Por Ceri Black

Desde el dolor y la furia, una madre, Kim, comparte este testimonio torrencial sobre cómo el adoctrinamiento, la escuela, la testosterona y la doble mastectomía, le arrebataron a su hija Matilda.

Al principio de la entrevista con Kim, su hijo adulto, Mark, hizo una breve aparición. Estaba a punto de salir por ahí a pasar la noche, y oí su tosco «taluego». «Que sí, te quiero mamá, venga, chao». Su mitad superior apareció en cámara para uno de esos cariñosos —pero siempre brevísimos— abrazos que dan los hijos adultos. Ella puso cara de ternura, le dijo que condujera con cuidado y él se fue. Fue un momento encantador. Me alegró haberlo visto.

Me predispuso a que me gustara Kim, una mujer menuda, de casi cincuenta años, con ademanes vivaces y francos, que chocan un poco con sus ojos tristes. Enseguida me dio la sensación de que no era alguien que cediera mucho, que para ella las cosas son verdaderas o falsas, las ideas son correctas o incorrectas y las acciones están bien o mal. Me rondó por la cabeza si sería una persona que hiciera concesiones con un niño o niña en transición. A medida que hablaba, pronto me quedó claro que se consideraba, a sí misma y a los demás, seres complicados, una mezcla de luces, sombras y claroscuros, y que, por muy directa que sea sobre sus ideas, su forma de relacionarse consiste en buscar la conciliación y la transigencia siempre que sea posible.

Durante la entrevista se refirió a su hijo/a con pronombres o expresiones neutros y utilizó el nuevo nombre que había elegido. La única excepción fue cuando habló de sus recuerdos más profundos y preciados de la maternidad, cuando volvió al nombre que le puso a su hija y al «ella». Incluso hablando conmigo, una persona ajena, sentí que estaba cediendo todo el terreno posible a la transición de su hijo/a, quizás con la esperanza de una futura reconciliación.

Tenía una serie de preguntas preparada para la entrevista, pero al final no las necesité. Le pregunté por su embarazo y toda la historia salió en tromba. Sin duda, Kim se había pasado horas, días, semanas, meses, años dándole vueltas a lo mismo en su cabeza, en círculos, cuestionando cada uno de sus pensamientos y acciones, preguntándose qué había hecho mal, qué podría haber hecho para cambiar las cosas. Casi parecía acusarse a sí misma, pensando en lo que debería haber hecho de otra forma.

Sin embargo, lo más sorprendente de la entrevista fue la naturaleza y el alcance del dolor de Kim. Cuando alguien se muere, todos nuestros amigos y familiares vienen a hacernos compañía, nos traen comida, pasan la aspiradora y se sientan con nosotros. Están de luto con nosotros. Nos abrazamos, lloramos y hablamos de los recuerdos de nuestro ser querido que ya no está. La hija de Kim se había ido, su querida niña se había ido, pero no tenía a nadie con quien llorar. Todas las personas con las que lloraba su marcha negaban que la chica hubiera existido. Kim perdió a su primogénita, pero estaba de luto sola. Se sentó con pena y desesperación, pero también con furia contra todos los que afirmaban que la chica a la que adoraba nunca había existido en realidad.

Me cuesta encontrar las palabras para describir la envergadura de lo que le ocurrió a Kim y a su familia. No solo la transición de su primera hija y su posterior distanciamiento, sino todos los años anteriores. Una tragedia tras otra a través de las generaciones. La desolación que el mal institucional deja a su paso. Familias rotas, relaciones rotas, heridas, hijos e hijas perdidos, traicionados por las autoridades que deberían haberlos ayudado. Padres traumatizados, madres con el corazón roto. Yo solo quería darle un abrazo.

No tengo palabras, así que aquí están las de Kim. Las he editado por su longitud, estructura y repetición, pero son suyas.

Amor

Cuando me quedé embarazada de mi primer hijo, tenía un trabajo muy social. También me formaba por mi cuenta y tenía un montón de amigos. Mi niña fue queridísima, muy deseada; nunca hubo dudas al respecto. Pero al mismo tiempo, nadie en mi grupo de amigos se asentaba y eso hacía que me sintiera aislada. Además, fui agredida sexualmente al principio del embarazo y me sentí aún más sola. Luego, a las 26 semanas, me hicieron un análisis de orina y me dijeron que había un 98 % de posibilidades de que el bebé tuviera síndrome de Down y que lo mejor sería abortar…

Decidí no hacerme la segunda prueba. En ese momento pensé que el bebé vendría como viniera. No quería arriesgarme a un aborto natural. Ni siquiera recuerdo haber sentido un momento de horror o haber pensado «qué narices voy a hacer». Simplemente lo acepté. Sin embargo, me aisló aún más. Echo la vista atrás y pienso: la prueba que hice busca un nivel elevado de un catalizador concreto que indica una actividad cromosómica adicional. En el caso de los fetos con Down se trata de un cromosoma completo, pero en el caso de algunas diferencias del desarrollo, podrían ser partes extra de cromosomas. Lo he repasado en mi mente. ¿Podría estar relacionado con lo que le pasó a Tyler después?

Incluso el parto fue duro, el bebé no quería salir. Estuve de parto durante un día y medio. Se quedó atascada. Soy pequeña, tengo huesos de pajarito. Ella es grande, cabezona, hombros anchos… y se quedó atascada. No había ninguna anomalía, ningún daño cerebral, nada que indicara otra cosa que un bebé normal. Pesó tres kilos seiscientos, estaba sana. Nos separaron casi nada más nacer; a ella la subieron por las escaleras y a mí por el ascensor. Lo pasé fatal, estaba muy desorientada de camino a la sala de maternidad. Cuando has pasado por eso, miras atrás y piensas en cada mínima cosa. ¿Sería por eso? ¿Fue ese el momento? Le doy vueltas y más vueltas.

Todo su desarrollo era normal. Todo el mundo la adoraba. Todo el mundo venía a los cumpleaños y por Navidades con regalos, pero yo necesitaba apoyo con el ajetreo diario de un bebé. Y no había nadie para dármelo. El padre tenía a esas alturas un problema bastante grave con las drogas y el alcohol y se había vuelto emocionalmente abusivo. Ni que decir tiene que, pese a su apariencia de hombre cuerdo y profesional, tampoco fue capaz de darme mucho apoyo con el bebé. Tenía un pasado traumático y muchas pérdidas trágicas al principio de su vida, para ser justa con él. Por eso pensé que era mi responsabilidad facilitarle la relación con su criatura. Hice varios intentos, todos en vano. Fue incapaz de enfrentarse a lo que le ocurrió; por eso no pudo ser padre. Y yo no pude arreglarlo.

Actitud atípica

Aunque fue duro y estuve aislada, valoré mucho esos primeros cinco años. Ella era mi mundo. Lo era todo para mí, y yo lo era todo para ella. Lloro cuando lo pienso. Eso sí, aunque la quería, no niego que sea un poco aburrido cuidar de bebés. Me dio ganas de aprender más sobre el mundo, de ser mejor madre. Decidí volver estudiar y la metí en la guardería de la universidad.

Tyler era Matilda entonces. En la guardería construyeron un hotel de Lego con muchos detalles. La cuidadora me dijo: «Esa no es una forma de jugar típica, es atípica de género». Estaba confusa, pero me señaló el nivel de organización y detalle y el hecho de que se pasara todo el día construyéndolo.

Me planteé que pudiera ser TDAH o TEA. Pero era ella sin más. Una vez se pasó todo el día observando a las abejas, y luego dibujó una preciosa abejita, muy bien observada. Fue nuestro día aprendiendo. Ella estaba ensimismada. Pero la cuidadora insistió en que era un juego atípico de género.

Yo pensé que era un poco… absurdo. No eran más que estereotipos sexistas y regresivos los que me soltaba esta mujer. No lo cuestioné más. Ella no insistió, pero sí dejó caer que «a veces tienen problemas, y esto suele volver a ocurrir en la adolescencia». No tenía ningún problema, se identificaba como niña. Pero sí dijo de muy pequeña, entre tanta ida y venida de su padre: «No quiero ser una niña». Siempre lo interpreté así: «Veo que los niños y los hombres se salen con la suya y lo que se espera que las mujeres y las niñas aguanten y no quiero estar con las perdedoras».

Trauma familiar

Me metí en otra relación. Quería un hermano para mi hija, entre otras cosas. Me quedé embarazada de John cuando Tyler tenía cinco años. Nunca he querido a nadie como quiero a mis hijos. A veces me pregunto si eso me hace fría o retorcida. Si es por haber sido víctima de abusos sexuales en la escuela, junto con otros niños y niñas. También le pasó a mi querido hermano. Y se quitó la vida. Salió en la prensa cuando Tyler tenía doce años y los responsables fueron a la cárcel. La pérdida de mi hermano destrozó a mis padres, pero cuando el asunto llegó a los medios, ni siquiera lo sabían. Mi padre nunca se recuperó. Volví a su casa para estar más cerca de ellos, pero nunca lo superó.

Eso, sumado a las grandes dificultades médicas de Tyler en la infancia, me hicieron ser muy protectora. Siempre lleva encima un EpiPen, porque tenía constantes problemas de alergias, de piel y demás. Hubo varias ocasiones en las que estuvo a punto de morir. Yo era madre soltera, desfavorecida, con falta de apoyo familiar, y me volví hiperpesada hasta con la comida orgánica para que no entrara ni un solo aditivo en casa. Era una limpiadora neurótica, procuraba que no se me escapara ni un ácaro. Solía enviar el detergente por adelantado y soltar: «Lava las sábanas con esto».

La situación familiar también era muy difícil. Estuve en terapia cuando Matilda tenía unos catorce o quince años y creo que era bastante consciente de ello. Recibió orientación en la escuela, mis padres trataron de darle su apoyo, igual que yo. Pero fue una época horrible. Mi relación con el padre de mi hijo pequeño no aguantó, aunque intenté que funcionara.

Pero como familia, lo superamos. Cuando quieres a la gente y tienes una familia, superas todo tipo de cosas duras y horribles que la gente te hace, porque sois una unidad y os queréis. Eso es lo que la familia es para mí, y es en parte por lo que mi corazón está tan roto por todo esto. Hemos sobrevivido a un trauma generacional, pero esto nos ha separado.

Escuela

Mis padres me regalaron una pequeña parcela junto a su casa. Monté un negocio para enseñar a la gente a cultivar verduras, a pintar piedras, cosas así… En realidad, digo lo de las verduras, pero se me dan fatal. Soy un desastre absoluto. Me distraigo totalmente con la vida salvaje. Me las apaño para que me crezca un solo tomate, y llega un ciervo y se lo come. También hice bushcraft, eso de enseñar a la gente a encender un fuego sin cerillas.

Tyler estaba en secundaria y tenía muchos problemas. El centro tenía una filosofía muy académica y la presión era excesiva. Entonces también comenzó el acoso, no solo por parte de los niños, sino de todo el sistema. La cosa es que Tyler no encajaba. Intenté que se planteara cambiar de colegio, pero a esas alturas ya tenía novio, llevaban tiempo juntos y no quería irse.

Un día fui a visitar la escuela y descubrí que había una bandeja de preservativos en los baños de las chicas. No había máquina de compresas, pero sí una bandeja de condones. Se lo comenté a la dirección. Fue entonces cuando descubrí que tenían un enfoque de la educación sexual que no me gustaba nada de nada. Stonewall se había colado.

Ojalá pudiera haber profundizado más. No sé si guarda relación con el enfoque de la escuela, pero se hizo evidente que Matilda –Tyler– estaba explorando su sexualidad y se sentía a disgusto con su cuerpo. Se obsesionó con pequeños detalles que nadie más veía.

Hablemos

¿Sabes esos momentos en que «estás haciendo las tareas» con tus hijos, pero en realidad es una excusa para sentarte con ellos para hablar y escucharlos? Pues estábamos liando calcetines juntas, Matilda y yo, y empezó a hablar. ¿Y si el calcetín quiere estar en otro par? ¿Y si quiere deshacerse y ser un guante? ¿Y si quiere tener otra forma? En ese momento, no me di cuenta de que estaba tratando de decirme que era trans. No lo entendía. Ni siquiera escuché lo que decía. Y se me ocurrió hacer un chiste sobre que el calcetín era «homocalcexual».

Mi comentario no fue tránsfobo, no estaba tomándole el pelo. Solo quería transmitirle que «los calcetines pueden amar a quien quieran». Pero claro, la respuesta que quería era: «Déjame quitarte los puntos y rehacerte como una manopla». Pero soy científica. Los humanos no pueden cambiar de sexo. Dicho esto, mientras los dos calcetines sean felices, da bastante igual. No podía entender tanto enfado con esa broma. Era tan extremo…

Tyler hizo las cosas normales de la adolescencia. Lo típico de esta etapa, experimentar con ropa holgada, querer calzoncillos porque son «cómodos»… Hubo un susto de embarazo del que no me enteré. Y entonces Tyler se topó con dos personas, un chico y una chica, pero ambos se identificaban como «trans». Tyler se acercó mucho a la chica, a Riley. Fue una relación sexual, creo, o puede que estuvieran probando cosas sin más. Riley lo estaba pasando muy mal en casa y quería quedarse en la mía un par de noches. Que pasaron a ser un par de meses.

Soy trans

En ese momento, Tyler me dijo que era trans, con una actitud desafiante, en la cocina. «Soy TRANS». Le pregunté: «¿Qué significa eso para ti?» Tyler respondió: «Que me identifico con lo masculino». Y yo le contesté: «Vale, identifícate como quieras». No estaba siendo agresiva, pero tampoco me iba a pasar el día discutiendo la teoría queer. La sexualidad de mi hija no es asunto mío. Es algo suyo. Mientras nadie te coaccione, deleitar a tu madre con tus experiencias sexuales no es algo que por lo general te apetezca hacer. Así se lo comenté a Tyler, que se lo tomó muy muy mal. Se marcharon a casa de Riley y allí se quedaron.

Yo estaba en una casa de protección oficial, era madre soltera. Los padres de Riley eran de clase media y vivían en el campo. A Tyler solo le quedaban unos meses de instituto. Iba en coche con los padres de Riley todos los días. Por mi parte, intenté mantener el contacto. Tyler acababa de heredar algo de dinero. Cuando el padre se enteró, decidió «ayudarla». Así que se fue a alquilar una habitación en casa de él. Dos meses después, me confesó que la estaba «timando».

Entonces vino a verme, pero con actitud muy desafiante. Todavía no lo entiendo. ¿Qué había que desafiar? Me rendí a sus exigencias, me disculpé. Le dije: «Lo siento mucho, te di a luz en el cuerpo equivocado». Ahora siento que no puedo arrastrarme más que esa mierda.

Lo único que dije en su momento es que no estoy de acuerdo con el tratamiento médico. Ponte lo que quieras, desafía todos los conceptos del mundo, bendita juventud, pero no estoy de acuerdo con que haya que pasar por tratamiento médico.

Tengo un tatuaje, pero casi ni estoy de acuerdo con eso. No soy de las que se arriesgan ni de las que se glorifican a los 50 años. Esa es la alegría de la juventud, que se la queden, pero no las intervenciones médicas.

Engaño

Más adelante descubrí que había empezado a tomar testosterona. Entre ella y Riley, mientras aún vivían en mi casa, habían pedido testosterona por Internet, creo, o la habían conseguido de alguna manera. Eso era, al menos en parte, lo que impulsaba su mal comportamiento. No era una chavala malcriada. No me preocupaba ese nivel de engaño. Culpo al colegio, a su enfoque sobre educación sexual. Su política era que no tenían la obligación de hablar conmigo, que me mantendrían al margen a propósito. No pretendo darme golpes en el pecho y lamentarme porque me estaba engañando, pero sí siento que llevaron a Tyler a ocultarme las cosas. Sabía que zanjaría las tonterías y no me las tragaría, así que levantó un buen muro preventivo.

¿Fue la falta de modelos femeninos? ¿Nadie a quien Tyler quisiera parecerse? La escuela era muy diversa en cuanto a raza y discapacidad, pero muy atrasada en términos de conformidad de género. Me pregunto si tuvo que ver con que pensara que ser inconformista de género significaba ser trans. Tyler nunca habló conmigo de estereotipos de género.

Y ahora Tyler no tiene contacto conmigo. Se unió a una organización de apoyo y comenzó una relación con otra persona trans, también de chica a chico, que empezó a tomar bloqueadores de la pubertad cuando era adolescente. Me reuní con la madre, deseando que me ayudara a limar asperezas con Tyler. Se suponía que debía mediar. Le dije: «Puedes identificarte como quieras, identifícate como un gato si quieres, camina ronroneando a cuatro patas, pero si empiezas a darme con el hocico en las piernas o a arañarme, te voy a tratar como un humano muy chungo, no como un gato». Después me di cuenta de que no había intención de mediar; era un test de pureza. Quería ver si podía hacerme creer las mentiras. Si no podía, sería mi enemiga.

Por la madriguera

La mastectomía de Tyler me rompió. Había acudido a un asesor, que le pedía cautela, que se lo replanteara, que se tomara un tiempo, que probara a vivir como lesbiana butch y que tal vez necesitara más terapia antes de operarse. Tyler pensó que lo que quería era sacarle más dinero, así que la familia la llevó a ver a otro cirujano en otra ciudad, quien no puso reparos a hacerle la mastectomía. Al final, he tenido que tragármelo porque «es autonomía corporal» y tratar de superarlo. Ya está hecho.

Tyler y su nueva pareja vinieron a visitarme poco después. Les pagué el hotel. Fuimos a la playa. Fue muy extraño. Lo pagué todo, me presenté con shorts de baño, helados y demás, pero se suponía que era lo peor del mundo. No podía entenderlo. «Quiero visitarte, deberías pagarlo tú, quiero ir a pasar un día contigo. Eres la peor madre del mundo. No voy a hablar contigo, pero me comeré el helado que me has comprado». No esperas que te den las gracias ni nada por el estilo, son como niños, nunca mejor dicho, pero me pareció chocante.

No entiendo dónde tiene la cabeza ahora Tyler. Me han acusado de poner en peligro la vida de mi hija cuando era pequeña. Es como si hubieran pintado un cuadro de mí que ni siquiera reconozco. Ha arrasado sin contemplaciones a mi familia. Mi madre mantiene un poco el contacto, y me entero de cosas por ella. He pensado en mudarme de la casa de mi familia para que Tyler pueda volver. No se acercará mientras yo esté aquí. Pero es que no sé si serviría de algo.

A Tyler le dio por hablar de todo el tema trans cuando mi padre se estaba muriendo y le dije: «Tyler, hoy no puedo, mi padre se está muriendo». Me miró y soltó: «La gente se muere todos los días». A veces pienso: «¿Y si mi padre le hizo daño?» Si no le hizo daño, ¿por qué es tan fría con él? ¿También era un maltratador? Quiebra tu confianza, ya sabes. Y así es como están las cosas ahora. Todo esto me supera.

Rota

He abordado conversaciones breves y racionales sobre eso de «vivir como», pero no voy a mentir a los niños sobre la biología. Nada de discursos forzados. Si hubiera algún tipo de invasión, sería la primera a la que dispararían. Los vecinos serían los primeros en sacarme a rastras y gritar: «¡Es ella, cogedla!» Es lo que hay. Hago bromas sobre supuestos extremos, bueno, bromas a medias, para disimular mis sentimientos, pero es que la echo mucho de menos. La echo de menos y ya. Mi corazón está roto. Quiero hacer lo que sea, ni siquiera sé dónde vive, sé la región en la que está, allí en algún lugar. Quiero imaginarme el reencuentro, los abrazos, rodear con mis brazos a mi primer bebé, sin estar convencida de que no me apuñalaría por la espalda.

Por poco no sigo aquí.

Si no fuera por mi hijo y mi madre, no lo habría superado. Ni siquiera habría tenido que hacer nada para no superarlo, simplemente me habría marchitado y muerto si no tuviera a alguien por quien tirar. Ese chico tan guapetón lo es todo para mí.

Ahora fumo algo de hierba. Te diré que siempre me ha gustado bastante fumar. Me asienta un poco. Hace que la locura pierda intensidad.

Siento que no puedo confiar en nadie, ni en la policía, ni en nadie que te haga identificar a un hombre como mujer. Stonewall están en todas partes. No puedes confiar en los hombres que sabes que te van a hacer daño, no puedes confiar en las personas que se supone que van a impedir que los hombres te hagan daño, ni en la escuela que se supone que va a ayudar a tu hijo/a.

No puedes confiar en nadie. Mi alegría y salvación son mis otros dos familiares. Se cabrean bastante y piden mucho, que lo he descrito como si fuera pan comido, típico de las madres; dan por hecho que siempre estaré ahí, aunque sea cabreada y nerviosa. La casa está asquerosamente sucia. En todos estos años mi casa nunca ha estado sucia, todos esos años con tanto niño… No he podido limpiar bien durante el confinamiento. Ya casi lo tenemos controlado.

Reconciliación

Estoy como loca por reencontrarme con Tyler. Hace ya cinco años que la relación no es buena. Es una quinta parte de su vida, y una décima parte de la mía. No solo estoy enfadada con la familia por el hecho de que no me apoyen. ¿No vieron a mi Matilda, no la quisieron, con todo lo que ella les dio, no vieron lo maravillosa que era, cómo pudieron dejar morir a esa maravillosa personita, como dicen todos? Fingiendo que nunca existió. «Oh, siempre fuiste un chico». No importa que vayas en contra de tu intuición, no importa lo que tragues. Nunca tragas lo suficiente. Es una relación muy delicada la que tiene con su hermano menor y con mi madre; mensajes de texto, te enteras de algo cada dos meses, pero no hay una conexión emocional de verdad.

Lo quiero de vuelta. Lo quiero de vuelta. La quiero de vuelta. El consejo es que se supone que debo construir algo mejor para que vuelva, algo sobre esas jóvenes lesbianas decididas… No hay ningún lugar para ellas en la sociedad, no son celebradas ni validadas por eso… Pero lo que construí estaba bien de verdad, no tengo por qué construir algo mejor. Siempre tuvo su espacio para ser ella misma. Quiero ser muy positiva y poner mi energía en construir algo mejor y procuro trabajar con esos grupos de apoyo, pero ni te digo cuánto odio a la gente a veces, porque es la gente la que ha hecho esto. Esa gente que cogió el bisturí y le cortó las tetas, esa gente que le dio los fármacos y la convenció de que su madre la odia. Ya no sé de quién me puedo fiar y de quién no. Solo sé que quiero a mi hija. Sería una locura confiar en «elle» en este momento, pero «le» quiero.

Lo que sientas por mí, por lo que he perdido, no es nada comparado con lo que ha perdido mi criatura. Ha perdido a su madre, aunque sigo viva. Ese es el coste para ella. No importa lo que me cueste a mí. El coste para ella es que ha perdido a su madre. Ha perdido sus raíces, a su ancestra, ha perdido su salud. Y me hablas del coste de la teoría queer. Mira todo lo que ha perdido ella. Ni siquiera se tiene en cuenta la salud.

Sigue en ese curso de Gung Ho, se olvida de tomar la testosterona, se ha vuelto tan dependiente de la nueva pareja y de la familia que se lo tienen que recordar. La nueva familia está tan volcada que le dio bloqueadores de pubertad a su propia hija. Verán cualquier cosa que diga como una locura.

Me encantaría que alguien me mostrara las pruebas científicas y me demostrara que es estupendo que las mujeres tomen testosterona, pero no lo es, joder, ¿o sí? Me comería mis palabras. La otra familia también lo sabe. Al final todo saldrá a la luz. ¿Saldrá este año, el próximo?

Podría seguir consiguiendo las recetas durante cinco o diez años. Ya ha acabado en el hospital con una infección de orina por no querer entrar en baños públicos. Y encima me enteré a través de mi hijo John y del Instagram de Tyler.

Ni siquiera sé a qué atenerme. Todo ese amor, ¿qué hago con él? No dejo de darle vueltas, me duele en alma, piso terreno pantanoso… Pero ¿qué hice? Sé de algunas cosas que hice y la relación se resintió. Sé que nunca he amenazado con matar a mi peque, como se me ha acusado. He dicho: «Deja de discutir en el coche o me voy a estrellar». Me he devanado los sesos, una y otra vez, y sé que no he amenazado con la muerte. No lo he hecho. Solo he insistido en que los humanos no pueden cambiar de sexo. Esa es la «violencia literal» que se ha percibido como una amenaza de muerte.

Y yo también estoy enfadada con ella. ¿Cómo te atreves a hacerme esto? Eso es lo que siento. Sé que no tenía mucho, pero ¿cómo se atreve? Y luego me siento mal por mi enfado, porque no fui la madre perfecta. Nadie lo es. Y entonces pienso, joder, la perdono, solo quiero verla, quiero tenerla en mis brazos.

Quiero que se sienta feliz y completa y que entienda mejor este mundo y su lugar en él… y lo que es razonable esperar de los demás. Sé que no puede ser feliz, no verdaderamente feliz, si su felicidad depende de obligar a la gente a decir falsedades sobre ella, sin importar lo que crean. La echo tanto de menos. Mi corazón está roto.

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