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Por Simon Fanshawe, cofundador de Stonewall.

Al afirmar que no existen los cuerpos masculinos y femeninos, los transactivistas han echado por tierra todo el buen trabajo de la ONG por los derechos de los homosexuales que ayudé a crear, dice el cofundador de Stonewall, Simon Fanshawe. Volqué toda mi energía en hacer de la organización una fuerza formidable para los derechos de gays y lesbianas.

Me quedé boquiabierto durante el juicio [de Allison Bailey ] por discriminación contra Stonewall esta semana cuando el «responsable de inclusión trans» de la ONG, Kirrin Medcalf, subió al estrado y declaró: «Los cuerpos no son inherentemente masculinos o femeninos. Son sólo cuerpos».

Cuando asimilé esas palabras, mi corazón se quedó desolado. Fui uno de los seis cofundadores de Stonewall en la década de 1980. Junto con los demás, volqué toda mi energía en hacer de la organización una fuerza formidable para los derechos de gays y lesbianas.

Todo ese trabajo está ahora en peligro de ser arruinado, la reputación de Stonewall desacreditada, y su credibilidad dilapidada, por transactivistas -no todas las personas trans, me apresuro a añadir- que creen que pueden dictar lo que el resto de la gente está autorizada a decir y pensar.

Personas como Kirrin Medcalf piensan que la realidad puede ser retocada para que se adapte a sus necesidades.

Al ser preguntado si existe alguna diferencia entre el sexo biológico y la preferencia de género, Medcalf lo negó. Según la postura oficial de Stonewall -y no estar de acuerdo es ser considerado un hereje o, en la jerga actual, «transfóbico»- las personas son literalmente del sexo biológico que elijan ser.

Medcalf parece no ser consciente de la escandalosa contradicción.

Un abogado le preguntó con insistencia si existen circunstancias en las que sería correcto tratar a alguien según su sexo biológico. El responsable de inclusión trans de Stonewall transigió con que sería aceptable «en una revisión de cuello de útero».

Así que parece que incluso en el mundo de Stonewall, todavía hay ocasiones en las que la realidad del sexo se resiste obstinadamente a tales pretensiones. Pero son los transactivistas de Stonewall, aparentemente, quienes tienen el privilegio de elegir esas ocasiones. Las demás personas no lo hacen y, en particular, la definición de lo que es «una mujer» nunca debe dejarse en manos de las propias mujeres.

Este juicio se ha convertido en un espectáculo ridículo. La abogada Allison Bailey ha demandado a su bufete de abogados, Garden Court, en Lincoln’s Inn Fields, de Londres, por haber entorpecido supuestamente su carrera y sus ingresos debido a su opinión sobre que sólo hay dos sexos.

Allison Bailey alega que ha sido castigada por hablar en contra de las políticas trans de Stonewall y argumentar que está socavando los derechos de gays, lesbianas y bisexuales que tanto costó conseguir en la determinación de la ong de promover la doctrina trans.

El juicio se sumió en la confusión antes de que Kirrin Medcalf subiera al estrado. La madre, el abogado y el perro del transactivista tuvieron que estar presentes en el tribunal para proporcionar «apoyo», requisitos que aparentemente se impusieron al tribunal sin previo aviso.

Cuando por fin se inició la vista, las declaraciones fueron cada vez más desconcertantes. Medcalf afirmó que Stonewall no tuvo más remedio que aconsejar a la gente que evitara Garden Court Chambers, por miedo a encontrarse con Allison Bailey. Que sus declaraciones eran supuestamente tan virulentas y cargadas de odio que cualquier persona trans que se encontrara con ella correría «riesgo de sufrir daños físicos».

Esto es simplemente absurdo. Allison Bailey nunca ha amenazado físicamente a nadie. Sencillamente no cree que las mujeres trans sean realmente mujeres, y esto enfurece a Stonewall, pero está muy lejos de ejercer la violencia física.

Medcalf parece creer que las palabras son lo mismo que las acciones, que decir «no me gustas» es lo mismo que darle a alguien un puñetazo en la cara. Se está tratando una diferencia de opinión como una amenaza física. Según Medcalf, cualquier persona trans que se encuentre con Bailey corre el riesgo de ser atacada. Se trata de un escenario completamente imaginario.

Nada de esto ha ocurrido en la vida real. Sin embargo, Medcalf habla como si decir estas cosas en voz alta las convirtiera en realidad.

Fue el ex presidente de Estados Unidos Donald Trump quien nos dio por primera vez «hechos alternativos». Cuando la gente desafiaba su versión de la realidad, utilizaba cualquier forma de coacción para callarlos. Pero me rompe el corazón ver que Stonewall adopta el mismo tipo de tácticas.

Ayudé a crear el grupo de campaña en 1989, como respuesta a la legislación conocida como Sección 28 que prohibía la «promoción de la homosexualidad» en las escuelas. En aquella época, el fanatismo era muy grande. James Anderton, el recientemente fallecido ex jefe de policía de Manchester, había descrito a las personas con sida como «quienes se revolcaban en una fosa séptica humana creada por ellos mismos». El crítico de televisión de un periódico nos acusó a Ruby Wax, Julian Clary y a mí de «infiltrarnos en la radiodifusión como el virus del sida».

Stonewall nació en una época de hostilidad, y tuvimos que encontrar la manera de acabar con los prejuicios y crear alianzas con nuestros críticos. Descubrimos que la mejor manera de hacerlo no era gritando insultos ni intentando imponer una ley. Por el contrario, utilizamos datos e investigaciones para construir un muro de credibilidad. Al reunir pruebas sobre el efecto del acoso y la exclusión en los adolescentes homosexuales, pudimos demostrar lo peligrosa que era la Sección 28.

Argumentamos sobre la realidad de los prejuicios y obligamos al Parlamento a considerar los hechos, no la retórica. Y luego lo volvimos a hacer, en cuestiones como permitir que los homosexuales sirvieran en las Fuerzas Armadas. Lo hicimos tan bien que el ambiente social cambió por completo, permitiendo que gays y lesbianas disfrutaran de una igualdad real, como con el derecho de las parejas del mismo sexo a casarse, por ejemplo.

El problema actual es el inverso al que se enfrentaba Stonewall hace tres décadas. La sociedad está tan dispuesta a ser inclusiva y a respetar la diversidad que se ha prestado a la manipulación. Todo el mundo tiene miedo de parecer prejuicioso. Cualquier empresa que se inscriba en el programa Diversity Champions de Stonewall, con un coste de 2.500 libras al año, seguro que se lo piensa mucho antes de abandonarlo.

La ira de Stonewall no es algo que se provoque a la ligera, como ha comprobado Allison Bailey.

Sus abogados han descrito esto como un chantaje. Yo no iría tan lejos, pero pone de manifiesto un grave problema con el enfoque de Stonewall.

La mayoría de los británicos están muy contentos de que las personas trans sean tratadas de forma justa y equitativa, con decencia y tolerancia. La mayoría de las personas trans se alegran de ello. Pero una pequeña minoría de activistas, entre los que se encuentran los que se han hecho cargo de Stonewall, no quieren extender esa decencia y tolerancia al resto de la población.

La igualdad, para ellos, significa imponer sus puntos de vista a todos los demás, sin debate. Esto debería preocupar a cualquiera que crea que la libertad de expresión es sacrosanta. Es especialmente alarmante para las mujeres que ven cómo sus espacios seguros son violados por mujeres trans con cuerpos masculinos intactos.

La violencia sexual contra las mujeres nunca debe ser ignorada o menospreciada, pero Stonewall dice que nadie tiene derecho a cuestionar la presencia de un intruso desnudo y obviamente masculino en un vestuario femenino.

Igualmente, a las mujeres se les dice que no pueden oponerse a que las mujeres trans compitan en sus deportes, a pesar de los abundantes datos que demuestran que los ciclistas, tenistas, nadadores y otros con cuerpos masculinos tienen una ventaja colosal cuando compiten contra las mujeres.

A las mujeres que se manifiestan, incluso a las que gozan de gran prestigio como J.K. Rowling o Martina Navratilova, se les manda callar con vehemencia. A menudo da la sensación de que el debate trans nos ha devuelto a una época anterior al feminismo, en la que las mujeres solían ser tratadas como cabezas huecas sin nada que aportar al discurso social.

Al polarizar el debate y tratar su versión de los derechos de los transexuales como algo innegociable, Stonewall ha abierto divisiones. Eso me hace sentir profundamente frustrado y triste. Me he pasado la vida intentando salvar esas divisiones y crear coaliciones. Ahora, personas como Kirrin Medcalf están atacando con una bola de demolición ese trabajo y dilapidando la credibilidad que tanto le costó a Stonewall.

Me gustaría que los activistas trans vieran que no necesitan imponer sus puntos de vista a todos los demás. Su mayor fuerza está en la diversidad.

Cuando marchamos en las primeras manifestaciones del Orgullo, no pedíamos ser heterosexuales, sino que cantábamos que estábamos «¡Felices de ser gays!

Celebremos nuestras diferencias, no eliminemos nuestra diversidad.

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