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La madre de una de las nadadoras que están siendo obligadas a competir contra el deportista transgénero Lia Thomas denuncia la mordaza impuesta  a las chicas para que no hablen; acusa a las universidades, que han priorizado los sentimientos de un varón sobre los derechos de las deportistas a la equidad y el juego limpio, y señala a la poderosa ong ACLU, afanada en eliminar el sexo de la documentación legal y del lenguaje jurídico.

[INTRO PRESENTADORA]

Estoy realmente encantada de darle la palabra a la madre de una joven nadadora de un equipo de la Ivy League. Su hija compitió contra Lia Thomas durante el Campeonato de Natación de la Ivy League el pasado fin de semana y durante la temporada. Su hija está angustiada por tener que competir contra Thomas, pero la escuela tiene a las integrantes del equipo y a sus familias sometidas a una efectiva ley mordaza.

Esta madre está dispuesta a hablar con nosotras de forma anónima, así que no vamos a mostrar su foto para compartir su historia y la de su hija. Muchas gracias, de verdad. Te doy la palabra.

[MADRE]

Gracias por invitarme a hablar sobre la repercusión que está teniendo Lia Thomas en la natación femenina. Os agradezco la oportunidad que me habéis dado para compartir cuál ha sido nuestra experiencia y cómo ha afectado a nuestra familia.

Me gustaría dejar claro que hablo de forma anónima a petición de mi hija y que cumplo con esa petición para proteger mi relación con ella.

Así que, antes de empezar, tengo que decir lo mucho que echo de menos el mundo en el que creía vivir hace tan solo unos meses, pero en el fondo me alegro de no seguir viviendo sin darme cuenta de las cosas.

Lia me llamó la atención al principio de la temporada, mientras ojeaba los resultados de los primeros encuentros. Como llevo la última década y media siendo madre de nadadora en competiciones regionales, nacionales e internacionales, conozco bien los nombres de las mejores competidoras.

Su tiempo de 1:46 en los 200 libres con un bañador de entrenamiento en esta época del año llamaba la atención de cualquiera; se adivinaba una futura y obvia clasificación en la NCAA, seguramente una marca de la NCAA. [National Collegiate Athletic Association, la asociación que organiza la mayoría de los programas deportivos universitarios en EEUU]

No me hizo falta indagar mucho para descubrir que Lia Thomas era Will Thomas, un hombre que nadó en el equipo masculino de Penn durante tres años, pero que ahora nadaba con las mujeres.

Recuerdo que me sorprendió que estuviera ocurriendo algo así, y aún más que no se hubiera denunciado ni cotilleado en el mundillo de la natación.

Os cuento la historia por si no la sabéis. Antes de cambiarse el nombre, Will era un buen nadador de la Ivy League [la conferencia deportiva de 8 universidades privadas] , que terminó segundo de la conferencia en las pruebas de distancia de los 400, 800 y 1500 metros libres. Pero Will no era un campeón de la NCAA.

De hecho, Will ni siquiera nadó lo bastante rápido en los 200 libres para ser uno de los cuatro nadadores del equipo de la universidad de Penn seleccionados para el relevo masculino de cuatro x 200 metros libres, un relevo que en sí mismo no estuvo cerca de clasificarse para la NCAA y terminó cuarto de ocho equipos de la Ivy League en 2019.

Cuando volví a hablar con mi hija por teléfono después de enterarme, mencioné a Lia y le pregunté si estaba al tanto de la situación. No lo estaba. Dijo en voz baja: «No es justo». Su voz era de clara decepción. Pero luego se animó: «Estoy segura de que lo resolverán cuando lo vean claro». Ay, cómo me habría gustado que su fe en quienes tienen el poder de cambiar las cosas hubiera estado bien depositada !.

Unas semanas más tarde, en los encuentros de mitad de temporada, Lia consiguió los mejores tiempos del país en la categoría femenina, mejores que los tiempos ganadores de la NCAA del año anterior y mejores que los de todas nuestras olímpicas que aún compiten en natación universitaria femenina.

De repente, todo el mundo, excepto las principales cadenas de noticias, empezó a hablar del tema. Estaba en boca de todas las familias de nadadoras que conozco. Nadie se podía creer semejante locura. Hablé con familias de todas partes que sentían curiosidad por lo que ocurría en la Ivy League.

Llamé a una abogada que conocía en la ACLU para preguntarle cómo abordar los aspectos legales, los derechos de las mujeres y el Título IX [ley estadounidense de igualdad entre hombres y mujeres] en un caso como este. Intenté ser respetuosa con el lenguaje, diciendo «mujeres trans» y «mujeres biológicas» para diferenciar y utilizando el género y los pronombres femeninos.

Dejé claro que no quería ofender, pero alegué que me parecía que había un conflicto evidente en el hecho de que las mujeres, que ya de por sí tienen muchas menos oportunidades en el deporte, tengan que ceder ahora espacios a personas que se identifican como mujeres.

Me encontré con la respuesta más sorprendente que me han dado nunca. Me dijo que las palabras «biológico» y «genético» no pintan nada en la discusión sobre sexo y género. Me dijo que las mujeres trans son mujeres, que son hembras, que son chicas... Que no se debe tolerar el lenguaje que menosprecie ese aspecto. Me dijo que era una pregunta ofensiva. Que mi lenguaje estaba desfasado. Que sexo y género son igual de importantes y que la ACLU se está afanando por eliminar el sexo de la documentación legal y del lenguaje jurídico.

Intenté insistir en los absurdos argumentos que estaba escuchando, y me topé con un muro cuando concluyó con: «Te diré con total certeza que la ACLU nunca representará a mujeres cis contra mujeres».

Esa noche no dormí. Me habían arrancado la venda de los ojos. Ahora lo entendía todo.

Y cuando lo compartí con mi suegra al día siguiente, me dijo: «Pues ya ves. Parece que vamos en un avión panza arriba, ¿no?»

A la mañana siguiente, empecé a «educarme». Me levanté decidida a averiguar qué había pasado. ¿Qué me había perdido? Empecé a investigar sobre feminismo. Leí la declaración de J. K. Rowling, leí antecedentes jurídicos y estudios médicos. Empecé a escribir correos electrónicos a los políticos. Pedí libros por Internet y leí todos los artículos que me fui encontrando.

No podía soportar ver cómo el deporte femenino se redefinía y reformulaba para dejar de ser un lugar donde las mujeres pudieran poner a prueba y celebrar sus límites físicos sin compararse con los hombres.

Mientras leía, mi hija y el resto de las nadadoras de la Ivy League recibían otro tipo de educación, la que nadie debería recibir.

Y entonces la Ivy League emitió una declaración que chorreaba sexismo, literalmente. Cito: «La Ivy League publica la siguiente declaración de apoyo con respecto a la participación de la nadadora de la Universidad de Pensilvania, Lia Thomas, en el equipo femenino de natación y saltos. Durante los últimos años, Lia y la Universidad de Pensilvania han trabajado con la NCAA para seguir todos los protocolos apropiados con el fin de cumplir el reglamento de la NCAA sobre la participación de deportistas transgénero y competir en el equipo femenino de natación y saltos de la Universidad de Pensilvania.

La Ivy League ha adoptado y aplica la misma política que la NCAA. La Ivy League reafirma su compromiso inquebrantable de proporcionar un entorno inclusivo para todas las estudiantes deportistas, al tiempo que condena la transfobia y la discriminación en cualquiera de sus formas.

La Ivy League acoge de buen grado su participación en el deporte de la natación y los saltos de trampolín femeninos y espera celebrar los éxitos de todas nuestras estudiantes deportistas a lo largo de la temporada».

Mi hija hizo una captura de pantalla del mensaje y me lo envió. «Estoy muy confundida» fue el texto que me mandó. Pero no había que preocuparse. Las escuelas estaban preparadas para resolver cualquier confusión que pudieran tener sus deportistas.

Se convocaron reuniones obligatorias con guiones que leyeron los entrenadores del departamento de deportes; en algunos casos, se repartieron. Las chicas, que ya estaban desconcertadas e intimidadas, pero molestas, ahora se veían silenciadas.

Fueron manipuladas, coaccionadas y chantajeadas emocionalmente. Se les dijo que sus ligas y sus escuelas habían hablado y dejado claras sus posturas. Ellas, como deportistas, habían tomado la decisión de formar parte de estas escuelas y de esta Liga y debían mostrar su apoyo.

Se les dijo que si querían opinar o se les pedía que hablaran, debían plantearlo antes a sus entrenadores y jefes del departamento de deportes. Por supuesto, también era por protegerlas, ya que nadie quiere ver cómo se enfanga su equipo. Por último, se les dijo que su prioridad debía ser la seguridad y la protección de sus compañeras trans, que estaban siendo expuestas en los medios de comunicación.

Cualquier daño o perjuicio que sufrieran sus compañeras por expresar opiniones que no fueran de apoyo sería su responsabilidad.

Misión cumplida. Mensaje recibido. Ahora ya había poca o ninguna posibilidad de que hablaran. Conozco a chicas de Harvard, Penn, Yale y Dartmouth que recibieron varias versiones del mismo mensaje.

Después de esas reuniones, hablé con mi hija. La influencia era clara. Pensaba que era del todo injusto que Lia estuviera compitiendo. Me confirmó que casi todas las chicas pensaban lo mismo y que lo hablaban entre ellas. Me dijo que se había hablado de que un equipo de chicas boicotearía su encuentro doble y que algunas de las nadadoras más rápidas de otras escuelas querían quedarse sentadas en los poyetes en las carreras directas con Lia.

Pero esas ideas se fueron descartando… No quería que la odiasen en su campus, ni hacer daño a gente que conocía, ni ser expulsada de manera bochornosa de su equipo. Me dijo que las instrucciones que le dieron se hacían extensivas a las familias de las nadadoras.

Yo le contesté: «¡Ni en broma!» Acordamos que haría lo posible por permanecer en el anonimato. Las madres aún seguían hablando mientras las chicas se preparaban para los encuentros dobles.

¿Cómo estás ayudando a tu hija? ¿Qué te cuenta? ¿Qué le digo a mi niña?

Sé que mi hija tardó dos días en prepararse emocionalmente para competir contra Lia. Se pasó esos días escribiendo sus pensamientos, trabajando sus emociones, tratando de prepararse mentalmente para estar frente a una multitud junto a un hombre y que todos los presentes supieran que la carrera era injusta, pero nadie hablaría. Sabía que no iba a ganar.

[Llorando] Pero no se trataba de la vergüenza de perder. Le estaban pidiendo que midiera su valía como mujer deportista frente a un hombre tratado con fármacos y que la haría quedar como una niña pequeña.

Repasó en su mente cómo darle la mano al final de la carrera y cómo esforzarse por no llorar; algo que a mí no se me da bien, está claro…También pensó en cuántas toallas tendría que meter en la bolsa por si en el vestuario necesitaba taparse del todo mientras se cambiaba.

Todas las chicas sabían que Lia seguía físicamente intacto y que había estado utilizando los vestuarios femeninos. Resultó que ese estrés no era necesario, ya que Lia utilizó otro vestuario durante el encuentro.

Pero el agobio volvió antes de los Campeonatos de la Ivy League, donde las chicas suelen compartir espacio con todos los equipos.Le pregunté a mi hija qué haría si Lia se cambiara allí y me dijo resignada: «No estoy segura de tener otra opción». Todavía no me puedo creer que haya tenido que decirle a mi hija ya adulta que siempre puedes elegir si te desnudas o no delante de un hombre.

[Llorando] ¿Qué mensajes han recibido las chicas este año?

¿Cuántas de las otras chicas estaban sintiendo lo mismo? Se me rompió el corazón. Los daños, mucho más grandes que los del escenario deportivo, eran ahora evidentes para mí.

Después de que la Ivy League emitiera su declaración, la NCAA hizo la suya, lavándose las manos de cualquier responsabilidad en el deporte femenino al remitirse a los órganos rectores de cada deporte, como dijeron, con efecto inmediato. USA Swimming se apresuró a elaborar un reglamento que parecía limitar la participación de Lia. Aunque en un lenguaje que no definía claramente los términos «sexo» o «mujer», el alivio entre las nadadoras y las familias era palpable. Ese alivio no duró mucho.

La NCAA se desdijo rápidamente y afirmó que el nuevo reglamento de USA Swimming no se aplicaría este año. Argumentó que hacerlo sería injusto para las deportistas que ya están entrenando para la temporada. ¿Injusto para quién?

Parecía que la preocupación por la equidad solo se extendía al único participante masculino. Se confirmaron la misoginia y el escaso respeto por las mujeres.

En ese momento, había hablado abiertamente con madres de toda la Ivy League, con familias de nadadoras de todo el país, con amigas que conocen el deporte de alto rendimiento por sus hijas, con vecinos y con exdeportistas de élite de todos los ámbitos, de todas las razas y de todas las convicciones políticas.

Todavía no me había encontrado con alguien que no estuviera indignado. De hecho, otras familias se enfrentaban al mismo problema con sus hijas en competiciones de clubes más jóvenes.

Todo el mundo pensaba que la participación de Lia era injusta y humillante. Durante esas conversaciones en confidencia, los padres y las madres no sabían qué hacer, pero seguían hablando con libertad, mientras que sus hijas, sobre todo a medida que avanzaba la temporada, se sentían cada vez más incómodas al hablar del tema.

Al igual que mi hija, las otras chicas querían agachar la cabeza, desear que se acabara y pasar página lo más rápido posible.

Sé que hay unas cuantas chicas del equipo de Penn que apoyan a Lia. Conozco a varias que firmaron la petición difundida por pinkmantaray.com, Schuyler Bailar, la exnadadora que transicionó, participó en el equipo masculino de Harvard y que ahora se gana la vida con su consultoría trans.

En los medios se informó de que en esa petición se apoyaba la participación de Lia, pero era más bien un ruego de que no se cambiaran las reglas a mitad de temporada.

A todas las chicas del equipo de mi hija se les pidió que la firmaran, al igual que a la mayoría de los otros equipos de la Ivy League. Casi ninguna lo hizo, un pequeño acto de libre albedrío.

Unas semanas más tarde, el Campeonato de la Ivy League estaba en marcha. Detrás de los bloques de salida se colocó una enorme pancarta en la que se leía «Ocho contra el Odio» («Eight Against Hate»), en referencia a las ocho escuelas de la Ivy League, y todos los equipos recibieron camisetas con el mismo mensaje. Se exigió a varios equipos que las llevaran puestas.

Sé que muchas queríamos con todas nuestras fuerzas reescribir ese eslogan como «Ocho acordaron discriminar» («Eight agreed to discriminate»).

Y comenzaron los calentamientos. El presentador leía su monólogo al principio de cada sesión: «La Ivy League condena todas las formas de transfobia» y de ahí en adelante. Que no hubiera ni una palabra sobre el sexismo en el mensaje era una advertencia.

No digan nada que pueda considerarse transfóbico, pero las mujeres se merecen el abuso que están recibiendo y deben quedarse calladas cuando se enfrentan a sus escuelas y a su Liga, que les roban oportunidades y las privan de un trato justo.

Apoyarlas había empezado a ser como una amargura, sentíamos un desagradable retortijón de estómago al sentarnos en las gradas, decididas a animar a nuestras hijas lo mejor posible. La alegría del encuentro se chafó desde el principio, pero no podíamos dejar que nuestras chicas se enfrentaran a eso solas.

Día tras día, vimos cómo una joven era sustituida en una final de natación, sustituida en el podio, borrada de un récord, de un puesto en un relevo y, finalmente, reemplazada como nadadora del encuentro por un hombre, un hombre de 1,90 metros con unas espaldas dos veces más anchas que la de cualquiera de las chicas, un hombre que no parecía esforzarse al máximo en todas las pruebas.

A modo de reflexión, hubo algunos aspectos positivos, varias carreras muy bonitas, mujeres jóvenes que lograron cosas increíbles, y un gran punto culminante. En la última noche del encuentro, cuando ninguna corría peligro de ser expulsada, las chicas de la distancia libre que habían competido con Lia durante toda la temporada, tuvieron por fin una carrera para ellas solas en la final de los 1500. La única carrera del encuentro en la que todas las chicas sabían de antemano quiénes competían y tenían la oportunidad de hablar entre ellas en los distintos equipos.

Todas salieron cogidas de la mano de la sala de espera, rodeando la piscina hasta llegar a los bloques.Nunca había visto algo así. Nunca se había hecho. Era un mensaje. Silencioso, pero era un mensaje: «Nos apoyamos mutuamente».

Ojalá las mujeres hubieran respondido de forma colectiva y con rabia en cuanto se conoció la noticia de Lia.

Ojalá una marea de personas se hubiera indignado tanto como para no quedarse de brazos cruzados y hubiera protestado ante los departamentos de deportes y los despachos de los rectores de las universidades.

Ojalá el poder de los números hubiera hecho cambiar el rumbo frente al silencio.

Ojalá la sociedad estuviera en un lugar donde reconociera que los efectos de todo esto van mucho más allá de una sola persona.

Ojalá la gente conociera la postura actual de la ACLU y el peligro de tergiversar el significado de las palabras que definen a las mujeres.

Ojalá las mujeres —y los hombres— no tuviéramos que defendernos de la absurda idea de que los hombres pueden ser mujeres, de que los hombres pueden competir como mujeres.

No me puedo creer que tengamos que discutir que las mujeres y las niñas merecen poder vestirse y desvestirse sin que haya hombres en sus vestuarios.

Ahora más equipos y más mujeres de todo el país competirán contra Lia en la NCAA.

Quiero que todo esto desaparezca, pero necesito que siga en el punto de mira y en las noticias. Ahora que he abierto los ojos, ahora que sé que quiero con todas mis fuerzas que la gente despierte para ver el mundo que estamos creando para las mujeres.

[Transcripción del testimonio de una madre cuya hija compite contra Lia Thomas, recogido por WDI]

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