Pie de foto en el original: Las estudiantes «feministas» están más interesadas en los signos y en los símbolos que en cambiar nada. Crédito: David Zorrakino /Europa Press via Getty Images. 

Por Julie Bindel

En 1989, por primera vez, sin sentirme inferior o avergonzada, pude hablar de que nunca había leído un periódico de gran tirada o una novela. A los 27 años, unos amigos me convencieron de hacer un curso de acceso. No tenía ni una sola titulación —dejé la pésima escuela a la que iba a los 15 años—, pero esta vía de acceso a la universidad era una forma estupenda de preparar a la gente como yo para una carrera. Me encantó.

Para mi primera clase de literatura inglesa, devoré Todo se desmorona en una noche. Me sentí liberada. Había disfrutado leyendo algo que siempre había imaginado se salía de mi terreno familiar. Con los demás estudiantes del curso de acceso, que también habían ido a escuelas espantosas y se enfrentaban a enormes barreras de aprendizaje, me pude reír de mi falta de conocimientos generales y de mis tremendas lagunas históricas y geográficas, en lugar de intentar disimularlas.

Los alumnos del curso teníamos asegurada una plaza en la Polytechnic of North London (PNL) si aprobábamos. Aprobé, y cuando empecé la carrera de Estudios Cinematográficos y Discurso, me sentí como pez en el agua: Tenía a mi favor una década de activismo feminista y no hay nada que no se pueda estudiar desde el prisma del patriarcado. Aprendí a analizar una película que había visto AF (antes del feminismo) y desgañitarme por la misoginia que desprendía, cuando antes simplemente la había aceptado y absorbido. Mi tesina se centró en las bandas masculinas y en la prevalencia de la violencia y los abusos sexuales contra mujeres y niñas, en concreto, en la película Grease.

La parte relativa al discurso me resultó menos divertida. A tope de Derrida y Foucault y otros filósofos y teóricos queer incomprensibles, chocaba de frente con mi feminismo de base. Acababa de publicarse el famoso libro de Judith Butler El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad , y recuerdo que uno de los profesores me dijo que el patriarcado era una «performance». Le informé de que la violación, la violencia doméstica y otras formas de violencia masculina están arraigadas en la realidad material de la opresión de las mujeres en relación con los hombres. Respondió que quizás el «feminismo de la vieja escuela» necesitaba actualizarse.

Como activista curtida, estaba acostumbrada a defender lo mío. Pero daba la sensación de que a algunos de los profesores les resultaba amenazante o incómodo enseñar a alguien que estaba acostumbrada a comprometerse con las ideas, las teorías y el análisis crítico.

Los docentes de la PNL eran estupendos dando clase, pero no tanto cuando les corregía sobre feminismo. El ejemplo más divertido ocurrió durante una clase de la brillante socióloga feminista Sue Lees, que yo creía que había tergiversado una campaña feminista para la reforma del derecho que había cofundado el año anterior. Cuando levanté la mano para rebatirla, explicando quién era, exclamó: «¡No me digas que eres tú!» Luego nos hicimos amigas y nos reíamos mucho al recordar la anécdota.

Pero con un profesor en concreto todo era algo más complicado. Cuando cité a Andrea Dworkin en un ensayo en el que criticaba la visión libertaria masculina de la pornografía, le faltó echar espuma por la boca. Dijo que Dworkin era «monstruosa» y, delante de toda la clase, me acusó de adoptar un enfoque «moralista y antisexo». Le pregunté si creía que era un comportamiento sexual saludable masturbarse con mujeres amordazadas y violadas. Se negó a responder.

Y recuerdo muy claramente, en una clase sobre las llamadas guerras feministas por el sexo, un debate sobre la sexualidad y la práctica sexual que incluía la pornografía, el sadomasoquismo y la explotación sexual con fines comerciales. Por un lado, están las «feministas» libertarias, que sostienen que todo sexo es buen sexo; por otro, las feministas antiviolencia masculina, como yo, que atribuyen un significado importante a la erotización de la subordinación femenina y hacen campaña para erradicar el comercio sexual.

«Aquí tenemos la tensión entre las feministas prosexo y las neofeministas antisexo», proclamó el profesor. Al echar un vistazo a las lecturas sugeridas para el módulo, no vi ni un solo texto feminista real, sino un montón de escritos que alababan la pornografía.

«No es ‘antisexo’ criticar el comercio sexual», le dije al conferenciante. «Ganar dinero con el dolor y la humillación de las mujeres será susceptible de crítica, digo yo».

En ese momento, el señor empezó a citar a Foucault en francés. Las universidades de hoy predican una versión actualizada de este antifeminismo, por ejemplo, promoviendo la idea de que la prostitución es una buena manera de ganar dinero, y que hablar en contra de la ideología transgénero extrema y la explotación sexual comercial es «Feminismo blanco».

En mi clase de estudios cinematográficos, me hervía la sangre cuando me decían que las representaciones de la horrible violencia contra las mujeres en las películas de Alfred Hitchcock eran meramente «simbólicas» del miedo de los hombres a la sexualidad femenina y que a menudo las feministas «no entendían para nada» el «significado». ¡Qué tontas somos!

Seguro que estos profesores preferían trabajar con una hoja en blanco que con una persona que pudiera expresar sus opiniones en lugar de formarla de cero.

Y había mucha gente en la PNL a la que no le importaba mucho la cosa, sin más. Bastantes niños pijos solo se dedicaban a alardear, satisfechos de sí mismos por haberse rebelado contra sus padres y no acabar en Oxbridge. La mayoría de estos adolescentes arrogantes y que se creían con derecho a todo se habían paseado por el hemisferio sur durante su año sabático antes de embarcarse en tres años de estudios superiores. Qué decepción debieron sentir sus familias por que acabaran en una politécnica de mala muerte en lugar de en una institución de prestigio. Qué orgullosos estaban los míos de que hiciera algo que nadie más en la familia había podido hacer.

Aun así, yo fantaseaba con estar en una de esas universidades de ladrillo rojo, imitando a Julie Walters en Educando a Rita. Quería sentarme en una sala destartalada, llena de estanterías y decantadores de whisky, con un señor con chaqueta de tweed que me prestara mucha atención y se tomara en serio mis ideas. Lo que conseguí fue un seminario mensual con otros 19 estudiantes en una sala con la pintura que se desprendía de las paredes. Siempre había imaginado que la universidad era mucho más glamurosa.

Fui a la universidad para obtener un título, nada más; porque pensé que podría darme más opciones en el mercado laboral. No participé en ningún evento social ni en ningún club porque ya tenía mi propia «tribu», aunque una vez fui al bar de estudiantes con una amiga que me prometió que «nos echaríamos unas risas». Un par de miembros del Partido Socialista de los Trabajadores intentaron reclutarme, afirmando que el feminismo era un «movimiento burgués» y que, si se destruía el capitalismo, las mujeres se liberarían.

En 1993 me dieron lo que había ido a buscar: un título. Pero mi batalla con los que se tomaban a mal mis conocimientos previos no había terminado. Me pusieron una nota muy baja en dos de mis ensayos de fin de carrera, una crítica feminista de la heterosexualidad y un análisis de la misoginia en el cine. Había tanto tachón y comentarios con bolígrafo rojo que parecía que se había abierto una vena sobre las páginas. Sabía que merecía más nota. Pedí revisión externa y la cosa cambió muchísimo para bien. El revisor me comentó que los tutores parecían haberme calificado de forma negativa porque no estaban de acuerdo con mis argumentos y no porque no los hubiera fundamentado.

Cuando recuerdo lo bueno de mis tres años de universidad, pienso en las madres solteras de clase trabajadora que, no sé cómo, se las arreglaron para encajar un título en su ajetreo e infernal estrés diario. Recuerdo la forma en que estas mujeres hablaban de querer sentirse más seguras de sí mismas en el mundo y obtener alguna cualificación que les abriera las puertas del mercado laboral. Al igual que yo, consideraban que la educación era un privilegio, además de un derecho.

Las escuelas politécnicas atendían a sus comunidades, ofrecían una cualificación profesional, pero durante el tiempo que yo estuve allí, los cambios en el mercado laboral hicieron que los títulos académicos se consideraran la mejor vía para conseguir un buen trabajo, y el gobierno empezó a convertir estos centros en «nuevas universidades».

Y a medida que el número de universidades ha aumentado, el enfoque se ha desplazado aún más hacia la historia de terror posmoderna conocida como «discurso», donde se da prioridad a los «significantes flotantes» abstractos por encima de la erudición, que puede suponer una diferencia material en la vida de las personas oprimidas. Las universidades deberían tomar buena nota de las ya difuntas politécnicas y centrarse en hacer accesible la educación superior a las personas oprimidas, no solo a un puñado de privilegiados.

El elitismo endémico desenfrenado en las universidades de hoy ha llevado a que las sociedades «feministas» sean tomadas por tipos con moño que imponen a mujeres jóvenes qué es el feminismo de verdad.

No es de extrañar que las madres solteras de clase trabajadora en las universidades se hayan extinguido casi como los dinosaurios. Las universidades deben volver a la realidad. Y ayudaría que el feminismo, el de verdad, volviera a figurar en el plan de estudios.

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