Keira Bell, que a los 16 años empezó un tratamiento hormonal, a la salida del Tribunal que estudió su demanda contra la clínica Tavistock

¿Qué deberíamos hacer si una niña de 12 años nos dice: «Soy un niño»? De tener una respuesta sencilla o evidente, la pregunta no sería tan desmedidamente polémica. Un buen lugar para empezar, si se es un progenitor, es afirmar que se ama a esa niña.

Ni que decir tiene que ningún niño debería verse atado por estereotipos de género. Los niños pueden usar vestidos; las niñas pueden jugar con los coches, o convertirse en fontaneros. Sin embargo, la pregunta se hace mucho más difícil cuando los niños dicen detestar su cuerpo y quieren otro diferente.

La disforia de género (un sentimiento de alienación con respecto al sexo de nacimiento) es real, y la proporción de niños y adolescentes a los que se les diagnostica esa enfermedad en los países ricos está aumentando por razones que no se acaban de comprender. 

De acuerdo con una escuela de pensamiento que se ha extendido con rapidez, hay que dar la razón a los jóvenes que se identifican como transgénero y ofrecerles, en caso de que las pidan, intervenciones médicas para ayudar a que sus cuerpos coincidan con lo que consideran que es su verdadero ser.

Hace dos semanas, el Tribunal Superior de Inglaterra puso de manifiesto algunos de los problemas que pueden surgir de semejante concepción. La vista se refería a Keira Bell, quien afirma se le administró de forma precipitada a los 16 años un tratamiento médico que le cambió la vida, algo que ahora lamenta.

El proceso comenzó con fármacos que retrasan la pubertad. Esos fármacos suelen ser descritos como reversibles y una forma de «ganar tiempo». Sin embargo, en la clínica Tavistock, donde fue tratada Bell, la mayoría de los pacientes que tomaron bloqueadores de la pubertad pasaron a tomar también hormonas del sexo opuesto (estrógeno, los varones, para desarrollar pechos; testosterona, las mujeres, para desarrollar características sexuales masculinas). Muchos se sometieron luego a una operación de cirugía.

Algunos de los efectos de semejante tratamiento son irreversibles. Saltarse la pubertad provoca esterilidad. Los pechos que Bell se quitó cuando tenía 20 años no volverán a crecer. Cabe la posibilidad de que quienes se someten a un tratamiento de reasignación de género no puedan tener nunca hijos propios ni experimentar un orgasmo; y las pruebas acerca de los beneficios a largo plazo son extremadamente vagas.

Según el tribunal inglés, es muy improbable que alguien pueda tener a los 15 años una comprensión lo suficientemente cabal de la cuestión para dar un consentimiento informado a la administración de bloqueadores de la pubertad, un proceder que calificó de tratamiento experimental.

Algunos niños y adolescentes que expresan una disforia de género nunca se mostrarán satisfechos con su sexo natal. Sin embargo, los estudios indican que entre el 61% y el 98% de los niños con trastornos relacionados con el género, acaban reconciliándose con él si se les permite pasar la pubertad sin intervención médica. Muchos se darán cuenta de que son sencillamente homosexuales.

El número de clínicas de género se ha disparado en varios países. En Estados Unidos, ha aumentado de una a más de 50 desde 2007; no hay estadísticas nacionales sobre el número de pacientes que buscan tratamiento.[…]

Los jóvenes que se enfrentan hoy a la disforia de género necesitan una terapia franca y comprensiva que plantee todas las opciones a largo plazo. Los servicios de salud deben obrar mejor a la hora de proporcionarla. Y, antes de adoptar procedimientos invasivos como aquellos a los que se sometió Keira Bell, la profesión médica necesita reunir pruebas para establecer el equilibrio entre los beneficios y los daños que comportan.

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