Por Leor Sapir

La mayor experta en medicina pediátrica de género de Finlandia advierte que conducir a menores a la transición social les lleva a la transición médica; que cuando se deja que los menores se desarrollen de forma natural, la inmensa mayoría – «cuatro de cada cinco» – llegan a aceptar su cuerpo y aprenden a aceptar su sexo y que la narrativa de «o transición o suicidio» utilizada por los transactivistas  es desinformación intencionada e irresponsable.

La Dra Riittakerttu Kaltiala conoce la medicina de género. Es la principal experta en medicina pediátrica de género en Finlandia y la jefa de psiquiatría en una de sus dos clínicas pediátricas de género aprobadas por el gobierno, en la Universidad de Tampere, donde ha dirigido tratamientos de transición de género para jóvenes desde 2011.

Es una de las últimas personas en el mundo que podría ser acusada de ser «reaccionaria», «transfóbica» o desinformada sobre el tema de la atención médica trans.

Sin embargo, a principios de este mes, solo unos días antes de que Finlandia aprobara una ley que otorga a sus ciudadanos adultos el derecho a que se reconozca su sexo autodeterminado en documentos gubernamentales, la doctora Kaltiala concedió una entrevista con Helsingin Sanomat, el periódico liberal de Finlandia . Sus comentarios fueron un recordatorio aleccionador de cuán fuera de sintonía está el sistema médico estadounidense con sus contrapartes europeas cuando se trata de tratar a menores que rechazan su sexo.

Los antecedentes de esta entrevista son importantes. Finlandia fue uno de los primeros países en adoptar el “ protocolo holandés” para medicina de género pediátrica, que prescribe, en ciertos casos restringidos, el uso de bloqueadores de la pubertad y hormonas del sexo cruzado para tratar la disforia de género adolescente. Sin embargo, en 2015, los especialistas finlandeses en medicina de género, incluida Kaltiala, notaron que la mayoría de sus pacientes no coincidían con el perfil de los tratados en los Países Bajos y no cumplían con los requisitos de elegibilidad relativamente estrictos del protocolo holandés para los tratamientos farmacológicos.

Debido a la tasa extremadamente alta en la que los niños con problemas de género aceptan sus cuerpos (o “desisten”) al llegar a la edad adulta, el protocolo holandés exige que los pacientes tengan disforia de género que comience antes de la pubertad y se intensifique en la adolescencia.

También requiere que no tengan problemas de salud mental concurrentes graves, que se sometan al menos a seis meses de psicoterapia y que cuenten con el apoyo de su familia para los tratamientos hormonales.

Sin embargo, a los pocos años de que su país adoptara el protocolo holandés en 2011, los investigadores finlandeses notaron un fuerte aumento en el número de pacientes remitidos a los servicios. La mayoría de estos pacientes eran niñas adolescentes sin antecedentes de disforia en la infancia, y alrededor del 75 % tenían antecedentes de psicopatología grave antes de la aparición de su angustia relacionada con el género. 

Durante este mismo período de tiempo, la mayor clínica pediátrica de género del Reino Unido, en el Centro Tavistock, fue testigo de un aumento del 3.360% en las derivaciones de pacientes entre 2009 y 2018. La mayoría de los nuevos pacientes eran mujeres -cuya representación en la clínica aumentó un 4.400% durante este periodo de tiempo- con antecedentes de problemas psicológicos graves y sin disforia de género previa a la adolescencia. Se observaban tendencias similares en otros países con clínicas pediátricas de género, incluido Estados Unidos.

En 2018, la médico-investigadora estadounidense Lisa Littman publicó un estudio que sugería que las adolescentes con altas tasas de problemas de salud mental declaraban repentinamente una identidad transgénero, a menudo en grupos de amigos y tras una exposición prolongada a las redes sociales.

Un año después, Kaltiala y sus colegas finlandeses observaron en un artículo revisado por expertos que «la investigación sobre la disforia de género de inicio en la adolescencia es escasa y no se han establecido las opciones de tratamiento óptimas…. Se desconocen las razones del repentino aumento en la búsqueda de tratamiento como consecuencia de la disforia de género/identificación transgénero de inicio en la adolescencia». Esta falta de investigación, y las persistentes dudas sobre el propio protocolo holandés (el único intento de replicarlo en el Reino Unido fracasó), llevaron a las autoridades sanitarias de Finlandia, Suecia y el Reino Unido a realizar revisiones sistemáticas de las pruebas sobre los beneficios y riesgos de las intervenciones hormonales [en menores].

Las revisiones sistemáticas representan el nivel más alto de análisis de pruebas en la medicina basada en la evidencia. Los tres países europeos que realizaron estas revisiones de forma independiente llegaron a la misma conclusión: Debido a sus graves limitaciones metodológicas, los estudios citados en apoyo de las intervenciones hormonales para adolescentes tienen una certeza «muy baja». Para las autoridades sanitarias de estos países, esto significaba que los estudios eran demasiado poco fiables para justificar los riesgos y las incertidumbres de la «atención de afirmación de género.» Desde entonces, Suecia, Finlandia e Inglaterra han impuesto severas restricciones al acceso a las hormonas. Aunque estos países permiten ahora las hormonas en una cohorte muy cuidadosamente seleccionada de pacientes que cumplen los criterios del protocolo holandés, lo hacen en contra de las conclusiones de sus propias revisiones sistemáticas. Esto se debe a que las revisiones sistemáticas hallaron que el estudio holandés, en el que se basa el protocolo holandés, también proporciona pruebas de certeza «muy baja».

El Consejo de Opciones Sanitarias de Finlandia reconoce la transición médica para menores como «una práctica experimental».

Kaltiala fue una de las principales impulsoras de la decisión de dar marcha atrás en Finlandia. Más recientemente, testificó ante las juntas médicas de Florida en apoyo de su decisión de restringir el acceso de los menores a los bloqueadores de la pubertad, las hormonas cruzadas y las cirugías.

Preguntada por Helsingin Sanomat sobre su opinión acerca de la autoidentificación de género de los menores -un elemento propuesto en la nueva ley finlandesa [de autodeterminación del sexo registral] que finalmente no se aprobó- Kaltiala subrayó que es «importante aceptar [a los niños] tal como son», pero esto no significa ni presionar a un niño para que se adapte a comportamientos tradicionalmente asociados a su sexo ni «negar el cuerpo» confirmando que la autoidentificación de género del niño es real.

«En cualquiera de los dos casos», dice la psiquiatra, «el niño recibe el mensaje de que hay algo malo en él».

Los datos de 12 estudios realizados hasta la fecha demuestran que cuando se deja que los niños con autodeclaración de transgéneros o de género variante se desarrollen de forma natural, la inmensa mayoría – «cuatro de cada cinco», según Kaltiala- llegan a aceptar su cuerpo y aprenden a aceptar su sexo. Cuando se les somete a una transición social, prácticamente ninguno lo hace.

El hecho de que la mayoría de los niños desistan de identificarse con el sexo opuesto no significa necesariamente que ya no experimenten ninguna angustia asociada a su cuerpo; más bien significa que, aunque esa angustia persista, no les impedirá llegar a estar razonablemente bien adaptados y vivir una buena vida. La noción de que ningún ser humano debería tener que experimentar nunca ninguna incomodidad asociada a la corporalidad masculina o femenina, ni siquiera durante el turbulento periodo de la pubertad, es la promesa utópica que alimenta gran parte de la industria de la transición de género. Ha habido un movimiento creciente entre los activistas de género para enmarcar la pubertad como algo que el yo autónomo, incorpóreo, debería tener «derecho» a elegir. «Ni la supresión de la pubertad ni permitir que se produzca es un acto neutro», escribe la Asociación Profesional Mundial para la Salud Transgénero en la séptima versión de sus Normas de Atención.

A diferencia de las élites progresistas de Estados Unidos, que parecen considerar la afirmación social de los «niños transgénero» como poco más que un acto de bondad, Kaltiala lo ve como una poderosa intervención en el desarrollo psicosocial de un joven con potencial de daño iatrogénico (es decir, daño causado por el propio tratamiento). La autoidentificación de género en los jóvenes no es una mera «formalidad» administrativa. En palabras de Kaltiala, «es un mensaje que dice que éste es el camino correcto para ti».

Kaltiala coincide así con el NHS de Inglaterra, que señaló recientemente que la transición social -utilizar el nombre y los pronombres preferidos de un niño- «no es un acto neutro», sino que puede reafirmar lo que de otro modo probablemente sería una fase pasajera en un estado mental más permanente, o «identidad», y poner al menor en el camino de los fármacos y las cirugías.

El NHS advierte ahora de los riesgos de la transición social en niños y la recomienda sólo para adolescentes a los que se haya diagnosticado disforia de género y hayan dado su consentimiento informado.

En cuanto a los adolescentes, Kaltiala distingue entre la minoría cuya disforia comenzó en la infancia y se intensificó durante la pubertad y aquellos cuya disforia apareció por primera vez tras el inicio de la pubertad. Para los miembros del primer grupo, que cumplen los requisitos del estudio holandés, Kaltiala sugirió que la discordancia de identidad de género puede ser más estable -aunque hay que subrayar que no existen estudios controlados y longitudinales que confirmen esta observación, y algunos expertos creen que medicalizar a los adolescentes incluso en esta cohorte crea una profecía autocumplida. En cuanto a los adolescentes cuya disforia comenzó en la pubertad, se trata, repito, principalmente de mujeres con tasas extremadamente altas de enfermedades mentales concurrentes. Como «el fenómeno es nuevo» y «no hay conocimientos científicos sobre la constancia de esta experiencia», explica Kaltiala, sería irresponsable consolidar su autoidentificación de género en documentos oficiales.

Los defensores del enfoque «afirmativo» estadounidense tienden a ignorar las tendencias más generales de colapso de la salud mental entre los adolescentes en las últimas décadas, una tendencia profundamente preocupante que parece afectar sobre todo a las chicas y que está vinculada al uso de las redes sociales. Utilizando un marco de «estrés de minoría» desarrollado en la investigación sobre la homosexualidad y prestado para este fin, los activistas insisten en que los problemas de salud mental concurrentes, como la ansiedad, la depresión, el TDAH y los trastornos alimentarios, están causados por el género «no afirmado» y pueden resolverse o mitigarse mediante la transición social y médica.

El autismo en particular parece ser especialmente común en jóvenes que se identifican como transgénero y buscan una transición médica. Un estudio de 2019 sobre pacientes de la mayor clínica pediátrica de género del Reino Unido descubrió que el 48% se encontraba en la franja del autismo.

En su libro The Gender Creative Child, la defensora del «cuidado de afirmación de género», la Dra. Diane Ehrensaft, sugiere que la transición de género puede incluso ser una «cura» para el autismo.

«La misión de desarrollo de la juventud no se ve favorecida por el hecho de que la autoexpresión de los jóvenes esté apoyada y dirigida desde fuera», afirma Kaltiala. «El entorno tampoco debe comprometerse con los experimentos de identidad de un modo que pueda hacer que un posterior cambio de dirección provoque ansiedad». Estos comentarios coinciden con los hallazgos de los Países Bajos, donde la transición social se relacionó con la persistencia de la disforia de género y la dificultad para aceptar el propio cuerpo y sexo.

Sobre la cuestión de por qué tantos menores rechazan su sexo (hasta un 9,1%, según un estudio estadounidense), Helsingin Sanomat sugirió que «muchos jóvenes se agarran a la idea disponible en los medios de comunicación y las redes sociales de que sus problemas están causados por la identidad de género y se solucionarán si los demás empiezan a verlos como miembros del otro sexo».

Pero eso no funciona, según Kaltiala. «El equilibrio mental no se consigue haciendo que los demás hagan y vean lo que tú quieres».

El filósofo ginebrino Jean-Jacques Rousseau lo denominó amour propre: el amor propio condicionado a cómo nos ven los demás. El problema que describe Kaltiala es característico de la política de la identidad en general: si no sólo tu dignidad como ser humano, sino tu propia existencia depende de que los demás estén de acuerdo con tu autocaracterización, estás destinado a un pavor existencial crónico. No es una receta para la autenticidad, y mucho menos para la felicidad.

En cuanto a la cuestión del suicidio, que se ha convertido prácticamente en el único argumento que esgrimen los activistas de la «afirmación de género» para apoyar su práctica preferida, Kaltiala no se anduvo con rodeos. La popular narrativa de «o transición o suicidio» utilizada por los transactivistas para contrarrestar los esfuerzos de reforma del Estado es, en palabras de Kaltiala, «desinformación intencionada, y difundirla es irresponsable».

Gran parte de la confusión pública sobre la cuestión del suicidio proviene de una simple falacia de correlación-causación. Aunque hay pruebas de que los adolescentes que se identifican como transexuales presentan tasas elevadas de suicidio y tendencia al suicidio (un comportamiento que, según subrayan los investigadores, suele consistir en pensamientos suicidas o gestos autolesivos no mortales y no debe confundirse con el suicidio real o los intentos graves de acabar con la propia vida), no hay pruebas de que su elevado riesgo se deba a una identidad de género no confirmada o de que la transición social y médica reduzca su riesgo de autolesión. Los estudios que pretenden demostrar que las hormonas reducen la tendencia al suicidio suelen estar diseñados de tal forma que no permiten hacer inferencias válidas sobre la causa y el efecto. Teniendo en cuenta que aproximadamente tres cuartas partes de los adolescentes que acuden a las clínicas de género en la actualidad padecen enfermedades mentales preexistentes, como depresión y autismo, que son en sí mismas factores de riesgo de suicidio, probablemente sea más exacto decir que los adolescentes con inclinaciones suicidas tienen más probabilidades de inclinarse por una identidad trans.

Además, afortunadamente, el suicidio es muy poco frecuente incluso entre los jóvenes transexuales. No había ninguna epidemia de suicidios entre los adolescentes con problemas de género antes de que las hormonas de «afirmación de género» estuvieran disponibles hace unos 15 años.

Un estudio realizado en el Reino Unido reveló que la tasa de suicidios entre menores que buscaban una transición médica entre 2010 y 2020 era del 0,03%, nada que ver con el riesgo del 41% que suelen citar los activistas estadounidenses.

El suicidio, según Helsingin Sanomat, fue un «suceso muy raro en unos diez años entre los jóvenes que buscan diagnósticos de identidad de género». Por otra parte, en un amplio estudio sueco, la mortalidad por suicidio había aumentado claramente entre los adultos que habían recibido tratamientos de reasignación de género». Para Kaltiala, «no está justificado decir a los padres de jóvenes que se identifican como transexuales que un joven corre riesgo de suicidio sin tratamientos médicos y que el peligro puede paliarse con la reasignación de género».

La narrativa del suicidio como profecía autocumplida

De hecho, el discurso sobre el suicidio que ha llegado a dominar el activismo en favor de la transición de género puede contribuir más a la autolesión de los jóvenes que las prohibiciones de hormonas y cirugías que se están aprobando actualmente en los estados de Estados Unidos. Como Alison Clayton ha argumentado en un documento revisado por pares, «un enfoque excesivo en una narrativa exagerada del riesgo de suicidio por parte de los médicos y los medios de comunicación puede crear un efecto nocebo perjudicial («profecía autocumplida») por lo que la suicidalidad en estos jóvenes vulnerables puede exacerbarse aún más».

Si se les dice a los chicos que tener tendencias suicidas es inherente a la transexualidad y que sólo las hormonas resolverán su problema, es posible que muchos se vuelvan suicidas. El discurso de «afirmación o suicidio» también va en contra de las recomendaciones de los Centros para el Control de Enfermedades, que hacen hincapié en que «[e]l suicidio nunca es el resultado de un único factor o acontecimiento» y advierten contra «presentar explicaciones simplistas del suicidio». Es difícil pensar en un ejemplo mejor de «explicaciones simplistas» que «los niños trans se suicidan cuando no se les administran hormonas».

¿Por qué el énfasis obsesivo en la cuestión del suicidio? La razón obvia es que si el suicidio es el resultado esperado, cualquier riesgo de hormonas y cirugías probablemente merezca la pena.

El discurso del suicidio tiene el efecto, y probablemente también la intención, de impedir que los pacientes y los médicos sopesen cuidadosamente los pros y los contras a la hora de decidir las opciones de tratamiento. Infunde miedo en los corazones de los padres, preocupados por los riesgos y las incertidumbres de bloquear la pubertad natural de sus hijos, bombearles hormonas sintéticas y amputarles los pechos sanos a partir de los 13 años.

También es una poderosa herramienta para silenciar a los críticos y, lo que es más grave, para disuadir a quienes tienen dudas sobre las intervenciones hormonales de plantearlas.

Kaltiala cree que el discurso del suicidio está impulsado por «adultos que se han beneficiado ellos mismos de la reasignación de sexo, tienen el deseo de salir a salvar a niños y niños pequeños. Pero les falta entender que un niño no es un adulto pequeño». Los activistas se mueven por una combinación de motivos que incluyen la empatía equivocada, el complejo de salvador y la proyección.

A diferencia de los médicos estadounidenses que se atreven a cuestionar las ortodoxias «afirmativas de género», Kaltiala cuenta con el respaldo de grupos médicos profesionales de su país. La Sociedad Finlandesa de Pediatría, homóloga de la Academia Estadounidense de Pediatría, se ha manifestado en contra del apoyo gubernamental a la autoidentificación de género en menores en una declaración al Parlamento finlandés. Asimismo, la Asociación Médica Finlandesa escribió que «la decisión de limitar el reconocimiento legal de sexo a los adultos es acertada». Estas declaraciones van directamente en contra de la política de la Academia Americana de Pediatría desde 2018, que, basándose en una interpretación muy distorsionada de la investigación disponible, recomienda la «afirmación» inmediata y acrítica de los menores, independientemente de su edad. También entra en conflicto con la práctica de facto en las escuelas estadounidenses de la transición social de los niños a petición, a menudo sin conocimiento o consentimiento de los padres.

En lo que respecta a la medicina pediátrica de género y la política social conexa, las cosas distan mucho de ser perfectas en Finlandia. Sin embargo, en comparación con Estados Unidos, es un oasis de cordura y responsabilidad.

*Leor Sapir es investigador del Manhattan Institute. En Twitter @LeorSapir.

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