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Twitter se ha tomado en serio lo de reforzar esta nueva política. La cuenta de Megan Murphy, una periodista canadiense, editora de la famosa web Feminist Current, ha sido suspendida permanentemente por hacer deadnaming a una persona trans. Cuando estaba contando la historia de un transfemenino que había llevado a juicio a unas cuantas esteticistas que se negaron a depilarle los testículos, Murphy usó la frase: «sí, es él». Esto, según Twitter, fue la gota que colmó el vaso: Murphy había sido bloqueada temporalmente por decir cosas tan explosivas como «los machos no pueden convertirse en hembras».
Twitter, a pesar de presumir de lo contrario, nunca ha sido muy amiga de la libertad de expresión. Durante los últimos años, esta plataforma ha expandido su «política de conducta de odio», ha prohibido las cuentas de gente controvertida y ha establecido un aviso de «contenido sensible», que solicita a los usuarios consentimiento para ver contenido que, a veces, es cuestionable. Pero un cambio reciente en sus políticas ha convertido lo que antes era un debate abierto en una guerra a la libertad de expresión, usando toda la artillería.
Twitter ahora prohíbe «hacer misgendering o deadnaming a individuos transgénero». Para quien no sepa lo que es, deadnaming significa llamar a un individuo que ha transicionado por su nombre original y no por el que ha elegido. Es decir, si no quieres llamar Jill a Jack, podrías estar violando las nuevas normas de Twitter. Lo mismo pasa con hacer misgendering, lo que supone decir que alguien es «él» cuando quiere ser «ella».
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Hay que destacar que (con alguna excepción) la gran mayoría de gente acusada de transfobia, y expulsada de ciertas redes por ello, son mujeres. Y, a menudo, no son culpables más que de lanzar su propia opinión sobre lo que es ser mujer o no. En efecto, a las mujeres se les está prohibiendo hablar de la condición de ser mujer.
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En vez de luchar por ser escuchados, los transactivistas ahora tienen el apoyo y protección de una de las mayores plataformas de debate del siglo XXI. Eso nos deja al resto, a quienes queremos hablar abiertamente del género y la identidad, vendidos, sin nada que hacer y siendo tachados de intolerantes. Es hora de llamar al pan, pan, y al vino, vino: esto es CENSURA, y debemos tratarlo como tal.
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