Por Jo Bartosch.

A los ocho años, cuando la mayoría de las niñas hojean Harry Potter, Rebecca veía pornografía extrema. Un año después, empezó a consumir yaoi o Boys Love (BL): ficción ilustrada japonesa centrada en las relaciones románticas y sexuales entre hombres. Al llegar a la adolescencia, Rebecca cuenta que este material «se mezcló con mi identidad trans». Durante casi una década, Rebecca se creyó un chico homosexual, huyendo del destino de las mujeres en la pornografía para refugiarse en la fantasía de las relaciones homosexuales.

La crítica a los hombres heterosexuales o bisexuales que se identifican como «lesbianas transgénero» («transbianas») es un fenómeno bien conocido. Cualquiera con ojos y pensamiento crítico puede ver lo que se cuece: un fetiche engordado por la pornografía hasta que se desborda en el mundo real. Sin embargo, el fenómeno inverso es mucho menos estudiado: mujeres heterosexuales o bisexuales que se identifican como hombres gays. Esto también se puede rastrear hasta la pornografía y, de forma más controvertida, hasta producciones eróticas elaboradas por mujeres para mujeres. Además del BL, este medio incluye fanfics escritas por fans de franquicias populares y slash, un género que se centra en relaciones sexuales o románticas imaginarias entre personajes masculinos famosos, como Kirk y Spock de Star Trek.

Rebecca cree que la fascinación que algunas mujeres sienten por las relaciones entre hombres homosexuales es simplemente el reflejo del interés de los hombres por las lesbianas. El psicoterapeuta Joe Burgo tiene una visión diferente. Tras tratar a adolescentes que se identifican como chicos homosexuales, incluyendo a algunas que, según él, están «obsesionadas con las relaciones entre hombres homosexuales», afirma:

“Creo que se debe al miedo a su propia sexualidad floreciente, que en nuestra cultura pornificada resulta aterradora y vulnerable. La exposición temprana a la pornografía parece inevitable hoy en día, ya que es omnipresente. Así estas chicas dejan de  «identificarse» con su sexo y adoptan una sexualidad imaginaria que les resulta más segura”.

Impulsado por la testosterona y libre de los riesgos del embarazo o los límites del cuerpo femenino, el sexo entre hombres suele considerarse el clímax de la liberación sexual. Esta idea se remonta al menos a la antigua Grecia. Un comentario en YouTube de una fujoshi (literalmente «mujer podrida», el término para una fan del BL) explica su atractivo: «En el BL, las relaciones están libres de las dinámicas de poder que tan a menudo definen los romances heterosexuales tradicionales… Es un espacio donde el amor se siente igualitario».

Es precisamente esa igualdad imaginaria la que atrae a las jóvenes, cuya comprensión de la feminidad y la heterosexualidad se ha visto definida por la violencia y la degradación de la pornografía. Pero cuando las mujeres asumen identidades masculinas, el deseo sexual no solo se redirige, sino que se desplaza. Se desvía del cuerpo femenino y, gradualmente, se separa de él por completo.

Huyendo de la feminidad

Laura Becker es otra joven que llegó a creerse gay tras sumergirse en la pornografía online y socializar en redes sociales dominadas por chicas. En su caso, esto la llevó a intervenciones médicas irreversibles. Habiendo sido una “marimacho” desde la infancia, Laura rehuía la feminidad, «por no hablar de los estereotipos de Barbie o las mujeres pornificadas», y nunca pudo identificarse con otras chicas. Siente que su humor obsceno la hizo más masculina y recuerda que las únicas mujeres en el ojo público que eran como ella eran tratadas como «alivio cómico».

Laura conoció la pornografía por primera vez a los once o doce años. Empezó a buscar escenas románticas de besos y encuentros amorosos. Pero los algoritmos rápidamente la dirigieron hacia contenido violento, ofreciéndole lo que ella describe como «porno más intenso con elementos de BDSM como gargantas profundas, bofetadas, llanto, degradación femenina y humillación». A los catorce años, consumía pornografía a diario. Tras consumir lo que ella describió como «escenas de amor», experimentaba una intensa sensación de soledad, que luego combatía viendo BDSM para desconectar.

De este material, extrajo conclusiones contundentes pero inevitables. Las mujeres eran meros objetos sexuales para ser utilizados, y el placer femenino era inseparable del dolor. Mientras tanto, los hombres eran animales y, en ese sentido, más auténticos. En este contexto, la heterosexualidad no parecía recíproca ni tierna, sino arriesgada y deshumanizante. El romance entre hombres homosexuales, en cambio, parecía ofrecer una vía de escape. No se trataba simplemente de «hombres sin mujeres», sino de un deseo despojado del significado peligroso y degradante que la pornografía había atribuido a la feminidad.

Cuando Laura empezó a identificarse como trans a los dieciséis años, tras leer sobre la «identidad de género» en Tumblr, no quería ser un hombre heterosexual. Sentía que los hombres homosexuales le parecían «más sanos y cariñosos». Más que nada, quería ser «tratada con humanidad y amada por mi mente y personalidad». La fantasía de ser un hombre gay fluyó de la pornografía al fanfic, que leía y escribía para sus amigos en Tumblr. Aunque describe gran parte de estos escritos como «saludables, románticos y divertidos», Laura ahora cree que la inmersión de algunas chicas en el género enmascara «el deseo de tener la vida de una persona diferente». Si una persona joven carece de la capacidad de acción para alcanzar sus metas en la realidad, argumenta, puede refugiarse en ilusiones, «y eso es exactamente lo que es ser transgénero».

Para Laura, esto significó hormonas cruzadas a los diecinueve años y una mastectomía doble a los veinte. Recuerda llorar después del orgasmo mientras veía pornografía, porque sabía que «nunca podría hacer el amor como un hombre gay de verdad». Lo que se prometía como una vía de escape, en cambio, agudizó su disforia y su autodesprecio. A los veintidós años, había detransicionado. En retrospectiva, Laura habla menos de encontrar su verdadero yo que de intentar desprenderse de una piel de feminidad que se había vuelto inhabitable. La pornografía, dice, no solo fue una válvula de escape sexual, sino un marco a través del cual intentó comprender el poder, el rechazo y su anhelo de amar y ser amada por los hombres.

Instintos animales, fantasías digitales

El mundo digital tiene una forma de revelar nuestros instintos animales. Lejos de convertirse en un ámbito donde las mentes se encuentran sin cuerpos, ha puesto de relieve las diferencias entre los sexos en la socialización y la exploración de la fantasía sexual. Cuando Crepúsculo no la satisfizo, E. L. James no se limitó a seguir adelante; reescribió la ficción para adaptarla a sus necesidades y entretener a sus amigos online, amplificando su carga erótica hasta convertirla en Cincuenta Sombras de Grey . Mientras tanto, muchos hombres pasan horas excitados, buscando la pornografía perfecta.

Cada vez más, gente joven confusa aborda la identidad con la misma mentalidad: algo que buscar, construir y refinar online, que se selecciona y actualiza como un avatar. La IA ahora permite a los usuarios generar fantasías cada vez más específicas. En este contexto, la pornografía y el BL ya no son meros estímulos y respuestas. Forman parte de un mundo digital más amplio, en el que el denominador común es el deseo de escapar de la realidad; la compulsión de adoptar una nueva forma digital mientras se anhela con impotencia encarnar esa identidad en el mundo real.

Helena, una detransicionadora que ha escrito con mucha potencia sobre sus experiencias, también llegó a identificarse como hombre tras una exposición temprana a la pornografía. A diferencia de Laura, se describe a sí misma como una niña estereotípicamente femenina que «odiaba los deportes, los juegos bruscos y ensuciarse». Durante un período marcado por la tristeza y un trastorno alimentario, encontró refugio en Tumblr, un espacio que ahora compara con El señor de las moscas , pero con chicas. Aunque allí forjó relaciones cercanas, recuerda una rígida jerarquía social en la que el estatus se ganaba mediante reclamos de marginación. Como chica blanca «cis«, estaba en lo más bajo. Identificarse primero como no binaria y luego como un hombre trans gay le ofreció una ruta hacia el reconocimiento.

Tanto la pornografía que había visto como la versión «sexo positivo» de la clase de  feminismo” que era popular en Tumblr aterrorizaban a Helena. El miedo al «sexo peligroso, pervertido y aterrador con muchos hombres diferentes» la llevó a concluir: «Realmente no debo haber estado destinada a ser una chica, porque si lo fuera, todo esto no sería tan aterrador y confuso». Al igual que Rebecca y Laura, Helena recurrió a las historias eróticas sobre relaciones entre hombres homosexuales. Reflexiona que, al estar escritas por chicas, «tienen sentido y se sienten familiares en lugar de diferentes e intimidantes». Sumergirse en las historias y la comunidad le ofreció a Helena distancia de su propio cuerpo y, fundamentalmente, reconocimiento social. Al mismo tiempo, identificarse como hombre y fantasear con hombres homosexuales lo sintió como liberador para ella. Helena pasó dieciocho meses tomando testosterona antes de finalmente reconciliarse con su sexo.

Rebecca, Laura y Helena no están solas. En Reddit, el cambio de ver BL a identificarse como un hombre trans gay se trata como un secreto a voces. En un subreddit titulado «¿De disfrutar del yaoi a hombre trans?», en uno de los comentarios, una chica explica que el yaoi y la ficción slash «me ablandaron el cerebro hasta el punto de poder aceptarlo como una posible realidad. Necesitaba algo realmente explícito gay, pero no demasiado ‘real’, para empezar a imaginar cómo sería ser hombre». Irónicamente, la creación de consenso que caracteriza a estos foros es estereotípicamente femenina. Cada «hombre trans» que afirma a otro anuncia discretamente su sexo con cada comentario validador que publica. Para quienes no están inmersos en tales fantasías, esto parece menos autodescubrimiento que disociación y pensamiento colectivo: una huida del cuerpo femenino hacia una sexualidad masculina imaginada más segura y menos vergonzosa.

El odio a las mujeres

El BL se suele defender ingenuamente como inofensivo, ya que está desarrollado por mujeres para mujeres. Sin embargo, al igual que en el fanfic de Crepúsculo, Cincuenta Sombras de Grey, las tramas populares suelen incluir coerción, humillación y jerarquías rígidas reinterpretadas como romance. La exitosa serie Jinx , por ejemplo, sigue a un joven endeudado que se convierte en el juguete sexual de un luchador mayor y violentamente dominante. La violación y la coerción financiera funcionan como meros elementos de fondo de la trama, en lugar de ser aberraciones impactantes.

Al igual que la pornografía, el BL, el fanfic y el slash se han vuelto más extremos en los últimos años. Dentro de los grupos slash, los lectores pueden filtrar historias por prácticas cada vez más específicas, directamente de la pornografía. La activista feminista Helen Joyce, quien ha investigado el fenómeno, ahora cree que «existe un círculo vicioso entre el porno que ven las niñas, los niños y los jóvenes y la fic que escriben y leen las niñas y las jóvenes». Además, la aparición de la autopublicación online ha eliminado cualquier escrutinio editorial, lo que significa que las historias se convierten en fantasías cada vez más retorcidas.

La exposición a la pornografía en la infancia no exime a las jóvenes de toda responsabilidad en la edad adulta. Al igual que sus hermanas que se desnudan en OnlyFans, quienes participan en estas fantasías pueden verse a mismo tiempo influenciadas por el ecosistema pornificado online y ser cómplices de su mantenimiento. En cualquier caso, aunque cada una de nosotras tenga opciones, no hay escapatoria al odio hacia las mujeres que fomenta la pornografía.

En el fragmentado panorama de la política masculina contemporánea —ya sean manfluencers conservadores, tíos colegas podcasters de centro o brosocialistas— existe un consenso impactante. Cuando algo sale mal, la culpa es de las mujeres. Más específicamente, son las «Karens» o las «AWFLs» las responsables de todo, desde la elección de Donald Trump hasta las drag queens en las bibliotecas. Las mujeres blancas, en particular, se han convertido en el saco de boxeo universal, el depósito de un odio que se esconde bajo la superficie de la política masculina dominante. ¿Quién querría ser mujer cuando los hombres en sus comentarios se sienten con derecho a pontificar sobre si nuestra política está dictada por nuestros ovarios, mientras se arrogan el derecho a convertir cualquier imagen que publiquemos online en material para masturbarse?

Una cultura que inicia a las niñas en el sexo mediante la violencia, la humillación y el privilegio masculino no debería sorprenderse de que algunas busquen escapar por completo de la feminidad. La pornografía enseña que ser mujer es para ser consumida; el slash y el BL ofrecen alivio al eliminar por completo a las mujeres del marco sexual. Cuando el deseo se desplaza en lugar de vivirse, y el miedo se reinterpreta como identidad, la fantasía deja de ser privada. Lo que comienza como una forma personal de afrontar una cultura pornificada adquiere gradualmente fuerza social, exigiendo reconocimiento, afirmación y, finalmente, aceptación; incluso se espera que la propia realidad se doblegue ante la idea de que las mujeres nunca estuvieron destinadas a habitar sus propios cuerpos.

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