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Ana Pollán. Graduada en Filosofía por la UVA. Máster en Filosofía Teórica y Práctica por la UNED. Feminista abolicionista, republicana y defensora de la educación pública. Anticapitalista.

Hoy no se tacha a las feministas de histéricas, de varones frustrados o de peligro para la sociedad. O, al menos, no abiertamente. Al menos, no sin disimulo, no sin el rodeo oportuno. No obstante, sigue siendo duro, muy duro, militar por la causa de la igualdad entre los sexos. Por todas partes surgen, como advirtiera Susan Faludi, reacciones patriarcales dispuestas a arruinar lo logrado. Algunas son fácilmente detectables. Los ataques a la igualdad entre los sexos promovidos por el conservadurismo o la extrema derecha son una constante y manejarse con ellos es duro, agotador, pero, al menos, previsible y por ello, más “sencillo”.

Pero otras reacciones contra la igualdad entre los sexos provienen de sectores a priori poco sospechosos de poder suponer una involución. Poco sospechosos por utilizar la ya advertida estrategia del Caballo de Troya, como han advertido Valcárcel o Miyares pueden causar, sin embargo, involuciones mucho más severas que las propias de la extrema derecha o los fundamentalismos conocidos.

Me estoy refiriendo a la teoría queer y a los sectores organizados entorno a ella, lo que Alicia Miyares ha denominado “transgénero neoliberal”. Lo que hace poco tiempo parecía un debate teórico muy poco relevante para el día a día de las mujeres e incluso innecesario combatirlo en la agenda feminista hoy se ha convertido en una gran disputa capaz de arrinconar al movimiento feminista. O de intentarlo.

La teoría queer, intenta, en vano, impugnar el núcleo teórico del feminismo al negar que el sexo sea una realidad material biológica y al negar también el carácter opresor del género.

[…] La consecuencia política de dicha teoría es que si ser mujer ya no es una realidad material y biológica concreta, el sujeto político del feminismo desaparece. Y sin sujeto político que busque su propia emancipación, esta misma deja de ser un objetivo teórico y político concreto y defendible. Si no hay sujeto político concreto que vindique su emancipación, las mujeres desaparecen o se diluyen o rebajan a “mero sentimiento subjetivo e interno de un sujeto” y sus posibilidades de emancipación se vuelven impracticables. […]

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