He encontrado mi banda sonora para la primavera: los maullidos de los hombres con vestido tras el fallo de la Corte Suprema de Reino Unido. Es delicioso. Están furiosos por el “fascismo” que supone que ya no se les permite sacar el pene en los vestuarios de mujeres.

Están agonizando por dónde se supone que deben cagar a partir de ahora. Sus nueces de Adán se están ejercitando muchísimo mientras se lamentan en el vacío por haber sido “borrados” por las “tránsfobas”. Es el sonido de hombres a los que las mujeres, hartas de sus tonterías, les ponen firmes. Y me encanta.

En cuanto la Corte Suprema ha dicho lo que incluso los neandertales sabían –que los hombres son hombres y las mujeres son mujeres–, estos tíos ya estaban echando chispas. El primero en salir a la palestra ha sido el chalado de labios finos India Willoughby. Calificó la decisión del tribunal de «malvada». Sí, aparentemente es malvado e inmoral decir que si tienes un pene eres un tío. Willoughby se pasó el día redoblando furiosamente sus delirios de feminidad. “Siempre he sido mujer”, afirmó. Díselo al semen con el que engendraste a tu hijo.

“Es un día sombrío”, gritan. La sentencia amenaza la “seguridad” de las personas trans, dicen. Esas son grandes palabras viniendo de un movimiento que espera que las mujeres reclusas vivan codo con codo con violadores y que las niñas compartan vestuarios con tíos enormes con el bikini mal ajustado. Se escuchan rumores sombríos sobre el “fascismo”. Munroe Bergdorf compartió una publicación que decía: “No hay debate trans. Hay personas trans y hay fascistas que quieren dominar y eliminar a las personas trans». Amigo, no es fascismo decir que las mujeres deberían tener la libertad de buscar asesoramiento en caso de violación sin miedo a que sea un tipo raro con un vestido de tubo el designado para escucharla.

Imagínate los colosales niveles de autoestima que se necesitan para pensar que es «fascismo» cuando a uno le piden educadamente usar el baño correcto. Es sorprendente cuántos de estos “hombres con certificado de mujer” suenan igual que hombres con derecho a todo. Por supuesto, insultar a las TERF llamándolas “fascistas” ha estado de moda durante años. La Catedrática del Galimatías, Judith Butler, llama al feminismo crítico con la identidad de género “una de las corrientes dominantes del fascismo en nuestro tiempo”. Solían ser los imbéciles de la extrema derecha los que llamaban a las feministas “feminazis”. Ahora son los imbéciles no binarios. Dos nalgas del mismo culo.

Las personas trans se disfrazan de activistas por los derechos civiles de forma divertidísima. El fallo de la Corte Suprema es “muy sombrío”, pero “seguiremos adelante”, dijo Shon Faye, como si su marcha hacia espacios exclusivos para mujeres fuera similar a la marcha de Martin Luther King en Selma (Alabama). Hay advertencias terribles sobre la “eliminación” de las “mujeres trans”. Chicos, escuchad: nadie está diciendo que no podáis existir. Sólo decimos que no podéis existir en espacios exclusivos para mujeres. Podéis usar ropa de mujer si queréis, pero no podéis quitárosla delante de mujeres reales que preferirían no ver vuestros “tetos” y vuestras pelotas. No es complicado. Y ciertamente no es fascismo.

Ha habido la misma mierda de siempre. Una transaliada se burló de “las señoras… aferrándose nerviosamente a sus bolsos [y] buscando a tientas sus collares de perlas” ante la perspectiva de ver una de esas “aterradoras criaturas con… un PENE”. Sí, bobas, ¿por qué no admiráis obedientemente la verga arrugada por el estrógeno de todos los hombres delirantes que se meten en vuestros espacios? Tengo edad suficiente para recordar cuando a eso lo llamábamos «exhibicionismo»; ahora se supone que lo llamamos «derechos trans».

Algunos de eso enojados muchachotes dicen que tienen intención de seguir yendo a zonas exclusivas para mujeres. “Nunca me impedirás acceder a espacios femeninos. “Es mi derecho usarlos”, dice uno. Ya no lo es, idiota. El transactivista Charlie Craggs dice que es terrible que ahora se espere que “use espacios de hombres” junto a “hombres depredadores”. ¿Cómo pueden las TERF dormir por la noche, dice, sabiendo que “están enviando a mujeres trans a los baños con hombres depredadores”?

¡Qué descaro más inmenso! Los hombres que exigían que las mujeres abrieran sus vestuarios, refugios, piscinas y zonas deportivas a cualquier tipo que quisiera entrar ahora se quejan de que tendrán que compartir espacios con esos mismos tipos. Sinceramente, lo que a estas personas les falta en cromosomas XX lo compensan con creces con su cuajo.

Luego, lo mejor de todo, llegaron “los aliados”. ¿Hay algo más divertido que un idiota de unos cincuenta años de una escuela pública que intenta seguir teniendo importancia diciendo «las mujeres trans son mujeres»? El abogado Jolyon Maugham, famoso por matar zorros y perder casos, declaró con su altivo tono de director de colegio que el fallo del tribunal es «profundamente injusto». James O’Brien, comentarista de LBC, preguntó a las TERF cómo se sienten estando del mismo lado que Donald Trump en el tema trans. No sé, James, creo que soy más feliz no estando del lado de un movimiento que mutila a jóvenes lesbianas, llama a las mujeres «cabronas» y pone a los violadores en cárceles de mujeres para que puedan violar a más mujeres.

Ha sido una rabieta de 24 horas, un ataque de ira que se ha escuchado en todo el mundo. Y me encanta. Si bien esta ruidosa orgía de autocompasión puede disfrazarse de un grito por los derechos civiles, en verdad es el estertor de la muerte de la neomisoginia del transactivismo. Saben que el juego ha terminado, o está a punto de terminar. Saben que ya pasaron los días en que las personas con pene podían decir «¡Soy una mujer!» y recibir un gesto de aprobación en lugar de un billete de ida al manicomio. La imagen de hombres enojados golpeando sus teclados con furia contra las perras arrogantes que fueron a la Corte Suprema ha expuesto la verdad sobre el lobby trans: es un movimiento por los derechos de los hombres vestidos de mujer.

La verdadera razón por la que se enfurecen por ser expulsados de los espacios de mujeres es porque creen que el mundo entero debería girar en torno a sus identidades inventadas. Esperan que las mujeres sean las validadoras pasivas de sus delirios, que se inclinen dócilmente ante su presencia en los espacios de mujeres y su insistencia en ser mujeres. Cuando las mujeres retiran su consentimiento a este espectáculo de mierda de posverdad y dicen “NO”, la mentira de su identidad comienza a desmoronarse. Por eso los hombres están enojados: porque las mujeres se rebelan. Es una historia tan antigua como el tiempo.

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