Irene Montero se echó a llorar cuando hablaba, desde el cargo de ministra de Igualdad, sobre la violencia machista este 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Tenía motivos para hacerlo. Cada año, la violencia machista mata a más de 50 mujeres en España. Es una cifra espeluznante, y el hecho de que probablemente sea la más baja de lo que llamamos mundo civilizado solo indica que el resto de los países está peor, y al mal de muchos no se le ha de llamar consuelo de tontos, porque ya tiene un nombre: epidemia.

Ser la titular del Ministerio responsable de reducir la cifra hasta cero, sabiendo que en casi 20 años solo se ha conseguido bajarla de 75 asesinatos anuales a 50, puede ser desesperante. ¿Lloraba por eso Irene Montero? ¿O lloraba porque sabía que está dedicando los recursos de su Ministerio a sabotear esta labor y que algún día tendrá que rendir cuentas por ello?

Un día tendrá que explicar por qué eligió este día para entregar un premio a Carla Antonelli, veterana activista transexual. Algo lógico un 31 de marzo, o un 20 de noviembre —hay más de un día dedicado a las personas trans— o incluso un 28 de junio, siguiendo la tan frecuente y tan mal intencionada confusión entre homosexuales y transexuales. Antonelli no deja de ser una destacada luchadora histórica por los derechos de un colectivo marginado. Pero, ¿un 25 de noviembre? Parece una consigna: también la agrupación de Podemos en Leganés (Madrid), ha invitado a una transexual (Olga Baselga) para hablar de violencia machista en vísperas del 25-N.

Esto es sabotaje. No solo porque los dirigentes del activismo transexual, Antonelli incluida, defienden públicamente hábitos tan patriarcales como la prostitución, ni porque muchos de ellos —Antonelli se abstiene al respecto, pero nunca ha tenido la entereza de denunciarlo— incluso exigen legalizar el más patriarcal de todos los negocios: el que bajo el elegante nombre de ‘maternidad subrogada’ convierte a las mujeres en máquinas paridoras comerciales. […]

[La ley para la igualdad plena y efectiva de personas trans] pide «despatologizar las identidades trans» e instaurar la «autodeterminación de género de las personas que manifiesten una identidad de género no coincidente con el sexo asignado en el momento del nacimiento», en la línea de la proposición enviada al Parlamento por Podemos en 2017 y que llegó hasta el punto de incluir asistencia jurídica gratuita para cualquier persona que se considerase ofendida de cualquier manera por cualquier actitud respecto a su «identidad de género». En otras palabras, preveía ilegalizar la columna que está usted leyendo.

Lo más curioso es que bajo pretexto de acabar con las desdichas del colectivo trans, la ley acaba con el colectivo entero. Ya no habrá más transexuales.

Porque un transexual, como la palabra indica, es una persona que asume una personalidad correspondiente al sexo al que no pertenece (trans- : pasar al otro lado). Con la nueva ley en la mano no se pasa de ninguna parte a ninguna otra, toda persona es hombre o mujer según lo que declare sentir profunda y verdaderamente, y en el preciso instante de declararlo tendrá un cuerpo biológico de hombre o mujer.

Es decir, las categorías biológicas mujer y hombre serán abolidas y sustituidas por un profundo sentir. Se prohibirá cualquier diagnóstico o análisis del asunto: insondables son las vías y los sentimientos del señor.[…]

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