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Por Julie Bindel.

La historia de una alumna de bachillerato expulsada de su colegio privado femenino por supuesta “transfobia” fue recogida el mes pasado, pero podría no haber tenido tanta repercusión si JK Rowling no hubiera tuiteado su disgusto.

El asunto tuvo aún más atención cuando a Owen Jones también le dio por tuitear: “Esta ‘historia’ —que afirma que 60 chicas expulsaron a una alumna del colegio por ‘cuestionar la ideología trans’— no incluye la versión de los hechos de las otras alumnas; ni siquiera nombra al colegio. Quiero hablar de forma anónima con esas chicas para que me cuenten su versión. ¡Retuitead, por favor!”.

Kate, la alumna en cuestión (cuyo nombre hemos cambiado), se puso en contacto conmigo a través de las redes sociales. Vio que yo había condenado los intentos de Jones de desacreditar la historia y quería contarla con sus propias palabras. En cualquier caso, Jones se equivocó: no se podía nombrar la escuela por motivos legales y las alumnas no podían ser identificadas. Así que nos dimos cita en el centro de Londres. A sus 19 años, parece muy sensata y es muy elocuente: da la impresión de que lee a Dostoievski y a Sócrates por diversión.

“Anunciarlo a través de Twitter… Eso fue una venganza”, dice de Jones. “Querer dar con la escuela… Piensa en el daño a la reputación del centro. Si daba al traste con ella, ¿cómo podría hacer las cosas mejor en el futuro? Jones parecía convencido de que se trataba de un caso de acoso escolar inventado por una intolerante para victimizarse”.

Me sigue contando lo sucedido, deteniéndose a menudo para recomponerse. Una persona con escaño en la Cámara de los Lores fue a su escuela para dar una charla sobre su campaña a favor de los derechos LGBT. La asistencia era obligatoria para las alumnas de bachillerato. Esta persona fue dogmática desde el principio, afirmando que a las personas trans se les niegan los derechos humanos, y dio a entender que la Cámara de los Lores está llena de fanatismo e intolerancia. Kate estaba “desconcertada” porque “acusó directamente a sus colegas de tránsfobos sin remedio”. Tras pensárselo bien, decidió plantear una pregunta relacionada con las diferencias en la definición de “mujer” entre la teoría crítica y la realidad biológica.

Cuando Kate preguntó cómo se podía llegar a un consenso productivo cuando hay opiniones tan opuestas, la persona invitada la acusó de reducir el tema a una mera cuestión semántica. “Dije: ‘Con todo el respeto, no estoy de acuerdo’, y pensé que era mejor dejarlo estar”. Aunque Kate no se dio cuenta en ese momento, una de sus compañeras salió corriendo de la sala llorando.

Después, Kate escuchó a varias alumnas hablar de “transfobia” y afirmar que Kate les había causado un daño real. Más tarde, las acusaciones se intensificaron: algunas insistieron en que, por culpa de Kate, algunas estudiantes trans estaban planteando suicidarse.

Cuando fue a recoger su bolsa al vestuario, se encontró con la delegada del curso, que la trató con frialdad. Entonces, varias alumnas la rodearon y empezaron a insultarla: nazi, intolerante, fascista, tránsfoba, homófoba, racista, cabrona.

“Sentí sus escupitajos en la cara”, afirma. Temblando, salió corriendo del círculo y se cayó. Una alumna, angustiada, corrió tras Kate para preguntarle si estaba bien. Y más tarde, la jefa de estudios pidió explicaciones a las alumnas que habían reprendido a Kate: “¿Cómo habéis podido hacer esto?”

Pero el calvario de Kate estaba lejos de terminar. Al llegar a la escuela a la mañana siguiente, encontró su mesa repleta de impresos de banderas trans, cada una con el texto: “Los derechos trans son derechos humanos”. Al día siguiente, las demás alumnas de bachillerato organizaron un “Día de la Visibilidad Trans” espontáneo y algunas acudieron al colegio vestidas de rosa, blanco y azul, los colores de la bandera trans. Nadie se lo había contado a Kate.

Se abrió una investigación sobre el supuesto acoso a Kate y la subdirectora entrevistó a varias alumnas, incluida Kate. Unos días más tarde, Kate llegó a la escuela y escuchó a su profesora favorita pidiendo disculpas a sus compañeras por haberse centrado en ella y permitir que las demás se sintieran angustiadas por su “terrible y odioso comportamiento”.

Más tarde, se inició una segunda investigación “para justificar la reacción de las chicas”, dice Kate, que se centró en su supuesto “historial plagado de ‘provocaciones’ desde hacía cinco años”.

Al sentirse muy agobiada por lo que consideró una condena pública, Kate se autolesionó en las instalaciones del centro. Entonces le pidieron que se quedara en casa durante varias semanas, “porque me consideraban un peligro para mí y para las demás estudiantes”.

Finalmente, Kate volvió a la escuela. Tenía ganas de seguir estudiando; había tenido que repetir 1.º de bachillerato porque había estado hospitalizada por anorexia. Sin embargo, la tuvieron apartada en la biblioteca, separada de las demás alumnas, “rodeada únicamente de libros y a solas con mis pensamientos”. El aislamiento tuvo un impacto terrible en su salud mental. “Volví a rechazar la comida por completo”. Cuando pidió volver a la escuela en condiciones, le dijeron que llevaba demasiados años “perturbando” a las alumnas, cuando lo único que habían hecho era cuidar de ella.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Limpió su casillero, salió del centro y nunca más volvió. Kate sigue sus estudios por Internet y empezará la universidad cuando cumpla los 21 años. “Ya seré una universitaria madurilla”, se ríe.

Está claro que algunas de las opiniones de Kate sobre las cuestiones trans tienen que ver con su experiencia personal con la anorexia. “No pude evitar que la mentalidad anoréxica reverberara en las conversaciones sobre disforia de género”, dice. “Ambas aspiran a alcanzar una forma idealizada y esquiva del yo. Ambas están impulsadas por el deseo de controlar la propia realidad”.

Había tenido “problemas de salud muy traumáticos” cuando era adolescente; después de pasar un año en el hospital, a los 13 años, recibiendo tratamiento para su trastorno de la conducta alimentaria con otras chicas de orígenes muy diferentes, Kate se reincorporó al mundo “fundamentalmente cambiada”. Su escuela también había cambiado. La organización Stonewall había entrado de lleno y varias chicas se identificaban como no binarias o trans. Pero la escuela siempre había sido más liberal que la norma, y Kate les tenía cariño a muchas de sus profesoras. Fueron estas experiencias positivas las que le hicieron sentir que podía cuestionar, en voz alta, si era “mala persona” por poner en duda la ideología trans.

“¿Por qué se han vuelto en mi contra con tanta saña?”, se preguntaba Kate.

“No niego la validez de la transición médica como medio para calmar la angustia”, añade. Pero hay una diferencia, dice, entre hacer la transición para controlar la percepción de una misma, algo que depende de la validación social externa, y hacerlo para aliviar un profundo malestar psicológico. “Al aceptar las limitaciones de la realidad biológica estás asumiendo una carga y una responsabilidad. Empatizo con eso. Debe ser extraordinariamente difícil”. En los peores momentos de su anorexia, sintió que “me mataría si ganaba peso”.

Kate me dijo que no sabía qué quería hacer con su vida, pero que “estaba deseando” ir a la universidad. Sin embargo, está nerviosa por entrar en otro lugar de enseñanza teniendo en cuenta el clima actual. Teme que, hoy en día, “no haya perdón para quienes llevan marcado el sufijo condenatorio de ‘-fobo/a’”.

Julie Bindel es periodista de investigación, autora y activista feminista.

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