Maya Forstater (Photo credit: Barney Cokeliss)

Si Maya Forstater gana su apelación, no solo será una victoria para ella; los pensadores heterodoxos de todo el Reino Unido respirarán aliviados. Nadie debería enfrentarse a la pérdida de su sustento o a cualquier otro tipo de mancha en su reputación por decir la verdad: que el sexo existe.

Forstater es una feminista que cree que “es importante poder hablar del sexo biológico y de las formas en que los hombres y las mujeres se ven afectados de manera diferente por las decisiones y elecciones sociales, culturales y políticas”. Hoy concluirá un caso que muchos esperan que reequilibre la balanza a favor del derecho a la libertad de creencias frente al peso del autoritarismo de los “muy concienciados”.

En 2019, Forstater llevó a su empleador, el Centre for Global Development en Europa (CGDE),  a un tribunal laboral porque no le renovaron el contrato a raíz de los comentarios que hizo en las redes sociales en el contexto de la propuesta de reforma de la Ley de reconocimiento de género británica. [Maya tuiteó que el sexo biológico es real e inmutable]

En un comunicado emitido por el CGDE se afirma que las convicciones de Forstater «negaban a las personas ‘trans’ sus derechos legales además de causarles dolor personal». Forstater perdió el caso en primera instancia, y el presidente del tribunal, James Tayler, dictaminó que sus opiniones no eran «dignas de respeto en una sociedad democrática». Este comentario provocó protestas y encendió la ira de las feministas, pues consideran que el reconocimiento del sexo es fundamental para analizar el sexismo.

Calificar la observación de Forstater sobre la realidad biológica del sexo como una «creencia» parece algo del mundo al revés

Los argumentos esgrimidos ante el tribunal de apelación fueron elocuentes y convincentes, con referencias a potentísimas figuras de la libertad y la libre expresión, desde JS Mill hasta George Orwell. Y sin embargo, había algo surrealista en ver al hipercualificado procurador Ben Cooper QC explicando el sentido común al tribunal como si fuera una creencia marginal y esotérica. Como señala el comentarista jurídico Joshua Rozenberg en su análisis de las alegaciones: «No hay nada escandaloso o censurable en las creencias [de Forstater]. Para muchos, representan la ortodoxia imperante». […]

El artículo 9 del Convenio Europeo de Derechos Humanos, que garantiza «el derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión», es fundamental en el caso de Forstater. Clasificar la observación de Forstater sobre la realidad biológica del sexo como una «creencia» parece algo del mundo al revés, pero como se señala en la estructura de los documentos de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos o EHRC: «Una creencia puede ser teísta pero también puede estar basada en la creencia de que algo es una realidad científica».

En la sentencia original el juez Tayler declaró: «La reclamante es absolutista en su visión del sexo y un componente central de su creencia es que se referirá a una persona por el sexo que ella considere apropiado, aunque atente contra la dignidad de dicha persona y/o cree un entorno intimidatorio, hostil, degradante, humillante u ofensivo».

Pero Forstater ha sido clara al afirmar que se referirá a las personas según sus preferencias y no tratará de ofenderlas; simplemente se reserva el derecho de referirse al sexo cuando lo considere pertinente. Como Cooper sostuvo ayer ante el tribunal: «La libertad de expresión se extiende enfáticamente a lo que puede ofender… insistir en los pronombres preferidos equivale a forzar la libre expresión».

La ideología transgenerista ha calado en el poder judicial

Como señaló la EHRC, la primera sentencia del Tribunal Laboral «dedicó dos páginas a las desventajas que afrontan las personas ‘trans'» y «tres páginas a las protecciones que la ley ofrece a las personas ‘trans’ contra la discriminación». La inferencia aquí es clara. El tribunal se entregó a un juicio de valor sobre la validez de las creencias de Forstater, en lugar de abordar su derecho a mantenerlas. Como señala Rozenberg: «Es sorprendente y preocupante que el tribunal haya considerado que su función es diseccionar las creencias de esta manera y dictar lo que es o no es una base aceptable para una creencia; y muestra hasta qué punto el tribunal perdió el rumbo».

Cabe sospechar que hoy el juez James Tayler se sentirá algo juzgado. En los dos años transcurridos desde que se dictó sentencia, las cosas han cambiado; las exigencias ilógicas y petulantes de los transactivistas están siendo cuestionadas.

Del mismo modo, la condena de Kate Scottow, que fue demandada por referirse a Stephanie Hayden, que se identifica como mujer «trans», como un «cerdo con peluca», fue anulada en apelación. Y hay otros casos en curso. Este mismo año tenemos el de Keira Bell contra Tavistock y el año que viene la abogada Allison Bailey se enfrentará al lobby transgénero Stonewall y a sus antiguos empleadores en el Tribunal Superior de Justicia.

Desde la Guía de la sala sobre igualdad de trato (The Equal Treatment Bench Book), a la que se remiten los jueces, hasta la adhesión del Ministerio de Justicia al programa Stonewall Champions Scheme, la ideología transgenerista ha calado en el poder judicial. Pero poco a poco, a medida que se van presentando casos ante los tribunales superiores, se está arrojando una luz y un escrutinio muy necesarios sobre las políticas elaboradas en la sombra.

Si Maya Forstater gana, no solo será una victoria para ella; los pensadores heterodoxos de todo el Reino Unido respirarán aliviados. Nadie debería enfrentarse a la pérdida de su sustento o a cualquier otro tipo de mancha en su reputación por decir la verdad.

Artículo completo
Comparte esto:
Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Al hacer clic en el botón Aceptar, aceptas el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver Política de cookies
Privacidad