cabeza». Tu expresión de género es si eres socialmente hombre, mujer, no binario o lo que sea. Está «en tu presentación». Tu sexualidad es lo que te atrae sexualmente. No está en ningún sitio, es una orientación hacia los demás.

 

Según este modelo, algunas personas tienen un desajuste entre su sexo «asignado» al nacer y su identidad/expresión de género. Esto les provoca angustia. El modelo generizado llama a esta angustia «disforia». Ya no se dice «nacido/a en el cuerpo equivocado», pero esto es lo que se quiere decir.

Inscribir mi experiencia de disforia en los términos que acabo de exponer es ridículamente inexacto. Es ofensivo, bidimensional, carente de toda profundidad o comprensión. Y me reiría si no estuviera tan furiosa por lo que esta alegre, engañosa y caricaturesca simplificación está haciendo en los cerebros de los y las jóvenes (en su mayoría gais).

Desarrollar disforia

¿Cómo fue realmente eso de desarrollar disforia? Desde muy joven supe que me atraían las mujeres. Sabía que mi atracción por ellas estaba «mal». Mi religión me dijo que ardería en el infierno. La sociedad me lanzaba mensajes de que era un tabú. No pensaba que había hecho algo mal, sino que yo estaba mal. Me avergonzaba de quién era. Guardé el secreto durante toda mi infancia. No le dije a nadie quién era realmente. Le pedí a Dios que me convirtiera en otra persona. Le pedí a Dios que me fulminara por mi pecado. No lo hizo.

Pero sí que me dio pechos grandes a los diez años. Me vino el periodo sin previo aviso. No sabía lo que estaba pasando. Pensé que me iba a morir. Los hombres adultos empezaron a lanzarme miradas lascivas. Me sentí vulnerable, expuesta, cosificada, asustada. No lo entendía. Lo odiaba. Siempre luché contra los chicos en igualdad de condiciones, pero me acabaron superando en tamaño y fuerza. También empezaron a verme de otra manera. Una forma que me daba escalofríos. Perdí el sentido de cómo ser yo misma, cómo existir, cómo relacionarme.

No albergaba ninguna esperanza de tener las cosas que los chicos daban por sentadas. Ni siquiera me di permiso para querer una esposa, hijos, una familia. No creía que pudiera ser algo para mí. Con mi historia, no me sorprende que desarrollara un profundo y permanente malestar en mi cuerpo sexuado. Con mi historia, no es de extrañar que quisiera ser un chico.

Y ahora compárame esto con la historieta feliz que cuenta la galleta de jengibre generizada. “El sexo asignado a Lauren al nacer no coincide con su identidad y expresión de género. Lauren decidió convertirse en Lawrence. Ahora es muy feliz”. Es anodino. Insultante. El desarrollo de mi sexualidad, mi cuerpo femenino y mi socialización femenina formaron parte del desarrollo de mi identidad de lesbiana butch. No se me pueden arrancar estas piezas y separarlas de sus orígenes, como si yo estuviera hecha de componentes, como un robot, un androide. Estoy hecha de mi cuerpo, de mi historia, de mi forma de estar en el mundo. Soy un ser humano completo, integrado y auténtico, no un montón de componentes robóticos. No una colección dispar de partes del cuerpo e identidades, un avatar personalizable. Es ofensivo para mi sensibilidad sugerirlo.

Vivir con disforia

Este sentido del cuerpo como un conjunto de partes se intensifica en la disforia. ¿Por qué? Si estoy en un ciclo disfórico, me obsesiono con una parte/función del cuerpo (pechos, útero, menstruación). Lo pienso. Le doy vueltas sin parar y en vano. Pensar demasiado me lleva a objetivar esa parte del cuerpo. Me disocio de ella. Si pienso demasiado en ello, no siento mis pechos como tales. Los siento como bultos incómodos que llevo pegados. Puedes hacer un truco similar si piensas en tu lengua. Ahí está, en tu boca, presionando contra tus dientes. Cuanto más tiempo te concentres en ella, más parecido a un objeto extraño te parecerá. La disforia es mucho peor, hay más aspectos obsesivos y angustiosos también, pero esa sensación te da una pista de cómo es la parte disociativa.

Si pienso en mis pechos el tiempo suficiente, siento que no son míos. No son yo. Me duelen. Me impiden hacer las cosas que quiero. La obsesión, la disociación y la disforia pueden crear la sensación de que mi cuerpo no es un todo integrado, sino un conjunto de partes. Como si pudiera separar las partes que no me gustan. Como si mis pechos, de alguna manera, no fueran yo, sino que los tuviera ahí pegados. Los quiero lejos. Quiero cambiarlos por otra cosa. Es como si fuera un robot, no un humano. De esa sensación a las hormonas y las cirugías hay un pequeño paso. Pero el problema no está en mi cuerpo, sino en mi cabeza.

Robots, no humanos

La galleta de jengibre generizada lleva a las personas a pensar en sí mismas como si estuvieran hechas de componentes, como robots, no como humanos. Fomenta que piensen que su cuerpo está desconectado de su identidad y su sexualidad. Promueve la desintegración y la disociación del yo como un todo con sentido. Anima a la gente a pensar en su cuerpo y su identidad como un instante en el tiempo, desconectado de su historia, su cultura, su forma de estar en el mundo. Les aleja sin duda de la cruda realidad de que, en la edad adulta, si quieres algún tipo de autenticidad en tu vida, necesitas integrarte, convertirte en un ser humano completo y confuso.

Esa galleta generizada también disuade a la gente de sopesar o abordar cuestiones políticas y sociales urgentes. “Nada de tomar medidas políticas para proteger a las mujeres, a la infancia y a las personas LGB para que no sufran como tú. ¡No! TÚ eres el problema. ¡Y tengo la solución! Tómate esta pastillita y, por arte de magia, serás un hombre heterosexual. Los hombres trans son hombres, que lo sepas. ¡Enhorabuena, señor!” Esto es más que inútil, es reductor, bidimensional, perjudicial. Impide que la gente se ponga a la dura y necesaria labor para alcanzar profundidad, intensidad y autenticidad. En cambio, con este modelo, la falsa autenticidad se consigue haciendo coincidir correctamente las partes robóticas y personalizables del cuerpo con los sentimientos internos. Eso no podría ser yo, aunque sé que algunas personas han ido tan lejos que la transición les parece necesaria. No estoy en contra de que los adultos hagan lo que quieran con su cuerpo. Estoy en contra de la suposición de que esta sea la única solución en todos los casos (como en el modelo de afirmación). Es la opción nuclear, y como en toda buena medicina, la opción nuclear debe considerarse la última, no la primera.

Gente robótica pornificada

Ya he hablado de lo poco útil que es para mí pensar en mi cuerpo como si estuviera hecho de partes desmontables, como un androide. Creo que el consumo excesivo de pornografía puede exacerbar este autoconcepto robótico, hasta el punto en que las personas no piensen en sí mismas o en los demás como personas de verdad, al menos no en el sentido que yo entiendo. En mi opinión, así es como acabamos en el discurso de “las preferencias genitales son transfóbicas”.

Las personas que aparecen en el porno no tienen pasados ni futuros que el espectador imagine. No tienen profundidad ni personalidad. Son personas de plástico, disociadas, que se frotan entre sí, tratando de sentir algo. O tal vez tratando de no sentir nada. Personas hechas de piezas. La cámara suele enfocar solo los genitales. Bien podrían ser robots, dado lo que se nos motiva a empatizar con ellos o a entender sus personajes. Es brutal.

El porno reduce la empatía por el otro sexual. Reduce la función sexual en el mundo real. Desintegra aún más la coherencia de todo el ser. Te saca del momento en el que estás con tu amante en la vida real, mientras un flujo constante de personas de plástico desfila por tu imaginación. Bien podrían ser robots. De hecho, hay un creciente comercio mundial de robots sexuales; algunos pueden incluso mantener una conversación.

En el momento en que te masturbas con un robot que parece una mujer, estás perdido. Has perdido todo el sentido de la presencia conectada a tierra. Has renunciado a ti mismo como preocupación humana, y has renunciado a toda esperanza de tener relaciones sexuales positivas con otras personas. Has renunciado a la conexión humana auténtica, esa realidad desordenada, y has renunciado a llegar a ser mejor de lo que eres. Estás perdido.

Mucho peor, entonces, es considerarte a ti mismo y a tu pareja humana real como algo robótico, como un conjunto de piezas. Qué disociación de ti mismo y de tu pareja tienes que sentir para soltar: «Si quieres que te penetren, qué importa si es con un pene o una prótesis» o «Solo es un hombre con un agujero de más». Estas son las palabras de la gente robótica pornificada. Personas que se ven a sí mismas y a los demás como un conjunto de identidades y partes intercambiables. Personas cuyo concepto de sí mismas y de su cuerpo es de naturaleza robótica, más que humana.

Autenticidad

No me veo a mí misma de esta manera fracturada. Tomo las riendas de mi disforia. La mantengo a raya. Está siempre ahí, pero yo tengo el control. Me aferro a mi cuerpo. Busco la autenticidad y la conexión humana sincera. Me pongo lo que quiero y me corto el pelo como quiero y me resbalan las miradas. Que miren. Y me apoyo en mi mujer, que me aporta todo su ser y me quiere tal y como soy. Es mi mujer, y me busca en la penumbra. Estoy por ella y está por mí, y soy su refugio. La abrazo y me siento bien. Estoy en paz.

Las que hemos amado de verdad de esta manera nunca podríamos decir cosas como: «Si quieres que te penetren, ¿qué importa si es un pene o una prótesis?» Nunca podríamos reducir a las personas que amamos a sus componentes de esa manera. Las que tenemos un yo integrado nunca podríamos decir cosas como: «Es solo un hombre con un agujero de más». ¡No! Les reclamo el sexo. Les reclamo la conexión humana. Que se queden con su disociación, su desintegración y la reducción de la experiencia humana a sus componentes. Buena suerte si pretenden encontrar la felicidad así. Para estar completa necesito amor, conexión, intimidad, necesito estar arraigada en lo que soy, y estar realmente presente para la mujer que amo.

Prefiero reconciliarme conmigo misma de este modo que tomar hormonas sexuales cruzadas y someterme a cirugías estéticas para poder tener un aspecto tan aceptablemente masculino como el que siento. No soy un robot, ni un androide, ni una colección de piezas e identidades. No soy un avatar. Soy una mujer. Estoy hecha de carne, de sangre, de sentimiento y de pensamiento. Sangro. Sudo. Pujé temiendo por mi vida y traje a mi hijo al mundo. Lo alimenté con mi pecho. Me maravilla que mi cuerpo haga estas cosas. Me encanta ser una manitas. Estoy orgullosa de mi fuerza física. Soy una persona completa. Como todo el mundo, a veces me siento algo rota, pero sé quién soy. Soy una lesbiana butch, una mujer fuerte y masculina. He encontrado mi voz. La estoy alzando. Estoy en mi poder, en mi cuerpo de mujer, y estoy en casa.

Lauren Black es una lesbiana butch que vive con disforia y ha decidido no transicionar. Está aprendiendo a amar la piel en la que está. Es cofundadora de la LGB Alliance Ireland y vive con su mujer y sus dos hijos en Irlanda del Norte.

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