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La influencia de la filosofía postmoderna -que es una pobre filosofía- perjudicó al feminismo. No se pueden reivindicar derechos basándose en filosofías relativistas

 

 El feminismo en su encrucijada. Resumiré la interesante y compleja evolución del pensamiento feminista en los siguientes hitos: Feminismo, ideología de género, ideología trans, ideología queer, postfeminismo. Un proceso matricida, que acaba negando su origen. Por eso, feministas clásicas -como Amelia Varcárcel, en su último libro Ahora, feminismo- se niegan a aceptar esa deriva evolutiva, recuperando la esencia del feminismo: actividad política para defender los derechos de la mujer. Las reivindicaciones LGTBI son, sin duda, respetables. Pero son otra lucha. Meterlas en el mismo pack liquida las específicamente feministas. La ideología queer las acusa de mantener el sistema binario hombre/mujer, en vez de aceptar la plasticidad absoluta del cuerpo simbólico. Martha Nussbaum acusó a Judith Butler y al pensamiento queer, de desinterés por la justicia. Alicia Miyares, en este periódico, decía que las demandas queer/transgénero son “ un torpedo a la ejecución de políticas de igualdad. Si el sexo es irrelevante todas las políticas para combatir la desigualdad estructural que, como mujeres padecemos, se tornan irrelevantes”. La influencia de la filosofía postmoderna -que es una pobre filosofía- perjudicó al feminismo. No se pueden reivindicar derechos basándose en filosofías relativistas. Si se acepta la validez de todas las culturas, no hay modo de rechazar la cultura machista.


HOLOGRAMA 39


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​Como acaba de señalar Amelia Varcárcel, el feminismo es una posición política, de origen ilustrado, que luchó y lucha por el reconocimiento de los derechos de las mujeres. Su agenda la marcó el movimiento sufragista, que consiguió los derechos civiles, educativos, y políticos, y que después fue prolongada por los derechos reproductivos y sexuales. En este momento, la tarea principal de este feminismo sigue siendo la lucha por el reconocimiento y el respeto real de esos derechos en todo el mundo, meta que está aun muy lejana.

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El feminismo reforzó su condición de “polo atractor”. La inicua utilización de la idea de “naturaleza” como fuente de derechos, hizo que el movimiento feminista rechazara en bloque la noción de “naturaleza” como fuente normativa. En ese punto confluyó con los movimientos homosexuales, a quienes se había tildado siempre de ir “contranatura”, y con los movimientos contra la segregación racial que afirmaba la “inferioridad natural” de los negros. La negación de una naturaleza humana puso en pie de guerra a la iglesia católica porque toda su moral sexual está basada en la idea de “naturaleza”, de manera que su negación implicaba para ella un relativismo absoluto o, lo que es lo mismo, una completa anomia. Esta es la razón de que considere tan deletérea la ideología de género.

El feminismo de la igualdad se había convertido así en el “feminismo de género”, que tenía la necesidad de definir el genero femenino sin hacer referencia al masculino, sino como una entidad autosuficiente. La estructura sexual binaria -macho/hembra- comenzó a considerarse reaccionaria, una trampa para el feminismo. Elizabeth Badinter se hizo popular por afirmar que el “instinto maternal” apareció en el siglo XIX y era una creación machista. La maternidad era la nueva esclavitud. Formaba parte de la institución “familia patriarcal”, que se consideraba nefasta para las mujeres. Las mujeres que querían dedicarse a criar a sus hijos, aunque lo hicieran voluntariamente, fueron consideradas traidoras al feminismo, lo que hizo que muchas de ellas se apartaran del movimiento. La crítica feminista se dirigía a la “familia tradicional”, pero muchos lo entendieron como un ataque a la familia a secas.

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La filosofía posmoderna insistió en el tema de la “construcción social”. El propio sujeto era construido, su libertad le hacia absolutamente plástico. Tras el feminismo de la igualdad, y el feminismo de género, apareció un feminismo de la diferencia. Comenzó con una afirmación muy sensata: la reivindicación de la igualdad es jurídica, social y económica, no tiene por qué ser psicológica. Había que reivindicar los sentimientos y, sobre todo, el deseo femenino –proscrito durante siglos. Las mujeres debían pensar su propia identidad femenina. Pero en un momento en que la filosofía posmoderna renegaba de todo universalismo, defender la “identidad de género” no era suficiente. Había que buscar una “identidad individual”. La preocupación por la búsqueda de la identidad se volvió perturbadora en una sociedad líquida, en la que se comenzaba a hablar de “personalidades ameboides”. Una parte de las feministas defendió la identidad de género, de la comunidad femenina, porque la búsqueda de la “hiperidentidad” debilitaba las reivindicaciones, pero en plena pasión identitaria eso no era bastante. El género era demasiado generalizador. Se empezó entonces a hablar de géneros múltiples, y se acabó rechazando la idea de género porque no defendía lo suficiente el derecho a la diferencia. Judith Belladona y Barbara Penton rechazaban toda identidad sexual en nombre de “la lucha contra cierta prohibiciones, otros tabúes, otros moralismos, otras normas. Sentimos en nuestro cuerpo no un sexo, ni dos, sino una multitud de sexos”. Simone de Beauvoir había traído al feminismo la creencia existencial en la libertad total. La libertad debía llegar hasta la “libertad de elección de identidad”, incluida la identidad sexual. Usbek comprueba que esta capacidad de elección de identidad figura en las leyes LGTBI.

Por de pronto, lo importante era negar las divisiones dicotómicas, el “binarismo”. Macho y hembra son los dos extremos de una variada serie de estados “intersexuales”, entre los que se puede elegir. Se empieza a describir mejor el fenómeno trans, que se había ocultado, desconocido o malinterpretado durante siglos. La identidad experimentada puede no estar de acuerdo con el propio cuerpo. Una persona puede sentirse mujer, pero esta encarnada en un cuerpo masculino, o al contrario.

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​ En esta búsqueda de identidades, el “binarismo” sexual (hembra-macho) o de género (mujer-varón), aceptado por el feminismo clásico, resulta rechazado por la ideología trans. Judith Butler, rechaza el concepto de género, y lo sustituye por una “performance”, por una representación, una especie de “ficción real”. Eso explica el título del artículo que Martha Nussbaum escribió contra ella «The Professor of Parody», (The New Republic , 22.2.1999). La flexibilidad se lleva al máximo. Así creo que debe interpretarse la “ideología queer”, última figura hasta ahora de la evolución que estamos contando. Toda definición es un peligro o una ofensa. El prefijo “trans” sugiere que es el paso de un estado a otro. La “vida queer” pretende eliminar ese sentido de finalidad, porque si se busca se está volviendo a consolidar el binarismo, que es el enemigo a batir. […]

De las reivindicaciones de género se ha pasado a las reivindicaciones de la identidad, y de estas a la postidentidad. Butler, en su libro El género en disputa, rechaza la búsqueda de la coherencia personal, porque eso significa caer bajo la tiranía de lo normativo. Usbek comprende lo lejos que están todas estas reivindicaciones de las que mueven al feminismo clásico, lo que ha dado lugar a críticas muy duras hacia la “ideología queer” porque considera que ha olvidado la situación de la mujer. Como dice el viejo romance: “Entre tanta polvareda, perdimos a don Roldán”. La evolución del pensamiento feminista ha “liquidado” al feminismo, piensa Usbek recordando que “liquidar” significa “licuar”. Lo ha convertido en un feminismo para un mundo líquido.

[…]

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