Por Sonia Sodha en The Guardian. Ilustración de Dom McKenzie

Acusaciones de odio contra las feministas críticas de género, asesoramientos contrarios a la ley de Igualdad, defensa de la ocupación de espacios seguros de las mujeres por varones autodeterminados, equiparación del feminismo con el antisemitismo… la deriva de la ong, hoy transgenerista, Stonewall la aleja de sus orígenes en defensa del LGTB y pone en riesgo sus logros.

Nunca iba a ser un mes del Orgullo ideal para Stonewall. Las protestas y los desfiles, con sus alegres celebraciones y sus banderas, quedan suspendidos por necesidad hasta más adelante. Pero, ¿cómo es que su directora general, Nancy Kelley, fue duramente criticada la semana pasada por equiparar una rama del feminismo al antisemitismo?

Dos de los fundadores de Stonewall han acusado a la organización benéfica de haber perdido el rumbo. En una investigación independiente de un abogado del Estado sobre la ilegalidad de desconvocar de una serie de actos a dos académicas se puso de manifiesto que la política de la Universidad de Essex de apoyo al personal trans, revisada por Stonewall, tergiversó la ley «como Stonewall preferiría que fuera, en lugar de como es», en detrimento de las mujeres. Y después de que la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos abandonara el programa de Campeones de la Diversidad de Stonewall, la ministra de Igualdad, Liz Truss, ha presionado para que los departamentos gubernamentales sigan su ejemplo.

Stonewall ha descrito lo ocurrido como una serie de ataques de mala fe por parte de los medios de comunicación de derechas y del establishment político. Es cierto que hay quien critica a Stonewall, cuya trayectoria en materia de igualdad es dudosa, pero centrarse en la intención del mensajero no te libra de las críticas fundadas. No se trata solo de la derecha: muchas feministas críticas de género, cuyas opiniones Kelley parecía poner en el mismo saco que el antisemitismo, creen que Stonewall, una organización de derechos civiles antaño poderosa y que consiguió anular la sección 28 —la ley que prohibía la «promoción» de la homosexualidad—, supone ahora un riesgo para las mujeres.

Las feministas críticas del género creen que en una sociedad patriarcal el cuerpo de la mujer y su papel en el sexo y la reproducción son la clave de su opresión. Por tanto, la identidad de género —el sentimiento de ser hombre o mujer independientemente del sexo biológico— nunca podrá sustituir totalmente al sexo como característica protegida en la legislación sobre igualdad, y las mujeres tienen derecho a organizarse en función de su sexo y a acceder a espacios no mixtos.

La joven de 18 años que fui, y que consideraba el feminismo como poco más que la lucha por la igualdad salarial, habría puesto los ojos en blanco ante algo así. Pero dos décadas más tarde, consciente de mi condición de mujer, he madurado en mi feminismo y comprendo que la violencia masculina es una herramienta de opresión más importante en una sociedad patriarcal que los nombramientos en los consejos de administración. Si alguien piensa que estoy exagerando, casi una de cada tres mujeres será víctima de violencia machista en su hogar, una mujer es asesinada por su pareja o expareja cada cuatro días en el Reino Unido y siete de cada diez de nosotras ha sufrido acoso sexual en espacios públicos. Por eso el derecho de las mujeres a los servicios separados por sexo, como los refugios y las cárceles para mujeres, donde dos tercios son víctimas de violencia machista es tan importante: para protegernos de la violencia masculina.

Y es aquí donde se produce la colisión con Stonewall y su propósito de derogar las disposiciones legales relativas a los espacios no mixtos, de modo que los varones que se identifican como mujeres tengan los mismos derechos de acceso que las nacidas mujeres. El desacuerdo sobre lo que significa ser mujer —si se basa únicamente en un sentimiento o si está relacionado con el sexo— es una cosa, aunque las feministas críticas consideran que la reducción de la condición de mujer a la expresión de género refuerza las normas regresivas de género. Pero resulta extraordinario que Kelley crea que está justificado comparar estas opiniones con el antisemitismo y argumentar que la libertad de las mujeres para expresarlas debe ser legalmente restringida.

No se trata de una perspectiva marginal que las feministas puedan ignorar. Las mujeres deben ser libres de expresar la opinión de que es arriesgado permitir que los hombres que se autoidentifican como mujeres accedan por defecto a los espacios exclusivos para mujeres. No es algo teórico: los maltratadores hacen todo lo posible por acceder a sus víctimas y nunca hemos podido confiar en que instituciones como la policía o los centros penitenciarios nos protejan. Karen White, una mujer trans de cara a la ley, que cometió agresión sexual, abuso de menores y dos violaciones siendo un hombre, acabó en una cárcel de mujeres donde agredió sexualmente a varias reclusas.

A través de su programa Campeones de la Diversidad, en el que 850 organizaciones, incluidos muchos organismos públicos, pagan para que acredite sus políticas de diversidad, Stonewall tiene el poder de amedrentar a las feministas para que guarden silencio por el temor a ser acusadas injustamente de delito de odio.

Pese a su función de asesoramiento a las organizaciones sobre la legislación en materia de igualdad, [Stonewall] la tergiversa, afirmando que las personas trans tienen derecho a acceder a espacios exclusivos para mujeres en consonancia con el género elegido (de hecho, hay importantes exclusiones).

La Universidad de Essex reprodujo este error en su política, revisada anualmente por Stonewall, y afirmó que negarles esto equivale a acoso, con consecuencias en el mundo real: dos académicas fueron discriminadas por la universidad sin base jurídica por sus opiniones críticas del género, mientras que los estudiantes que hicieron circular amenazas violentas contra ellas no fueron objeto de ninguna medida disciplinaria . Stonewall también ha sido demandada por una abogada lesbiana negra, Allison Bailey, por discriminación laboral debido a sus opiniones críticas sobre el género. Stonewall también parece considerar delito de odio la creencia de que debería haber restricciones a que los varones biológicos compitan en deportes femeninos, que las lesbianas pueden definir su atracción hacia el mismo sexo, no género, y la decisión del tribunal superior de justicia de que los niños no pueden dar su consentimiento a la administración de bloqueadores de la pubertad.

Es desolador que la junta directiva de Stonewall se niegue a ver lo que está poniendo en peligro con sus acciones. Aunque algunos activistas rehúyan imponerse a quienes no compartan su visión del mundo —porque se supone que son malvados—, sin duda esta es la manera perfecta de frenar el progreso y generar reacciones en contra. Como antirracista, considero que mi trabajo consiste en explicar conceptos poco intuitivos, como la discriminación estructural, a personas que no se han topado con ellos, no en condenarlas por intolerantes. Al equiparar los puntos de vista críticos de género con el racismo, Stonewall está perdiendo la oportunidad de ganar el debate y construir la solidaridad a través del compromiso: entendemos por qué algunas mujeres quieren salvaguardar ciertos espacios no mixtos; ¿podéis entender que en muchas otras circunstancias no hay ninguna razón por la que las mujeres trans sean tratadas de manera diferente a las que nacieron mujeres?

En última instancia, juega a favor de los que buscan fomentar las guerras culturales. Ahí queda Robin DiAngelo y su equivocada noción de la fragilidad blanca, una caricatura lista para que la derecha la aproveche y alegue que la creencia de que la gente blanca debe autoflagelarse por su privilegio —tan contraproducente para la construcción de la solidaridad— es un principio generalizado del antirracismo. Es escalofriante que la principal organización benéfica LGBT de Gran Bretaña parezca haberse labrado un camino similar estableciendo un paralelismo entre el feminismo crítico de género y la incitación al odio. Espero que haya posibilidad de vuelta atrás.

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