Mi organización, Mana Wāhine Kōrero (Hablan las Mujeres Soberanas)fue uno de los dos grupos neozelandeses que facilitaron la visita de Kellie-Jay Keen a Auckland en marzo. Somos una organización de mujeres maoríes (indígenas de Nueva Zelanda) y, por lo que sabemos, el único grupo de mujeres indígenas críticas con el género del mundo. Nuestras integrantes están profundamente preocupadas por el impacto que la ideología transgenerista está teniendo en nuestra cultura, en nuestras wāhine (mujeres) y en los derechos de las mujeres en general, desde el prisma de la Te Ao Māori (cosmovisión maorí).

Tras la angustiosa experiencia de Kellie-Jay Keen en Auckland [donde fue atacada por transactivistas], pocos medios de comunicación neozelandeses informaron con precisión sobre la naturaleza violenta de la turba a la que se enfrentó. Una notable excepción fue el periodista Sean Plunket, un locutor de radio independiente neozelandés que siempre se enfrenta a las críticas por cuestionar la ideología transgenerista (y las políticas identitarias en general). Tras el asedio a Keen, Plunket expresó su solidaridad y conmoción, y dedicó gran parte de su tiempo en antena a las mujeres traumatizadas que habían asistido a la conferencia interrumpida, entre ellas la propia Keen.

El 3 de abril, Plunket retó públicamente al primer ministro neozelandés, Chris Hipkins, a responder a la pregunta: «¿Qué es una mujer?» Para consternación de muchos, Hipkins no parecía tener una respuesta. Sus titubeos y su expresión facial de pánico no tardaron en hacerse virales.

Lamentablemente, el hecho de que nuestro primer ministro (al igual que los políticos de otros países) no pueda definir “mujer” no fue lo más destacado para muchos periodistas. Gran parte de los medios de comunicación atacaron a Plunket, acusándolo no sólo de ser “antitrans”, sino también de “menospreciar las culturas indígenas” por plantear la pregunta.

¿Y de qué forma contribuyó Plunket a denostar las “culturas indígenas”? La respuesta a esa pregunta la dio una persona llamada Ahi Wi-Hongi, portavoz de un grupo neozelandés de defensa de los derechos trans llamado Gender Minorities Aotearoa. En un artículo (ya borrado) publicado en el popular sitio neozelandés Stuff, el periodista Ripu Bhatia escribió lo siguiente:

Wi-Hongi (Ngāti Maniapoto y Ngāpuhi [nombres de dos tribus maoríes]) dijo que la retórica antitrans degrada las culturas indígenas. «Históricamente, la cultura maorí ha incluido más géneros que el masculino y el femenino, y eso se remonta a mucho, mucho tiempo atrás», afirmó [Wi-Hongi]. «Antes de la colonización, en Aotearoa [Nueva Zelanda], la situación de los derechos humanos y la igualdad de género estaba mucho más avanzada que en el Reino Unido en aquella época».

Pero mi organización de defensa de los derechos de las mujeres maoríes no apoya la sugerencia de que Plunket merezca ser tachado de ignorante o racista. Más bien, los ataques contra él ejemplifican la táctica mediante la cual los transactivistas recurren a las acusaciones de intolerancia como medio para desalentar cualquier cuestionamiento de la ideología generista por parte del público en general.

Los maoríes no son de “talla única”. Por ejemplo, no todos estamos de acuerdo en utilizar la palabra Aotearoa (la tierra de la larga nube blanca) para describir Nueva Zelanda. En Nueva Zelanda hay 103 Iwi (tribus) reconocidas. Pensar que somos idénticos es simplista.

Los maoríes siguen la jerarquía social de Whanau (familia), Hapu (subtribu) e Iwi (tribu). Tenemos un vínculo racial común, una lengua común (aunque con variaciones regionales y locales), algunos conocimientos compartidos y una venerada historia whanau (grupo familiar ampliado) que conservan nuestros mayores. Pero aquí es donde suelen acabar las similitudes. Cada Iwi tiene su propia whakapapa (historia y genealogía). Tenemos nuestras propias historias de creación y leyendas tribales y nuestros propios kawa y tikanga (kawa es lo que hacemos; tikanga, cómo lo hacemos). Cada Iwi tiene su propio sentido de sí misma.

La arrogancia necesaria para tomar la historia de otra persona y pretender tener un conocimiento íntimo de ella es pasmosa. Aunque Wi-Hongi sea maorí, ningún maorí habla por todos nosotros. Sin duda, Gender Minorities Aotearoa no lo hace. El grupo ni siquiera está formado por una Iwi. Se trata simplemente de una organización bien financiada, cuyas dudosas actividades incluyen el envío a adolescentes de dañinas fajas compresoras del pecho y la invención de nuevas palabras en Te Reo (lengua maorí) para describir concepciones totalmente coloniales del género.

Estos transactivistas pretenden que conceptos como “afirmación de género” siempre han existido en lengua maorí. Esto es obviamente contradictorio: si estas ideas hubieran existido “siempre”, los transactivistas de hoy no tendrían que inventar nuevas palabras para designarlas.

La historia, la cultura y los conocimientos maoríes (mātauranga) se transmiten oral y visualmente de generación en generación a través de cuentos, canciones, proverbios, tallas, tatuajes y artes escénicas. Tienen un significado que va más allá de la expresión artística y la habilidad técnica; cuentan la genealogía de individuos, familias y tribus que les han precedido, y marcan grandes momentos de sus historias. No hay ejemplos de nada que se parezca a las ideas occidentales sobre el “género” en ninguna de estas tradiciones culturales.

Tampoco hay tallas, waiata (canciones), ni mōteatea (relatos poéticos de tristeza, despedida o duelo, musicados) dedicados a estos temas. Ni un mōteatea hace referencia al dolor de un niño “nacido en el cuerpo equivocado”. Sin embargo, ahora sí que podríamos cantar uno, por esos niños y niñas esterilizadas a quienes se ha convencido de que alteren sus cuerpos en nombre de la ideología transgenerista; y por nuestras wāhine [mujeres] maoríes, el grupo demográfico femenino más encarcelado del mundo, que ahora tendrá que compartir prisión con hombres violentos.

También están los tatuajes, Tā moko, que distinguen a hombres y mujeres. Sólo las wāhine, las mujeres, pueden llevar un moko kauae (tatuaje en la barbilla)Nunca se ha habido registros de Tā moko para individuos de “género diverso”. No hay whare (casas) talladas o paneles tukutuku  (paneles decorativos que representan acontecimientos históricos relevantes para la tribu) que sugieran que el género no es algo binario e inmutable.

No hay historias de ningún gran guerrero o jefe trans. No existe nada que demuestre que creíamos en las mastectomías dobles para las adolescentes o en las orquiectomías para nuestros chicos. La mayoría de las palabras maoríes que aparecen en el glosario de palabras trans de Gender Minorities Aotearoa, según admiten los propios autores, fueron “desarrolladas” recientemente.

Mientras tanto, palabras más antiguas como takatāpui (compañero íntimo del mismo sexo) han sido redefinidas por los ideólogos de la identidad de género, canalizando una mentalidad colonial, cooptando la aceptación maorí de la homosexualidad en algo que promueve la medicalización de por vida e incluso la desfiguración quirúrgica de nuestros tamariki (niños y niñas).

Los taonga (tesoros) culturales a los que hace referencia Wi-Hongi para respaldar la idea de que la sociedad maorí adoptó la ideología de la identidad de género tienden a representar las relaciones entre personas del mismo sexo, es decir, Takatāpui, que significa homosexualidad. Estos taonga no representan una prueba de transición social, intervención quirúrgica, compresión del pecho, “afirmación de género”, ni ningún otro eufemismo por el estilo. La homosexualidad, casi por definición, no requiere cambiar de género o sexo; es distinta del transgenerismo.

La apropiación lingüística respaldada por Wi-Hongi y otros transactivistas está dañando nuestra lengua, convirtiéndola en lo que algunos han llamado “macedonia de frutas maorí”. Mis mayores (elders) no entienden la nueva forma que ha adoptado su lengua; el Te Reo moderno les resulta ininteligible. Es absolutamente antinatural en Te Reo despreciar a las wāhine [mujeres], como hacen los transgeneristas. Las wāhine eran respetadas y tenían papeles y funciones diferenciados dentro del whanau. Hay muchos whakatauki (proverbios) relacionados con las wāhine. Es bien sabido que varias wāhine fueron jefas. Ninguna era de “género fluido”.

Hay una historia, Te Awa Atua (el flujo de sangre menstrual, el río de los antepasados), que ilustra una importante diferencia entre el concepto occidental del poder femenino y su importancia en las tradiciones maoríes. No me toca a mí contar esta historia, ya que no está relacionada con mi Iwi. Sin embargo, diré que nací en Pōneke (Wellington), y los Mana Whenua (los Iwi de una zona concreta) me contaron esta versión en la tierra en la que ocurrió, así que me tomaré la libertad:

Había un poderoso tohunga (elegido o designado; un experto practicante de una habilidad o arte, religioso o de otro tipo) que perseguía a Te Rauparaha (un famoso jefe Ngati Toa). Te Rauparaha fue a una aldea, donde se encontró a la mujer del jefe en la choza de la menstruación, y allí se escondió. El tohunga buscó y buscó, pero no pudo encontrar a Te Rauparaha. El poder de la sangre menstrual, Te Awa Atua, el río de los ancestros pasados y no nacidos, lo protegió de ser visto.

Este es un ejemplo de cómo la colonización occidental afecta a nuestras historias sobre las mujeres. El cuento debería tratar sobre el poder de la sangre menstrual de las mujeres. Pero en las últimas décadas, los relatos han hecho hincapié en la vergüenza del hombre que se esconde bajo las faldas de una mujer.

Algo parecido ocurre ahora con la ideología de la identidad de género, un fenómeno global que se pega a las culturas indígenas, y que hace que los transactivistas se piensen que promueven una forma auténtica y antigua de iluminación. El transactivista Ahi Wi-Hongi es un ejemplo de ello, pues escoge partes de nuestra cultura y las une en una especie de manto cultural de retazos andrajosos para justificar creencias de moda; un manto que no se parece en nada a las bellas historias originales de los maoríes.

Pero puede que la corriente esté cambiando. En los últimos años,  la revista Stuff se ha convertido en un defensor especialmente estridente de la ideología transgenerista. Por eso es notable que incluso esta publicación se viera obligada a retirar el artículo sobre Plunket a las pocas horas de publicarlo. Tal vez sus editores sepan ahora que las afirmaciones del transactivismo no se pueden probar, y que cada vez más maoríes son conscientes de las falsedades que se perpetúan en nuestro nombre.

Nuestra organización Mana Wāhine Kōrero se opone rotundamente a esta reescritura de nuestra cultura, nuestra lengua y nuestra historia. Muchos niños y niñas que caigan presa de ella no podrán tener tamariki propios, por lo que se acabará para siempre con nuestra whakapapa. ¿Qué mejor manera de maquinar nuestra extinción como pueblo? En lugar de nuestra cultura sólo quedará ese manto de retazos andrajosos. Por eso desafiaremos a los ideólogos transgeneristas que pretenden ser los expertos en nuestra historia y nuestro matauranga (conocimiento cultural)Nos opondremos a ellos el tiempo que haga falta.

A nuestros y nuestras lectoras de Nueva Zelanda, nosotras, desde Mana Wāhine Kōrero, ponemos este wero (desafío maorí) a vuestros pies. ¿Quién tendrá la valentía de aceptarlo?

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