Presentación del Centro de Nuevas Masculinidades (sic) de Ada Colau. Foto Albert García

Cuando el escritor y periodista sueco Stieg Larsson publicó, en el lejano 2004, Los hombres que no amaban a las mujeres todos los lectores coincidimos en que el título, aunque largo, era acertado. Era evidente que la ultraderecha filonazi no podía amar a las mujeres… En el mundo real, no hace falta ser filonazi para no amar a las mujeres. En pleno siglo XXI, algunas políticas públicas catalanas relacionadas con las mujeres, que deberían estar pensadas a favor de la eliminación no solo de la violencia machista sino también para facilitar la igualdad entre mujeres y hombres, no siempre lo están.

Tres noticias recientes me han puesto sobre aviso de que en Cataluña hay algo, o alguien, que no solo no juega a nuestro favor, sino que parece, incluso, que juega en nuestra contra.

Del primer tema me puso sobre aviso Gemma Lienas, la diputada de Socialistes Units per Avançar, a propósito de VioGen, un sistema puesto en marcha por el Ministerio del Interior que tiene como objeto, desde 2007, establecer un seguimiento de las mujeres víctimas de violencia machista y de sus hijos e hijas y al que está adherida la Generalitat desde 2010. VioGen trata de prevenir futuros casos de violencia machista a partir de la información aportada por las instituciones públicas con competencia en violencia de género. Pues bien, Cataluña, “tiene un sistema propio de valoración de riesgo”, como reconocen desde Interior. Y aunque desde este departamento asegura que “hay mucha coordinación”, según denuncia la diputada Lienas en redes sociales, “Cataluña, como se puede comprobar en las estadísticas de VioGen, no traspasa la información al Estado sobre el nivel de riesgo y casos de violencia de género en el territorio, imposibilitando que se cree una comunicación fluida”. O sea, si una mujer víctima de violencia machista en Cataluña se traslada a cualquier otro territorio de España, su expediente nunca llega al nuevo lugar de acogida y ninguna autoridad podrá tomar medidas preventivas.

Sigamos.

Poco después, coincidiendo con el 30 de julio, nombrado por la ONU Día Mundial contra la Trata, el Ayuntamiento de La Jonquera ha tenido a bien admitir la prostitución, el criminal negocio de la explotación de mujeres, como actividad permitida en su plan urbanístico, como si se tratara de un sector más de actividad económica e industrial del pueblo (“establecimientos públicos donde se realizan actividades de naturaleza sexual a cambio de una contraprestación económica”, según el DOGC).

Sin complejos y ante el silencio cómplice del Govern de la Generalitat, de ERC y de Junts. Herederos todos de esa CiU que convirtió Cataluña en el paraíso del turismo sexual, legalizando el prostíbulo más grande de Europa. A ellos vino a sumarse un pseudofeminismo neoliberal, afín al lobby proxeneta, que, desde hace años y con ayuda del Consistorio barcelonés, trata de legalizar la prostitución.

Así llegamos a una de las últimas propuestas del Ayuntamiento de Barcelona, a quien se le debería suponer una sensibilidad especial sobre los temas que atañen a las mujeres. Pues de cara a este otoño ha decidido poner el foco en… los hombres y para ello, en rueda de prensa, ha anunciado la creación de un “Centro de nuevas masculinidades” y, cosas que pasan, han tenido a bien hacerlo, entre otros, de la mano de uno de los artífices del falso “sindicato” de prostitutas, Sabrina Sánchez. Falso porque no se pueden sindicar trabajadores que no existen como tal. Cuesta pensar que con esos acompañantes estén pensando en el bien de las mujeres. Como cuesta pensar qué tipo de nueva masculinidad se defenderá en ese centro si en su presentación se cuenta con personas que hacen negocios con los puteros.

Al fin, como metáfora de esta rueda de prensa sobre las masculinidades, me permitirán un guiño a la ironía, tras acabarla han mandando a una mujer a limpiar la moqueta con la bandera LGTBI sobre la que se había desarrollado la presentación. No me negarán que es una metáfora en estado puro de lo que opinan de nosotras. Hubiera bastado, en aras de la nueva masculinidad, que un hombre hubiese limpiado la alfombra.

Así, mientras nos entretienen, lo único que sigue en pie, y cada vez nos cuesta más combatirlo, es el patriarcado y los puteros que de fondo se ríen de nosotras.

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