Ilustración Sean Mackaoui
De Butler emana un catecismo que crece con rizomas anuales sucesivos y que ocupa el lugar de la necesaria reflexión sobre el mundo que habitamos. El hambre de teoría se sacia con palabrería.
Judith Butler ha recibido en poco tiempo un par de distinciones en España, una en Cataluña, otra en Madrid. El caso merece atención. ¿Ha trabajado aquí o contribuido de alguna manera a nuestra civilidad común? Ella es, para quien no lo sepa, profesora de retórica en Berkeley y una figura destacada de la doctrina queer, un conjunto diverso de ideas que fueron en origen acuñadas por otras dos autoras, Carol Vance y Gayle Rubin. Tal conjunto es privativo de la América más norteña, la anglosajona, Estados Unidos y Canadá. Por ello y al pretender suplantar la sucesión canónica del feminismo, se las conoce también como «el canon gringo».
Butler viene de una sociedad que, siendo la más antigua democracia del mundo, tiene enormes problemas de encaje y reparto del conocimiento. Una que posee mayorías capaces de apoyar el asalto a su Congreso. Quiero decir que, para nuestra pena, su medio propio no es modelo de nada. Ferrater, que trabajó allí toda su vida, mantenía que sus instituciones académicas mantenían un surar -flotar y establecer la línea de flotación- de bastante nivel. Sin embargo sigue siendo verdad que, bueno o mediocre, lo que produzca tenderá a ser seguido por sus culturas satélites. Estados Unidos se comporta de modo centrípeto. Igual produce libros que películas y los coloca mediante estrategias afines.
En 1990 Butler publica Gender Trouble, Turbulencias de género. Si se buscan en ese librito las referencias bibliográficas no será fácil que aparezcan en cantidad apreciable. No las hay. El texto pertenece al tipo oracular en el que normalmente no se necesitan. No hay apuntes históricos, ni siquiera de su contemporaneidad, citas, datos empíricos ni estructura argumentativa. De no tener buena voluntad podríamos pensar que quien lo escribe padece una incultura enciclopédica. Es un inspirado panfleto, de eso no hay duda. Hay otros similares, por ejemplo el Manifiesto Scum de Solanas. Adquiere cierta nombradía y se edita un par de veces. Simplemente señalo que no es precisamente el libro rojo de Betty Friedan. Digamos que Butler tuvo suerte con un libro –Gender trouble– cuyo núcleo hay que iluminar porque no es claro.
En ese escrito no hay una teoría social, no hay una agenda reconocible, no hay análisis del presente y, en fin, ni siquiera una tal fuerza retórica que supla todas esas cosas. En el ensayo destaca el uso sistemático del término gender , «género», aplicado a lo que normalmente llamamos sexo. La tesis es que el gender está pasando una fase de turbulencias que aunque no causalmente explicadas, son invocadas. El «género», él solito se ha colocado al borde del abismo. Se intuye que se está descosiendo. Se trata de darle unos cuantos buenos consejos para que entre en fase crisálida y emerja como la madre de todas las innovaciones.
Busquemos en el contexto de su auditorio. Hasta 2002 y en la mayor parte de EEUU las leyes contra la sodomía estaban vigentes. Sin embargo en ningún momento tal asunto le parece relevante. El feminismo, pese a que cite la palabra en su título, tampoco es su auditorio. Busquemos la clave interna, vamos a la afirmación principal: el sexo es a la naturaleza como el género a la cultura. Hasta aquí es mero feminismo para principiantes. Atención, ahora viene el crack: el género se construye, pero el sexo también.
Butler que previamente se había dedicado a Merleau-Ponty o Levinas, aunque nunca muy profundamente, intentó, por desconocimiento o adrede, mezclar el sexo y el género hasta donde el compuesto resistiera. Decidió usarlos como sinónimos, o en otras palabras, decidió poner sexo sobre género y soldarlos. Unió el sentido antropológico del término con el de la sexología. Se deshizo de la probidad argumentativa y abrió una deriva. He dicho esto y debo corregirme: la verdad es que está en la deriva de las cosas que la deriva se produzca. Porque hay algo que conceder a Deleuze y Derrida: la inacabable, rizomática y nómada vida de las palabras. Gender trouble resultó ser el texto confuso, profuso y difuso que la situación, la otra parte de la situación, andaba buscando.
El feminismo es un pensamiento político de raíz ilustrada que ha utilizado de modo consciente argumentos éticos para propiciar cambios sociales y políticos, cambios que han desembocado en una mayor asunción de derechos, esferas de acción y capacidad de individuación de las mujeres concretas que habitamos esta sociedad. Es sorprendente pero el feminismo es bastante homogéneo tanto en su terminología cuanto en su tópica. Un repaso a sus obras clásicas lo certifica: las podemos seguir leyendo sin que casi necesiten puentes hermenéuticos. El lenguaje es similar, los asuntos centrales se mantienen. El lenguaje teórico es el de los tiempos: ilustrado, liberal, societario. Pero siempre racionalista. La deriva de la que hablo no lo era. Lo que surgía tras los velos de un lenguaje engorroso de Gender Trouble era la vieja pretensión irracionalista.
Lo confieso: me equivoqué entonces de medio a medio. Cuando vi producirse los primeros generismos tendí a interpretarlos como un caso ejemplar del discípulo tonto de Heráclito. La historia tiene gracia y se la inventó Nietzsche: habiendo el maestro de la oscuridad juzgado que «nadie puede bañarse dos veces en el mismo río» saltó un su alevín afirmando gozoso que «ni siquiera una vez». Con lo que, lejos de apoyarle, le desmentía. Leer la historieta en la vivacidad nietzscheana da contento; verla desarrollarse bajo la mirada propia… no tanto. De «el género es algo que se aprende» alguien estaba dando un salto hasta «el sexo se aprende». No las actividades sexuales, no, que quizá. Afirmaba que se aprenden los cromosomas. El ser macho o hembra.
Quizá sólo se trataba de exagerar un poco, que es lo que Adorno siempre recomienda a cualquiera que tenga ganas de fama. Si no se exagera no hay adictos. El sexo son varias cosas: los órganos genitales, las actividades sexuales, las pintas y modo de presentación de los individuos a fin de ser percibidos como dueños de uno u otro. Hay mucho magma ahí. Así que lo mejor era no tanto analizarlo e iluminarlo, sino confundirlo con rapidez: el sexo es el género y ambos son un yo que aprende y desea. El sexo se performa y se parodia.
Que también vienen a parecerse. El sexo se construye. Pero entonces ¿para qué servía la distinción analítica sexo/género? Para nada; yacía rota en el suelo. Butler misma cuenta cómo llegó a tan extravagante conclusión cuando, viéndola caminar, una estudiante desconocida le preguntó desde un balcón si era lesbiana. Cayó en la cuenta, dice. Digamos que cada quien tiene sus percepciones fundantes. Y ésta, que reseña, fue la suya. Con el texto abrió un boquete en la maquinaria expositiva del feminismo. ¿Para quién? Su auditorio no era el feminismo pero tampoco las personas homosexuales que se sentían perseguidas, como ya se ha señalado. El misterio, en vez de aclararse, aumenta. No llegaré a decir, como en una reseña ha hecho Fernando Savater, que Butler tenga tanto que ver con la Filosofía como los Morancos con la Física cuántica, pero no deja de ser extraño que pase a querer muy cucamente ocupar el canon una frágil obra que tiene mucho más parecido con los soliloquios filosóficos de Levinas que con la Política Sexual de Kate Millet.
En cualquier caso, su autora ha seguido estirando el asunto mucho más allá de lo que da de sí. En sus otras publicaciones lo más frecuente es la autoglosa. «Por qué he dicho lo que he dicho cuando lo he dicho y hay que decirlo como se dijo o hay que decirlo sin decirlo?». Cervantes tiene sobre estos procedimientos párrafos inmarcesibles. Todo ello no tendría importancia si no fuera porque la mala moneda también en la cultura expulsa a la buena y porque minorías asilvestradas lo usan como gasolina. Apuran esta espesa glosolalia quizá para darse la impresión de que piensan. En definitiva, de Butler emana un catecismo que crece con rizomas anuales sucesivos y que ocupa el lugar de la necesaria reflexión sobre el mundo que habitamos. El hambre de teoría se sacia con palabrería.
Amelia Valcárcel es catedrática de Filosofía Moral y Política en la UNED y miembro del Consejo de Estado.
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