John Lewis ha creado sin querer una representación perfecta de todo lo malo que pasa con nuestros adorados Pequeños Emperadores en la Gran Bretaña de 2021. Su último anuncio es una promoción de un seguro para el hogar de un minuto de duración cargadita de privilegios y de la manida conciencia social, protagonizada por un niño que nunca ha oído un no por respuesta. Pero es obvio que el anuncio no va en realidad de seguros para el hogar. Se trata de «inclusión», que es un nuevo eufemismo de privilegio masculino.

Primer plano sobre un dormitorio saqueado. Vemos frascos de esmalte de uñas a los que les faltan las tapas y zapatos rojos de tacón de aguja entre los muchos objetos tirados por el suelo. Enseguida aparece un niño pequeño, desparramando las entrañas del cojín que debe haber desmembrado. Ni qué decir tiene que el niño va maquillado y lleva vestido, porque hasta las ofertas de seguros para el hogar deben ser ahora ejercicios de propaganda sobre la mutabilidad del género. El niño-niña mira fijamente a la cámara como si estuviera en una pasarela, acompañado por el sonoro clac-clac de los tacones. ¿Será verdad que hacen tanto ruido en los suelos enmoquetados? El pequeño tirano va bailoteando por la casa y decorándola con esmalte de uñas; vamos, destrozándolo todo a su paso.

¿Dónde están los padres? La dócil madre está sentada en la mesa de la cocina sorbiendo té boquiabierta. ¿La habrá liado y echado ansiolíticos a la taza? Ni el adhesivo más potente del planeta me habría dejado pegada a la silla si uno de mis hijos se portara así de mal. Y, aunque estoy segura de que las condiciones de responsabilidad de John Lewis son generosas, ducho mucho que sus gestores de reclamaciones acepten un: «Bueno, es que vi cómo Thommy destrozaba la casa entera pero no se me ocurrió hacer nada para pararle/lo/la».

Se trata de «inclusión», que es un nuevo eufemismo de privilegio masculino.

Pero es obvio que el anuncio no va en realidad de seguros para el hogar. La agencia que está detrás de esta treta publicitaria, Adam & Eve/DDB, no escatimó en pistas contundentes. La pintura azul y rosa, los constantes mohínes y giros de cabeza hacia la cámara, el niño con la ropa de su madre y la purpurina esparcida por toda la mesa del comedor. Se trata de «inclusión», que es un nuevo eufemismo de privilegio masculino. También es obra de Adam & Eve/DDB «Hey Girls», una campaña sobre «pobreza menstrual», que se esmeró en incluir a una chica con el pelo corto en los baños de los chicos. Qué listos son.

Hace unos años, este anuncio me habría alarmado o escandalizado. Ahora solo siento una especie de depresión conocida. Vivimos una época en la que las escuelas se empeñan en decir que la biología no define si eres un niño o una niña y en la que se aplaude a drag queens de 12 años.

El problema no es solo el «lobby trans». Es que parece que nuestros hijos nos dan miedo: nos da miedo molestarlos, nos da miedo ejercer nuestra autoridad y nos da miedo decir que no. Las escuelas y las familias prefieren los sistemas de semáforo y las recompensas constantes a ser los adultos de la casa. Sin el tradicional campo de entrenamiento de la infancia —cuando los deseos de un crío no siempre se conceden—, ¿cómo narices esperamos que las niñas y niños se conviertan en miembros útiles de la sociedad cuando lleguen a la edad adulta?

Este anuncio de John Lewis seguro que ha generado mucho «engagement», pero no va a cambiar el mundo ni a convencer a las familias decentes de que dejen de enseñar a sus hijos e hijas a demostrar respeto, amabilidad y educación. Tampoco nos va a tentar más para contratar un seguro. Sólo se suma a la pila de pruebas de que nos están preparando para comprar una agenda que, en última instancia, es perjudicial. En resumidas cuentas, este anuncio nos muestra a un niño mimado y sin límites destrozando la casa familiar mientras su desconcertada madre mira impasible. Una metáfora perfecta, en muchos sentidos.

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