Esta semana Page, intérprete de películas de Hollywood, ha hecho pública su condición masculina, y nos ha informado de que el nombre por el que nos vamos a referir a su persona a partir de ahora ya no será Ellen sino Elliot. Se ha declarado varón trans. ¿Por qué es un varón trans? Porque siente que lo es. ¿Y por qué siente que lo es? Porque sabe que lo es. ¿Y por qué sabe que lo es? Porque lo es.

Usamos el verbo “ser” por encima de nuestras posibilidades. El barón de Munchausen, ese teórico trans, conseguía flotar tirándose de los zapatos hacia arriba, sentando un claro precedente del statement de Elliot Page. Pero ¿qué es “sentirse varón”? ¿Puede uno sentirse blanco o de 1,80m de estatura?

Yo puedo decir “siento como si tuviera 30 años” porque los he tenido y reconozco cómo me sentía, pero no puedo decir, más que como metáfora, “siento como si tuviera 80 años”. ¿Qué siente quien afirma sentirse varón sin haberlo sido nunca? ¿Con qué está comparando su experiencia para nombrarla así? Hago estas preguntas con cierto temor: sé que los activistas trans pueden saltar de un “disiento de lo que dices sobre ti” a un “me niegas mi derecho a existir” dando una voltereta digna del mejor acróbata del Circo del Sol. Cuando se les rebate sacan la transfobita, esa kryptonita ante la que el feminismo, y la racionalidad en general, pierde todos sus superpoderes. ¿De verdad vas a prohibir hacer este tipo de preguntas, Irene?

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La mejor psicología lleva décadas estudiando cómo la comunidad verbal -micro y macro, Netflix y nuestra familia- nos enseña a nombrar las emociones, cómo las crea y moldea en el mismo proceso de nombrarlas, y cómo así nos cuela su ideología -en este caso, estereotipos sexuales… uy, perdón, quise decir “género”-, haciéndonos creer que esas etiquetas son tan naturales que brotan espontánemente ya dotadas de ese significado. Aprendemos así a llamar “femenino” a ciertos estilos de conducta, y “masculino” a otros, y decimos cosas como “me siento varón, es mi auténtico yo, quien lo niegue niega mi esencia”. Cualquier padre que no esté en la inopia sabe lo fácil que es inducir un deseo en un niño y después encogerse de hombros, como si el niño lo hubiera elegido libremente. “Los niños deben hacer lo que les dé la gana; ya nos ocuparemos de que les dé la gana lo que nosotros queramos”, vino a decir Rousseau, ese teórico trans.

Y, ante esto, lo verdaderamente transgresor es denunciar este proceso de idiotización social que busca exaltar lo banal de la persona, promovido por quienes saben que nada hay más desmovilizador que una ciudadanía convencida de que el sentido de la vida consiste en olerse la ropa interior.

Y lo verdaderamente conservador es adoptar los modos estéticos y emocionales de la rebeldía pop para vender la naturalización y sacralización de los estereotipos sexuales, convertidos ahora en “sexo registral”. Lo transgresor es analizar de forma materialista esta cuestión sin que importe la comodidad o incomodidad de las conclusiones. Y lo conservador es festejar frívolamente la diversidad como un don numinoso del que algunos se encuentran ungidos, gruñendo cada vez que alguien se pregunta racionalmente por sus causas y consecuencias. A lo mejor yo no soy de izquierdas, sino trans. Pero me inclino más a pensar que Elliot Page no es trans, sino de derechas.

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