Por Abigail Shrier

En entrevistas exclusivas, dos destacados profesionales sanitarios hablan de los bloqueadores de la pubertad, la atención “afirmativa”, la inhibición del placer sexual y la supresión de toda disidencia en su campo.

Durante casi una década, la vanguardia del movimiento por los derechos transgénero —médicos, activistas, celebridades y personas influyentes en el ámbito del transgenerismo— ha definido los límites de la nueva ortodoxia en torno a su atención médica: qué es verdadero, qué es falso, qué preguntas se pueden hacer y cuáles no.

Dijeron que era perfectamente seguro dar bloqueadores de la pubertad a niños y niñas de tan solo nueve años e insistieron en que los efectos de esos bloqueadores eran “totalmente reversibles”. Dijeron que era tarea de los profesionales de la medicina ayudar a los menores a hacer la transición. Dijeron que no les correspondía cuestionar la conveniencia de la transición, y que cualquiera que lo hiciera —incluidos los progenitores— seguramente era tránsfobo. Dijeron que cualquier preocupación por el contagio social entre las adolescentes era una tontería. Y nunca dijeron nada sobre la clara posibilidad de que el bloqueo de la pubertad, sumado a las hormonas de sexo cruzado, pudiera impedir una vida sexual normal.

Sus aliados en los medios de comunicación y en Hollywood publicaron historias y crearon contenidos que reafirmaban esta ortodoxia. Cualquiera que se atreviera a disentir o a apartarse de alguno de sus principios fundamentales —incluidas las jóvenes que hicieron públicas sus destransiciones— era inevitablemente tildada de persona llena de odio y acusada de perjudicar a las niñas y niños.

Pero esa nueva ortodoxia ha ido demasiado lejos, según dos de los profesionales sanitarios más destacados en el campo de la medicina transgénero: Marci Bowers, especialista en vaginoplastia de renombre mundial que operó a la estrella de la telerrealidad Jazz Jennings, y Erica Anderson, especialista en psicología clínica de la Clínica de Género para la Infancia y la Adolescencia de la Universidad de California en San Francisco.

A lo largo de sus carreras, han atendido a miles de pacientes. Forman parte de la junta directiva de la World Professional Association for Transgender Health (WPATH), la organización que establece las normas mundiales de atención médica a las personas transgénero. Y son mujeres transgénero.

A principios de este mes, Anderson me dijo que había enviado un artículo de opinión en coautoría a The New York Times, en el que advertía de que muchos proveedores de atención sanitaria para personas transgénero estaban tratando a las niñas y niños de forma imprudente. The Times pasó del tema y explicó que estaba “fuera de nuestras prioridades de cobertura en este momento”.

En las últimas semanas, hemos hablado largo y tendido sobre la dirección actual de su campo y en qué aspectos creen que la cosa ha ido mal. En algunas cuestiones, incluida su postura sobre los bloqueadores de la pubertad, plantearon preocupaciones que parecen cuestionar las actuales directrices sanitarias establecidas por la WPATH, que Bowers pasará a dirigir a partir de 2022.

La WPATH, por ejemplo, recomienda que, para muchos niños y niñas con disforia y sin conformidad de género, la supresión de la pubertad hormonal comience en las etapas tempranas de esta. La WPATH también ha insistido desde 2012 en que los bloqueadores de la pubertad son “totalmente reversibles”.

Cuando le pregunté a Anderson si creía que los efectos psicológicos de los bloqueadores de la pubertad eran reversibles, respondió: “No tengo la certeza”. Cuando le pregunté si se deberían administrar bloqueadores a los niños y niñas en la primera etapa de la pubertad, Bowers afirmó: “No me entusiasma la idea”.

Cuando le pregunté a Bowers si seguía pensando que los bloqueadores de la pubertad eran una buena idea, desde el punto de vista quirúrgico, respondió: “Esto es típico de la medicina. Hacemos zig y luego zag, y tal vez nos desviamos demasiado hacia la izquierda en algunos casos”. Y añade: “Creo que hubo cierta ingenuidad por parte de los endocrinólogos pediátricos que eran partidarios del bloqueo [de la pubertad] temprano; tal vez pensaron que la magia podía producirse, que los cirujanos pueden hacer cualquier cosa”.

Le pregunté a Bowers si creía que la WPATH había acogido distintos puntos de vista médicos, incluidos los preocupados por los riesgos, los escépticos con respecto a los bloqueadores de la pubertad o hasta los críticos con algunas de las intervenciones quirúrgicas.

“Está claro que hay gente que trata de mantener al margen a cualquiera que no compre del todo la línea partidaria de afirmarlo todo, y que no hay lugar para la disidencia”, dijo Bowers. “Creo que es un error”.

Bowers no solo está entre los cirujanos de género más respetados del mundo, sino que es fácilmente uno de los más prolíficos: ha creado o reparado más de 2.000 neovaginas, una intervención llamada vaginoplastia. Alcanzó el estatus de celebridad por aparecer en el exitoso programa de telerrealidad “I Am Jazz”, que cataloga y coreografía la vida de Jazz Jennings, sin duda la persona adolescente transgénero más famosa del país.

En enero de 2019, Jeanette Jennings, su madre, le organizó una fiesta de “despedida del pene”. Más de un millón de telespectadores vieron cómo los invitados se daban un festín de albóndigas y salchichas miniatura en la casa de estilo mediterráneo de los Jennings en Florida. Familiares y amistades aplaudieron cuando Jazz cortó una tarta con forma de pene. La complicada intervención que se avecinaba parecía poco más que una puesta de largo.

Para entonces, Jazz – de 19 años- ya era la persona joven más influyente según la revista Time, había escrito en coautoría un libro infantil superventas y servido de inspiración para una muñeca de plástico. Había formado parte del programa de embajadores de la juventud de la Campaña de Derechos Humanos y tenía cerca de un millón de seguidores en Instagram. La suya ya no era solo una historia personal, sino el anuncio de un estilo de vida y de una industria.

El día de la operación —grabada sin tapujos para Instagram— la hermana de Jazz, Ari, meneó socarrona una salchicha ante la cámara. Cuando Jazz estaba a punto de entrar en quirófano, chasqueó los dedos y exclamó: “¡Vamos a ello!”

La vaginoplastia a la que se sometió es lo que los cirujanos llaman una “inversión peneana”, en la que se utiliza el tejido del pene y los testículos para crear una cavidad vaginal y un clítoris. En hombres adultos, una inversión penenana era bastante factible. Con Jazz fue mucho más difícil. 

Al igual que miles de adolescentes en Estados Unidos que reciben tratamiento para la disforia de género (grave malestar con el sexo biológico), a Jazz le habían administrado bloqueadores de la pubertad. En su caso, empezó a los 11 años. A los 17, el pene de Jazz tenía el tamaño y la madurez sexual de un niño de 11. Como Bowers explicó a Jazz y a su familia antes de la operación, no tenía suficiente piel del pene y del escroto para trabajar, así que tomó una muestra de las paredes del estómago de Jazz para complementar el tejido disponible.

Al principio, la operación de Jazz parecía haber ido bien, pero poco después dijo sentir “un dolor espantoso”. De vuelta al hospital recibió la atención del Dr. Jess Ting. “Una vez en la cama, oí que algo estallaba”, dijo Ting en un episodio de “I Am Jazz”. La nueva vagina de Jazz —o neovagina, como dicen los cirujanos— se había partido.

La disforia de género, que Jazz padecía desde los dos años, es muy real y, según dicen, insoportable. Durante los casi 100 años de historia del diagnóstico de disforia de género, esta afectaba mayoritariamente a niños y hombres, y comenzaba en la primera infancia (entre los dos y los cuatro años). Según el DSM-V, la última edición de la tasa histórica de incidencia era del 0,01 % en varones (aproximadamente uno de cada 10 000).

Durante décadas, los psicólogos la trataron con la “espera vigilante”, es decir, un método psicoterapéutico que busca comprender el origen de la disforia de género infantil, disminuir su intensidad y, en última instancia, ayudar a sentirse más a gusto con el propio cuerpo. 

Dado que casi siete de cada diez niñas y niños a los que se les diagnosticó inicialmente disforia de género acabaron por superarla —muchos de ellos son luego adultos gais o lesbianas—, la opinión generalizada era que, con un poco de paciencia, la mayoría llegaría a aceptar su cuerpo. El supuesto subyacente era que no siempre sabían lo que hacían.

Pero en la última década, la espera vigilante ha sido sustituida por la “atención afirmativa”, que asume que los niños sí que saben lo que les conviene. Los defensores de la atención afirmativa instan a los médicos a corroborar la creencia de sus pacientes de que están atrapados en el cuerpo equivocado.

La familia se ve presionada para ayudar al niño o la niña a realizar la transición a una nueva identidad de género, a veces porque los médicos o los activistas les han dicho que, si no lo hacen, podría acabar suicidándose. A partir de ahí, se presiona a las familias para que empiecen a tomar medidas médicas concretas hacia la transición al cuerpo “correcto”. Ahí entran los bloqueadores de la pubertad como paso previo. Por lo general, luego se administran hormonas para el sexo opuesto y más tarde, si se desea, se pasa por cirugía.

El uso generalizado de los bloqueadores de la pubertad se remonta a los Países Bajos. A mediados de la década de 1990, Peggy Cohen-Kettenis, una psicóloga de Ámsterdam que había estudiado a jóvenes con disforia de género, ayudó a concienciar sobre los posibles beneficios de los bloqueadores, antes utilizados en la castración química de violadores. Las empresas farmacéuticas estuvieron encantadas de financiar estudios sobre la aplicación de los bloqueadores en la infancia y, poco a poco, nació lo que se llama el Protocolo holandés. La idea era la siguiente: ¿por qué hacer que un niño o una niña que padece disforia de género desde preescolar soporte la pubertad, con todas sus incomodidades y bochornos, si es probable que transicione cuando llegue a la edad adulta? Los investigadores creían que los efectos de los bloqueadores eran reversibles, en caso de que no se acabara por transicionar.

Más tarde, Cohen-Kettenis empezó a dudar de esa valoración inicial. “Todavía no está claro cómo influirá la supresión de la pubertad en el desarrollo del cerebro”, escribió para la Revista Europea de Endocrinología en 2006. La pubertad no es solo un desarrollo bioquímico; es también “un acontecimiento psicosocial que se produce en concierto con tus iguales”, me comentó el doctor William Malone, endocrinólogo y miembro de la Society for Evidence Based Gender Medicine. Las hormonas no se limitan a estimular los órganos sexuales durante la pubertad, sino que también bañan el cerebro. 

Pero en el mismo momento en que los investigadores holandeses empezaban a plantear su preocupación por los bloqueadores de la pubertad, los profesionales sanitarios estadounidenses los descubrieron. En 2007, el Protocolo holandés llegó al Boston Children’s Hospital, uno de los hospitales infantiles más importantes del país.

Pronto se convertiría en el principal tratamiento para todos los niños, niñas y adolescentes identificados transgénero en Estados Unidos. Uno de ellos era Jazz Jennings.

En 2012, un cirujano implantó un bloqueador de la pubertad llamado Supprelin en la parte superior del brazo de Jazz para retrasar la aparición de vello facial y el cambio de voz, entre otras cosas. Sin estos rasgos masculinos convencionales, sería más fácil, más adelante, que los médicos lo hicieran parecer más femenino, más parecido a la joven en ciernes que sentía que era en su interior.

En aquella época, los médicos sabían menos que ahora sobre los efectos de los bloqueadores de la pubertad. “Cuando te adentras en un campo como este, en el que no hay muchos datos publicados ni muchos estudios, no hemos hecho más que empezar; ves que la gente a veces vende protocolos como los bloqueadores de la pubertad de una manera dogmática, ‘esto es lo que hacemos y punto’”, me dijo Bowers.

Una vez que un adolescente ha detenido la pubertad normal y ha adoptado un nombre del sexo opuesto, dijo Bowers: “Vas a ir al colegio socialmente como una chica, has hecho ese compromiso. ¿Cómo te echas atrás?”

Otro problema creado por el bloqueo de la pubertad fue la falta de tejido, que ya señalaron los investigadores holandeses en 2008. En ese momento, Cohen-Kettenis y otros investigadores señalaron que, en los nacidos varones, el bloqueo precoz podría conducir a un “crecimiento fálico puberal no normal”, lo que significa que “el tejido genital disponible para la vaginoplastia podría distar de ser óptimo”. 

Pero esa espeluznante advertencia parece haberse perdido en el viaje por el Atlántico.

Muchos cirujanos de género norteamericanos aumentan el tejido para construir neovaginas con revestimiento del estómago prestado e incluso con un trozo de intestino. Bowers pone el límite en el colon. “Nunca uso el colon”, dijo. “Es el último recurso. Puedes acabar con cáncer de colon. Si se usa sexualmente, se puede producir colitis crónica que tiene que ser tratada con el tiempo. También está la secreción y la apariencia desagradable. Y que no huele a vagina”.

El problema de las niñas y niños cuya pubertad se ha bloqueado de forma temprana no es solo la falta de tejido, sino de desarrollo sexual. La pubertad no solo estimula el crecimiento de los órganos sexuales. También los dota de potencial erótico. “Si nunca has tenido un orgasmo antes de la cirugía, y luego se te bloquea la pubertad, es muy difícil tenerlo después”, dijo Bowers. “Lo considero un gran problema, en realidad. Es una especie de problema que se pasa por alto en nuestro ‘consentimiento informado’ de los niños y niñas que se someten a los bloqueadores de la pubertad; no lo hemos sopesado del todo bien”.

Tampoco es un problema que pueda corregirse quirúrgicamente. Bowers puede crear unos labios, un canal vaginal y un clítoris, y los resultados parecen impresionantes. Pero si poco o nada saben de lo que es un orgasmo debido al bloqueo de la pubertad, “el clítoris podría ser como la punta de un dedo, no producirles ninguna alegría especial y, por tanto, no son capaces de responder como amantes. ¿Y cómo afecta eso a su felicidad a largo plazo?”

Pocos médicos, por no decir ninguno, lo reconocen. La Clínica Mayo, por ejemplo, no señala que la disfunción sexual permanente puede ser uno de los riesgos de los bloqueadores de la pubertad. El Hospital Infantil de San Luis tampoco lo menciona. El Hospital Infantil de la Universidad de Ciencias y Salud de Oregón y la Universidad de California en San Francisco no lo hacen. Tampoco se mencionó la disfunción sexual en un reciente artículo de The New York Times titulado “¿Qué son los bloqueadores de la pubertad?”

Jack Turban, jefe de psiquiatría infantil y adolescente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford, escribió en 2018: “El único efecto secundario significativo es que puede verse afectada la densidad ósea del adolescente”.

Pero la falta de densidad ósea suele ser solo el comienzo del problema. Los pacientes tratados con bloqueadores de la pubertad casi siempre acaban tomando hormonas sexuales, y esta combinación tiende a dejarlos infértiles y, como dejó claro Bowers, sexualmente disfuncionales.

En un episodio de “I Am Jazz”, Jazz confesó que nunca había tenido un orgasmo y tal vez nunca pueda. Pero sigue siendo optimista. “Sé que, cuando me enamore y realmente admire a otra persona, voy a querer tener relaciones sexuales con ella”, dijo Jazz a los 16 años en un episodio que se emitió en julio de 2017.

En el año siguiente a su operación, Jazz necesitaría tres cirugías más y luego aplazaría su ingreso en la universidad de Harvard durante un año para lidiar con su depresión. En 2021, habló de un trastorno por atracón que le hizo engordar casi 45 kilos en menos de dos años.

Jazz ha insistido en que no se arrepiente de su transición. (Traté de ponerme en contacto con Jazz para que me concediera una entrevista, pero no me contestó). Someter a los pacientes a una serie de intervenciones complejas que no pueden ser analizadas —ni siquiera por expertos— sin que uno se arriesgue a ser tachado de antitrans no parece ser el mejor enfoque para nadie.

Bowers me dijo que ahora considera desaconsejable bloquear la pubertad temprana. “Ya no me gusta la idea del bloqueo en Tanner Dos, de verdad que no”, me dijo, utilizando el nombre clínico del momento en que se manifiestan los primeros signos visibles de la pubertad. “La idea sonaba bien al principio”, añadió. “Créeme, las cirugías que hacemos con estos niños y niñas son magníficas, y lo tienen tan claro… Me enorgullezco de muchos de ellos y de sus familias. Han sido geniales. Pero, sinceramente, no puedo quedarme de brazos cruzados y decirles que tienen mejores resultados o incluso igual de buenos. No son tan funcionales. Me preocupan sus derechos reproductivos más adelante. Me preocupa su salud sexual más adelante y su capacidad de mantener relaciones íntimas”.

Bowers sabe lo que puede suponer la pérdida de fertilidad e intimidad sexual: tiene tres hijos, todos nacidos antes de su transición, y pasó una década atendiendo a víctimas de la mutilación genital femenina. “Muchas de esas mujeres tienen relaciones fallidas porque no pueden responder sexualmente”, dijo. “Y temo que estos jóvenes que nunca tuvieron un orgasmo antes de someterse a la cirugía puedan llegar a la edad adulta, tratar de tener relaciones íntimas y darse cuenta de que no saben cómo responder sexualmente”.

En 2007, el año en que Estados Unidos comenzó a aplicar el Protocolo holandés, este país contaba con una clínica pediátrica de género que atendía principalmente a pacientes como Jazz: varones que expresaban malestar con su cuerpo en las primeras etapas de la infancia. (Dicen que, a los 2 años, Jazz le preguntó a Jeanette que cuándo lo convertiría en niña el hada madrina. No parece que la propia transición social de Jazz proceda de la influencia de sus iguales y es anterior a las redes sociales.)

Hoy en día, Estados Unidos cuenta con cientos de clínicas de género. La mayoría de los pacientes no han nacido varones, como Jazz, sino que son chicas adolescentes. Escribí un libro sobre estas jóvenes, Un daño irreversible, basado en entrevistas con ellas y sus familias. La influencia de sus iguales y la exposición a personas trans con mucha repercusión en las redes sociales desempeñan un papel muy importante en su deseo de escapar de la condición de mujer. A diferencia de las pacientes del Protocolo holandés, a las que se examinó para detectar otras comorbilidades de salud mental, estas jóvenes casi siempre padecen ansiedad y depresión graves u otros problemas de salud mental importantes, problemas que a menudo se pasan por alto.

Cuando la investigadora de salud pública y exprofesora de la Universidad de Brown, Lisa Littman, bautizó este fenómeno como “disforia de género de inicio rápido” (ROGD, por su sigla inglesa) en 2018, la universidad se disculpó por su artículo y finalmente la expulsó. Los activistas tildaron la hipótesis de un contagio social entre las adolescentes de “mentira venenosa utilizada para desacreditar a las personas trans”.

Pero la investigación de Littman sobre el repentino aumento de la transidentificación de las adolescentes es cada vez más difícil de negar: una encuesta reciente de la American College Health Association arroja que, en 2008, una de cada 2000 estudiantes universitarias se identificaba como transgénero. En 2021, la cifra es de una de cada 20.

Aunque tanto Anderson como Bowers señalaron que la disforia denominada “ROGD” aún no ha sido aceptada como diagnóstico, Anderson dijo: “En nuestra clínica de la UCSF, desde hace dos años consecutivos, tenemos una proporción de dos a uno entre chicas y chicos”. Dos a uno.

“En cuanto a este asunto de la ROGD”, dijo Bowers, “creo que habrá gente que sí esté influenciada. Hay un poco de ‘Vaya, es genial. Sí, yo también quiero hacer eso’”.

Anderson está de acuerdo en que es probable que veamos más arrepentimiento entre esta población de adolescentes. “En mi opinión, debido a… vamos a ver, ¿cómo decirlo? ¿qué palabra elegir? Pues por el trabajo, voy a llamarlo ‘chapucero’, por el trabajo sanitario chapucero, vamos a tener más adultos y adultas jóvenes que lamentarán haber pasado por este proceso. Y esto me va a valer muchas críticas de algunos colegas, pero visto lo visto —y lo siento, pero es mi experiencia real en el campo de la psicología tratando a jóvenes con variación de género—, me preocupa que se tomen decisiones que luego lamenten quienes las han tomado”.

¿Qué fue exactamente lo que se descuidó en el trabajo sanitario? “Apresurarse en medicalizar a la gente, como usted y otros han advertido, y el fracaso —abyecto fracaso— a la hora de evaluar la salud mental de alguien históricamente en el momento actual, y de prepararlo para tomar una decisión que tanto cambia la vida”, dijo Anderson.

Le pregunté a Bowers sobre el aumento de aquellas que han destransicionado, mujeres jóvenes que han llegado a arrepentirse de la transición. Muchas dijeron que se les dio testosterona en su primera visita a una clínica como Planned Parenthood. “Cuando tienes a una persona con asignación femenina  (sic) y se siente disfórica, o alguien decide que es disfórica, y dice que sus trastornos alimentarios no son realmente trastornos alimentarios, sino que es en realidad disforia de género, y luego te ven una sola vez y enseguida recomiendan testosterona… ¡Pues es una bandera roja!”, comenta Bowers. “Venga, despierta”.

Abigail Shrier es la autora de Un daño irreversible, uno de los mejores libros de 2020 según The Economist. Otros artículos suyos en The Truth Fairy.

Nota de ACBM: no compartimos todas las afirmaciones que se hacen en este artículo, pero el interés de los testimonios nos ha animado a reproducirlo en su integridad.

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