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Por Sean Ingle.

Olvídense de la Cancha Central, Saint Andrews o Wembley. Las mayores batallas deportivas de este verano se libran en las salas de juntas y en la retaguardia, ya que las federaciones luchan con la cuestión más espinosa de todas: ¿deben los varones transfemeninos participar en las competiciones de las mujeres?

Durante años, la mayoría ha considerado el tema demasiado peliagudo para abordarlo: el equivalente deportivo a jugar a pasarse la patata caliente pero con una granada activada. Sin embargo, ahora no les queda otra. La aparición de transfemeninos en la élite deportiva, como Laurel Hubbard en halterofilia, Lia Thomas en natación y Emily Bridges en ciclismo, se ha encargado de ello. Hay que tomar decisiones y algunas son muy difíciles.

El domingo, el organismo mundial de la natación, la FINA, provocó una onda sísmica al votar la prohibición de que los varones transfemeninos participen en competiciones internacionales femeninas. Su argumento, en resumen, era que deportistas como Thomas conservan ventajas físicas significativas —en resistencia, potencia, velocidad, fuerza y tamaño de los pulmones— al haber pasado por la pubertad masculina, incluso si la testosterona se suprime posteriormente.

La ciencia lo respalda. Las investigaciones de los biólogos Emma Hilton y Tommy Lungberg sobre los efectos de la supresión de la testosterona en la masa muscular y la fuerza de los transfemeninos “muestran sistemáticamente cambios muy modestos [que] suelen ser de aproximadamente un 5 % tras 12 meses de tratamiento”.

Otro estudio de Joanna Harper, una mujer trans de la Universidad de Loughborough, también concluyó que “la fuerza puede preservarse en las mujeres trans durante los tres primeros años de terapia hormonal”.

Pero la decisión del organismo de natación y la liga de rugby en las últimas 48 horas de excluir a los transfemeninos de la competición internacional no significa necesariamente que la mayoría de los deportes vayan a seguir su ejemplo. Es probable que World Athletics sí que lo haga, tras los comentarios de Sebastian Coe el lunes, de que “la equidad no es negociable” y “la biología prima sobre la identidad”. Pero más allá de eso, la situación es turbia, ya que la mayoría de los deportes siguen utilizando alguna forma de limitación de la testosterona, con todos sus defectos, para permitir que los varones transfemeninos compitan en la categoría femenina.

El viernes pasado, por ejemplo, el organismo rector del ciclismo, la UCI, optó por seguir un camino diferente. También acepta que la ciencia demuestra que los transfemeninos tienen ventaja, pero dice que es aceptable cierta injusticia para las mujeres en el deporte a cambio de la inclusividad.

Con el nuevo reglamento, ciclistas como Bridges pueden competir en la categoría femenina solo si mantienen su testosterona por debajo de 2,5 ml durante 24 meses. Pero, en un pasaje crucial y poco difundido, también afirma que la competición justa no es esencial. “Puede que no sea necesario, o incluso posible, eliminar todas las ventajas individuales que tiene una persona transgénero”, escribe la UCI en un documento normativo. “Sin embargo, es primordial que todos los atletas que compiten tengan la oportunidad de triunfar, aunque no necesariamente en igualdad de condiciones y de acuerdo con la verdadera esencia del deporte”.

Es comprensible el enfado de los grupos de mujeres, que consideran este enfoque poco científico e injusto. El Consorcio para el Deporte Femenino (Consortium on Female Sport), una coalición de grupos de campaña de siete países, entre ellos Estados Unidos y el Reino Unido, lo ha calificado de “nada más que paños calientes”, añadiendo que “no hay ciencia que apoye esta política”.

El grupo también pide a las federaciones deportivas —en su mayoría dominadas por hombres— que incluyan “una consulta significativa con las mujeres del deporte en cuestión” antes de decidir sus políticas trans. Poca gente estará en desacuerdo con esto. Sin embargo, me han hablado de un deporte que recientemente encuestó a sus competidoras y descubrió que una gran mayoría de ellas quería adoptar una política similar a la de la FINA para proteger la competición, aunque sienten que seguramente no les harán caso.

Al mismo tiempo, también existe una posible tercera opción: permitir que cualquiera se autoidentifique en deporte. Esta es claramente la más controvertida. Y la más peligrosa, especialmente cuando se trata de deportes de contacto, dado que las investigaciones concluyen que la pegada es un 162 % más fuerte en los hombres que en las mujeres.

Pero un informe del pasado fin de semana sugería que la FIFA, el organismo rector del fútbol mundial, lo estaba considerando en un borrador de reglamento que también sugería eliminar el umbral de testosterona para las mujeres transgénero.

Independientemente de que esto ocurra o no, y de que un alto cargo de la FIFA haya declarado a The Times que su nuevo reglamento tendrá “base científica”, la futbolista estadounidense Megan Rapinoe cree que el punto de partida debe ser la inclusión. “Mostradme las pruebas de que las mujeres trans se llevan las becas de todo el mundo, dominan en todos los deportes y ganan todos los títulos”, dijo. “Lo siento, pero es que no está ocurriendo. Así que tenemos que partir de la inclusión y punto. Creo que la gente también tiene que entender que el deporte no es lo más importante en la vida, ¿verdad?».

Tal vez. Pero Rapinoe también debería estar preparada para mirar a los ojos a las mujeres a quienes Thomas ha privado de un título de la NCAA, o a las que podrían haberse quedarse sin podio por una victoria de Bridges en una carrera femenina, antes de ser tan contundente.

Cuestiones similares afloran también a nivel popular en toda Gran Bretaña, con frustraciones evidentes en algunos sectores cuando los transfemeninos ganan carreras locales contra las mujeres. La mayoría de los deportes tampoco han atendido aún el llamamiento de los cinco consejos deportivos del Reino Unido para que bien den prioridad a la inclusión de las personas trans o bien a la seguridad y la equidad en el deporte femenino. La situación, como quedó claro en su informe del año pasado, no se ve favorecida por el hecho de que el tema siga siendo tan tóxico.

“Varias atletas en activo sugirieron que, aunque todas o la mayoría de ellas consideraban que los deportistas transgénero tenían una ventaja si competían en el deporte femenino, casi ninguna se atrevía a hablar de ello en público”, afirmaba el informe. “Por eso es más fácil callar y conformarse”.

Por cierto, Harper está llevando a cabo más investigaciones con mujeres trans, como Bridges, para examinar cómo cambian con el tiempo los valores de capacidad anaeróbica y aeróbica, fuerza y función cardiovascular. Pero la solución que la mayoría de los dirigentes deportivos anhelan —una varita mágica que permita la plena inclusión, la equidad y la seguridad— parece más imposible que nunca. Hay que tomar decisiones y algunas son muy difíciles.

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