Lo que se promueve como un avance en derechos humanos es en realidad todo lo contrario: un movimiento internacional de graves consecuencias para la salud pública que se apoya tanto en el ardor militante de una locura de masas como en los intereses materiales de terapeutas, académicos, educadores, influencers, periodistas y políticos. Sus víctimas principales son niñas de entre doce y quince años agitadas por las inseguridades de la pubertad, las ansias de  poseer una identidad valorada en su entorno y la influencia incesante de las redes sociales y de enseñantes abducidos por la ideología de género.

Se conoce como disforia sexual o de género la insatisfacción profunda de algunas personas con su sexo biológico. […] Hasta hace poco, los psiquiatras, los psicólogos y los sexólogos dedicados a la disforia de género coincidían en considerarla una patología psíquica que nada tiene que ver con el hermafroditismo, de muy rara incidencia, ni con la inclinación, perfectamente normal, de algunas personas a adoptar características del sexo contrario.[…]

Que la disforia sexual se diagnosticara como una psicopatología no implica ninguna valoración moral; es solo la conclusión científica de muchos años de experiencia médica.

Según los datos que proporciona en su quinta edición el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (2020), un volumen que reúne los resultados de los estudios sobre salud mental llevados a cabo por centenares de especialistas de todo el mundo, la disforia de género tiene solo una incidencia de entre el 0.005 y el 0.014% en el total de la población masculina, y de entre un 0.002 y 0.003% en la femenina.

La doctora Lisa Littman, ginecóloga y obstetra ―profesionalmente ajena a los estudios de disforia― tuvo casualmente noticia de que, entre 2016 y 2017, las operaciones de cambio de sexo llevadas a cabo en Estados Unidos se habían multiplicado por cuatro y que afectaban en un 70% a las mujeres; al año siguiente, el Reino Unido hizo público que el número de chicas adolescentes que solicitaban tratamientos de género había aumentado en un 4,400 por ciento con respecto a la década anterior.

En Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Suecia y Finlandia, los hospitales y los terapeutas de género ofrecieron datos que mostraban un cambio radical en la incidencia de la disforia: se estaba pasando cada vez más de una situación en la que los pacientes eran en su mayoría un reducido número de varones en edad preescolar a otra en la que eran predominantemente chicas adolescentes.

Tras entrevistarse con 256 padres de niñas adolescentes convencidas de su transexualidad y revisar todos los datos disponibles en la literatura científica, pudo documentar que la inmensa mayoría presentaba un mismo patrón de conducta: a diferencia de la auténtica disforia, que aparece casi siempre en la primera infancia, las niñas analizadas habían descubierto su condición en plena pubertad, de la noche a la mañana y sin haber manifestado previamente ninguna incomodidad con su sexo biológico; antes de adoptar su nueva identidad, un 65 por ciento de ellas había mostrado una tendencia obsesiva a limitar su experiencia del mundo a las redes sociales, y en sus círculos de amistades, la prevalencia de chicas identificadas con la transición de género era setenta veces más alta que en cualquier otro grupo de adolescentes. Littman llegó a la conclusión de que estábamos ante una situación de contagio social que nada tenía que ver con la disforia y de ello dedujo que los terapeutas que se ocupaban de estos casos no enfocaban el problema como debían, tratando las causas psíquicas que llevaban a las adolescentes a desear el cambio de sexo, sino que lo agravaban irresponsablemente prescribiendo a sus pacientes la administración de hormonas y en muchos casos también la mastectomía y otras cirugías irreversibles. Su trabajo fue publicado en la revista académica de la Public Library of Science y casi de inmediato recibió el ataque de activistas que la trataron de fanática y la acusaron de haberse informado con el testimonio de padres conservadores contrarios a la transexualidad, lo cual no era en absoluto cierto.

El acoso a la doctora se propagó a toda velocidad y pronto contó con el concurso de los medios, que promovieron las opiniones de activistas disfrazados de expertos hasta conseguir que la Universidad de Brown, donde Littman ejercía su trabajo de investigación académica, retirara el artículo de su web y lo sustituyera por una disculpa del decano de la facultad en la que lamentaba que «las conclusiones del estudio pudieran usarse para desacreditar los esfuerzos realizados en apoyo de los jóvenes transgénero». La Public Library of Science, por su parte, también cedió a la presión de los activistas reconociendo que el trabajo de la doctora Littman debía haberse sometido a mayor revisión y que podía contener errores metodológicos. Sin duda, se trataba de un infundio: el artículo en cuestión se había sometido a la evaluación por pares y cumplía todos los requisitos exigibles a una investigación científica.

Como no quedaron lo bastante satisfechos con esos triunfos, los enemigos de la doctora, entre los que había médicos y profesionales de la psicología, lograron finalmente que fuera despedida del hospital en el que tenía consulta como especialista en complicaciones del embarazo y partos prematuros.

Extraigo la información sobre la desoladora experiencia de la doctora Littman y buena parte de la que daré a lo largo de este artículo del libro de Abigail Shrier Irreversible Damage, aparecido hace pocos meses en Estados Unidos (Regnery Publishing, Washington, 2020) y recientemente retirado de la cadena de almacenes Target y de la plataforma de libros electrónicos Kobo. Puede adquirirse todavía en Amazon España, pero la compañía lo eliminó hace tiempo de su catálogo en Estados Unidos. La obra de Shrier representa la mayor contribución hasta el momento a la lucha por denunciar lo que se promueve como un avance en derechos humanos cuando es en realidad todo lo contrario: un movimiento internacional de graves consecuencias para la salud pública que se apoya tanto en el ardor militante de una locura de masas como en los intereses materiales de terapeutas, académicos, educadores, influencers, periodistas y políticos.

Sus víctimas principales son niñas de entre doce y quince años agitadas por las inseguridades de la pubertad, las ansias de  poseer una identidad valorada en su entorno y la influencia incesante de las redes sociales y de enseñantes abducidos por la ideología de género.

[…] Así se crean después grupos de escolares, casi todos formados por niñas, que discuten las particularidades de la identidad que más les atrae y se recomiendan mutuamente las webs, las cuentas de Twitter y los canales de YouTube ―algunos de los cuales llegan a tener más de cien mil seguidores― que dan información pormenorizada de todo lo que hay que hacer para empezar la transición de género, incluyendo los modos y maneras más recomendables para burlar la vigilancia paterna. La consigna que se repite parece calcada de la que inventaron Ellen Bass y Laura Davis a propósito de los abusos sexuales: «Si crees que eres transgénero, es que lo eres».

Habiendo adquirido ya el contagio en su círculo de amistades ―mayoritariamente a través de los grupos de mensajería y las redes sociales―; habiéndose alimentado durante meses de la palabrería de los influencers y las disertaciones sobre las múltiples identidades de género con que le educan sus maestros, un buen día, una chica adolescente que nunca había mostrado ningún rasgo que pudiera hacer pensar en  incomodidad alguna con su sexo biológico, comunica a sus padres que a partir de ese momento tienen que llamarla por su nuevo nombre masculino y apoyarla en su firme decisión de aprisionar sus pechos, inyectarse testosterona y quizás también someterse a cirugía.  […]

Según estudios recientes, el uso prolongado de sujetadores compresivos (binders), además de hematomas, puede llegar a causar dolores y deformaciones de espalda, fracturar las costillas y perforar los pulmones. El suministro de testosterona espesa la sangre y aumenta elevadamente el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares; a la larga, puede provocar también diabetes y cáncer. Los fármacos bloqueadores de la pubertad, finalmente, a menudo prescritos por terapeutas para suspender temporalmente el proceso de maduración sexual, llevan en la mayoría de los casos a la administración de hormonas en un camino que conduce inevitablemente a la infertilidad y que tiene una alta probabilidad de acabar en un cáncer de ovarios. Otros padres, perplejos ante la demanda insistente de su hija y tras intentar disuadirla en vano, deciden buscar el consejo de un psiquiatra, un psicólogo o un sexólogo sin imaginar que el profesional al que acuden con la confianza de que les ayudará a superar el trance no va a hacer otra cosa que recetar veneno.

Lejos de interesarse por las causas que han conducido a la niña a desear desesperadamente la transformación, es muy probable que el terapeuta en cuestión se ponga desde el principio al lado de la paciente y comunique a sus progenitores que la única solución justa y razonable es iniciar el proceso de transición. En caso contrario ―les advierte― el peligro de suicidio es muy elevado, y ante esa terrible posibilidad muchos padres ceden al despropósito.

Algunos padres ceden a los deseos de su hija y proceden así como la mujer insensata del poema que abre el Cancionero de Ausiàs March: «Le ocurre ―dice Ausiàs March― como a la mujer con tan poco juicio que no sabe contradecir a su niño si veneno le pide llorando»

Mientras termino de escribir este artículo, me llegan de círculos próximos noticias de niñas adolescentes que comunican a sus padres la decisión de someterse a una transición de género y de hospitales y centros psiquiátricos especializados que ya aplican en España la terapia afirmativa. Hay indicios más que suficientes para empezar a darse cuenta de lo que ocurre.

El proyecto de ley que prepara el Ministerio de Igualdad no augura nada bueno y, de ser finalmente aprobado por las Cortes, proporcionará los instrumentos jurídicos necesarios para llevar el país a una situación parecida a la que se sufre en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido y los países escandinavos.

El proyecto pretende establecer, entre otras disposiciones, que los menores de dieciocho años ―se ha insinuado que podría permitirse a partir de los catorce― puedan adoptar legalmente la identidad de sexo que les apetezca sin necesidad de presentar un informe médico ni de someterse a ningún tipo de tratamiento.

Pero el proyecto de ley de igualdad no se limita a garantizar la libre declaración de identidades sexuales, también quiere permitir a los mayores de dieciséis años el uso de bloqueadores de la pubertad y el suministro de hormonas cruzadas sin prescripción médica ni autorización paterna. Además de borrar la condición de mujer, como acertadamente denuncia el feminismo, y de abandonar a los adolescentes a las veleidades de su precaria voluntad, en la fase de descomposición de Occidente en la que nos encontramos, los gobiernos democráticos empiezan a armarse contra la ciencia médica y la autoridad paterna.

A pesar de que todo esto goce de protección legal en un número creciente de países y reciba el apoyo de una parte considerable de la opinión progresista, que se deja arrastrar a ese delirio desconociendo por lo general su alcance y sus consecuencias, no hay duda de que estamos ante una de las periódicas atrocidades que engendra la estupidez humana en sus euforias ideológicas. Las histerias colectivas apuntaladas en poderes sociales y económicos suelen presentar al cabo de los años un balance siniestro de sufrimientos innecesarios, daños irreparables y demandas judiciales de los afectados. Los datos sobre el porcentaje de personas que, una vez superada la adolescencia, se arrepienten de haberse sometido a un cambio de sexo son todavía muy confusos, pero hay constancia de que el número crece aunque los activistas transgénero atribuyan sistemáticamente las estadísticas que les son desfavorables a los prejuicios del conservadurismo con las identidades sexuales. El aumento desaforado de adolescentes sometidos a tratamientos hormonales o a cirugía irreversible, no contra su voluntad, pero sí mediante la manipulación social de unas respuestas emocionales que están todavía muy lejos de dejarse gobernar por quien las padece, constituye un grave problema moral que solo puede dejar de lado una sociedad que ha perdido el juicio.

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