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Cada vez que los transactivistas encuentran un obstáculo en su camino llegan los lamentos generalizados, las declaraciones dramáticas y la contención de la respiración en plan «pues ahora no respiro». Para lidiar con el transactivismo histriónico en organizaciones, hogares y grupos de amigos, Kathleen Stock, que ha experimentado las iras de los infantilizados, nos propone cinco reglas básicas.

No se le habrá escapado al más perspicaz que hay algo en el transactivismo moderno que empuja a que adultos, funcionales según la competencia de Gillick*, se desvíen hacia lo infantil. Desde la reciente aclaración de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos sobre la legalidad de los espacios segregados por sexo según los términos de la Ley de Igualdad, hasta el anuncio del gobierno de que ya no intentará criminalizar lo que se denomina tendenciosamente «terapia de conversión» para las personas con identidades de género incongruentes, parece que cada vez que se pone un obstáculo en el camino de los transactivistas hay lamentos generalizados, declaraciones dramáticas y contención de la respiración en plan “pues ahora no respiro”.

Dado el alcance radical de las ambiciones de los transactivistas -básicamente, reestructurar la lengua inglesa para que nadie se refiera con exactitud a hombres y mujeres en cualquier contexto que pueda importar– se podría pensar que serían un poco más conscientes de la probabilidad de una resistencia directa. Pero no es así: cada nuevo obstáculo es recibido como un golpe incomprensible y aplastante, y a ello le sigue inevitablemente mucho drama.

¿Qué es lo que produce esa regresión infantil en los iniciados de la nueva religión del género? Al menos parte de la respuesta parece tener que ver con el ejemplo dado por Stonewall. Durante años, la organización benéfica LGTBQ ha actuado como un profesor de primaria demenciado, actuando a loco, fomentando todo tipo de hábitos desagradables en aquellos que están bajo su influencia. Mediante el uso de una elaborada tabla de recompensas -conocida también como el UK Workplace Equality Index (Clasificación de Igualdad Laboral en el Reino Unido)- ha sembrado una confusión generalizada en cientos de instituciones sobre el contenido real de la ley de igualdad.

Ha asustado a la gente con macabras historias de asesinatos, amenazas de suicidio y el delito de odio de «atribución del género erróneo». No es de extrañar que los más impresionables se pongan tan nerviosos.

El último ejemplo del liderazgo moral de Stonewall se ha producido este fin de semana, cuando se reveló que su deserción de la conferencia sobre derechos LGBT «Safe To Be Me» organizada por el gobierno va a costar al contribuyente al menos 650.000 libras, y probablemente más. Después de haber sido pagada por su participación en la organización de la conferencia, la declaración de Stonewall justificando su retirada estaba llena de la habitual prosa desgarradora: dolor de corazón por el cambio del gobierno respecto a la terapia de conversión, la confianza perdida, etc. Se podría pensar que el gobierno acababa de anunciar la heterosexualidad obligatoria para todos, y no una pausa para una legislación que amenazaba con criminalizar las terapias exploratorias para personas que se cuestionan su género, incluso para adolescentes homosexuales que corren el riesgo de iniciar un camino medicalizado del que luego podrían arrepentirse.

Muchas de las personas que luchan contra la agenda de Stonewall son madres, o como diría el hospital de maternidad “Stonewallalizado” donde di a luz dos veces, «personas embarazadas«. Dado que la oposición parece estar desesperada por proyectar sus graves problemas de mamis sobre nosotras, considero que deberíamos aceptar el reto. Como la mayoría de las madres saben, es importante tener algunas estrategias preparadas para cuando las cosas se ponen difíciles.

Así que, en solidaridad con estos adultos acosados de todo el país que tienen que lidiar con el transactivismo histriónico en sus organizaciones, hogares y grupos de amigos, he aquí cinco reglas al estilo de la superniñera de mi parte:

1-Anímelos a usar su propio vocabulario

Al igual que con los niños pequeños, en el transactivismo hay muchos gritos, pataleo y pavoneo, pero no mucha reflexión. La próxima vez que un transactivista le diga un mantra o un eslogan aprobado por Stonewall, anímele a usar su vocabulario y a desarrollarlo un poco. Por ejemplo, puede preguntar: si cualquier varón que se siente mujer es una trans, y las trans son mujeres, ¿qué es entonces una mujer? No se deje llevar por las quejas furibundas de que usted debe ser un intolerante por preguntar algo así: esto es una distracción.

También puede preguntarle: si, como nos dice Stonewall, «ser no binario es existir fuera de los límites y las expectativas de la sociedad», ¿qué significa esto para los innumerables homosexuales que han pasado sus vidas enfrentándose a la discriminación y a veces a la violencia por no encajar en las normas heterosexuales? ¿Qué tiene que ver con eso tener un corte de pelo cool, exactamente?”

O si, como nos dice la nueva campaña de Stonewall a favor de los “asexuales”, “gris-asexual” es alguien que «puede experimentar atracción sexual muy raramente o sólo bajo circunstancias específicas», mientras que «las personas demisexuales sólo experimentan atracción sexual después de desarrollar un fuerte vínculo emocional con alguien», entonces, de hecho, ¿no somos la mayoría de nosotros o gris-asexuales o demisexuales? Y lo que es más, ¿cómo puede considerarse esto como una campaña política que merezca el gasto de tan grandes cantidades de dinero de los contribuyentes?

2-Elogiar lo bueno

Cuando se cría a los hijos, es importante reforzar positivamente el buen comportamiento cuando se ve. Esta puede ser una estrategia eficaz con las personas difíciles en general. Los transactivistas suelen afirmar que quieren acabar con los estereotipos rancios sobre cómo deben ser los hombres y las mujeres. Si es así, dígales que eso es fantástico. Alábeles por ello, aunque también puede preguntarles cómo piensan romper los estereotipos, cuando al mismo tiempo creen que jugar con muñecas y llevar vestidos puede convertir a un niño en una niña.

3- Establecer límites

Esta parece ser una cuestión especialmente difícil de aceptar para los transactivistas, que tienden a pensar que todos los límites son fascistas, así que empiece con algo pequeño. Empiece diciendo cosas como «las manzanas no pueden ser naranjas» y «las mesas no pueden ser sillas». (Si se enfadan y empiezan a llamarte «policía de la fruta» o «policía de los muebles», ignóreles tranquilamente). Con el tiempo, vaya avanzando hasta llegar a los machos y las hembras de las especies no humanas de la tierra: «los machos no son hembras», «los toros no son vacas», etc.

Una vez que esta información sea bien tolerada, introduzca suavemente la idea de que los humanos también son una especie sexualmente dimórfica y que, al igual que con otras especies, necesitamos nombres mutuamente excluyentes para los dos sexos humanos con el fin de hablar claramente sobre ellos. Y después de que esta idea radical haya arraigado, quizá pueda empezar a hablar también de otros tipos de límites.

Por ejemplo, podría hablar de los límites por el físico para los vestuarios, las residencias y los refugios de mujeres, y de lo que se supone que hacen esos límites para proteger a sus usuarias de la depredación masculina. O podría hablar de los límites personales de las mujeres que dicen que no quieren que haya hombres en los espacios públicos donde se desnudan.

En todo momento durante este proceso, mantenga sus propios límites con el ejemplo. Un «no» firme y consistente será su amigo.

4. Ignore los intentos de desviación

A los niños les gusta copiar lo que una acaba de decir y repetírtelo («¡no, eso lo eres TÚ!»). A veces lo hacen sólo para molestarnos. En otras ocasiones, es porque quieren discutir el asunto pero no saben cómo, así que repiten como un loro una versión de lo que acabamos de decir con la esperanza de que se les pegue. De forma similar, a algunos transactivistas les gusta tomar argumentos originalmente hechos por las feministas críticas con el género y devolverlos, sólo que ligeramente alterados.

Por ejemplo, las feministas críticas con el género suelen expresar su preocupación por la falta de seguridad en las políticas de autoidentificación y por los efectos negativos de dichas políticas en las mujeres supervivientes de la violencia sexual masculina.

Para no ser menos, la semana pasada mi antigua colega y ferviente transactivista, la profesora Alison Phipps, escribió en twitter que: «Cuando voy a un baño público estoy increíblemente atenta: escudriño a cada mujer con la que me cruzo y me pregunto si es una «feminista crítica de género». Su obsesión por lo que hay bajo los pantalones de cada uno es aterradora y, como mujer cis y superviviente, me hace sentir muy insegura». Ahora, o bien esto muestra un nivel de paranoia a la altura de las preocupaciones de Q-Anon sobre la gente lagarto en la Casa Blanca, o es un intento poco sutil de dar cuerda a las feministas críticas con el género.

O tomemos como ejemplo a la profesora Grace Lavery, de la Universidad de Berkeley, en el Reino Unido, que ha publicado un nuevo libro sobre su pene en Woman’s Hour, y que dio una charla en la UCL hace unas semanas. La charla de Lavery se titulaba «El movimiento crítico de género es la mayor amenaza para la libertad académica en una generación». Me han dicho que en la charla salió mi nombre -ya saben, aquella exprofesora que fue acosada para que dejara su trabajo por decir que el sexo biológico importa- como alguien supuestamente responsable de los recientes y graves descensos en la libertad de pensamiento académico.

Al igual que con la versión más infantil, los «no, lo eres TÚ» sin sentido como los de Phipps y Lavery probablemente le arrastren a un devenir sin sentido, que es probablemente la intención. Intente que no le afecte. Haga lo que las madres han hecho desde tiempos inmemoriales y sírvase bien de ginebra. Tómese un trago y lea este artículo maravillosamente cálido, perspicaz e ingenioso de los académicos ingleses Christopher Castiglia y Christopher Reed, escrito en respuesta a un intento de Grace Lavery -ya saben, esa profesora que está muy interesada en proteger la libertad académica- de cancelarles en 2018 por supuestamente permitir el «fascismo» transfóbico en sus escritos. (Su presunto delito, según Lavery, era defender el uso de los nombres de nacimiento de los trans y sus pronombres sexuados precisos en alguna ocasión. Y el intento de cancelación acabó teniendo éxito: la pareja publicó más tarde una disculpa abyecta, tan aterradora por su prosa recién revisada y “genéricamente” arrepentida como por todo lo demás).

En particular, al leer el artículo de Castiglia y Reed, quédese con estas palabras premonitorias:

«a lo que hoy nos enfrentamos con demasiada frecuencia en la universidad es algo que se parece menos al activismo o a la erudición y más a una actuación adolescente». Ahora que los científicos han decidido que la adolescencia -una identidad inventada reciente y estrechamente vinculada al capitalismo avanzado- persiste hasta la tercera década de la vida humana, quizá no debería sorprendernos encontrar comportamientos asociados a los adolescentes que proliferan, se toleran y a veces incluso se fomentan dentro de las instituciones educativas. En concreto, identificamos como adolescente la respuesta furiosa al descubrimiento de que los demás no perciben a uno exactamente como le gustaría imaginarse a sí mismo».

5-Que salgan al aire libre

Esta última es bastante sencilla. Aleje a su alborotador transactivista de su pantalla o teléfono y llévelo al aire libre. Evite la oleada de declaraciones locas que llegan a esas mentes inocentes a través de las organizaciones LGBT y las cuentas de los «bluetick» de Twitter. Anímeles, en cambio, a que corran, se quiten los zapatos y remen, se embarren y pierdan el aliento y, en general, a que vuelvan a conectarse con su cuerpo físico y con el mundo natural.

Y si un miembro del sexo opuesto está cerca, ¿por qué no le anima a echar un pulso o a hacer un concurso de lanzamientos? Ambos podrían aprender algo interesante. Tal vez este momento de enseñanza podría incluso alimentar las conversaciones posteriores sobre los transfemeninos en el deporte de las mujeres.

[*La competencia de Gillick es un término originario de Inglaterra y Gales que se utiliza en el derecho médico para decidir si un niño (menor de 16 años) es capaz de consentir su propio tratamiento médico, sin necesidad del permiso o conocimiento de los padres]

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