Cuando la locura trans termine, ¿qué pasará con menores y jóvenes que bloquearon su pubertad, tomaron hormonas y se mutilaron? ¿Con esas adolescentes confundidas que fueron atrapadas por el contagio social y por prescripciones médicas sin escrúpulos? ¿Cuál será la suerte de quienes detransicionan? Helen Joyce, sobre los primeros síntomas de que la locura empieza a desvanecerse.
Los jóvenes, decía Aristóteles, «son cambiantes y volubles en sus deseos, que son violentos cuando duran, pero se acaban rápidamente». (Apenas hablaba de las mujeres, considerándolas inferiores por su incapacidad para producir semen, lo cual atribuía a la excesiva frialdad de sus cuerpos).
Pseudo ciencia aparte, los sistemas legales de la mayoría de los países reconocen, como Aristóteles, que los deseos de la juventud son fuertes pero fugaces. Con diferentes límites de edad, las leyes protegen a las y los jóvenes del arrepentimiento al prohibir actividades que pueden causar daños a largo plazo, como comprar alcohol o cigarrillos, endeudarse o hacerse tatuajes.
Esta idea de que adolescentes y jóvenes adultos son impulsivos y volubles contrasta extrañamente con los postulados centrales de la ideología trans, según la cual todos tienen una «identidad de género» innata y que es razonable alinear el propio cuerpo con esa identidad tomando hormonas y sometiéndose a cirugías.
No importa que estas afirmaciones sean contradictorias: si la «identidad de género» es distinta del sexo, ¿qué significaría equipararlas? Sin embargo, están incorporadas en las leyes de muchos países, son predicadas por profesionales de la salud de identidad de género y expuestas en TikTok por jóvenes excitables que usan neopronombres.
Estas afirmaciones implican que ningún niño o niña es demasiado pequeño para declarar una identidad trans y para que se le crea. Diane Ehrensaft, una influyente psicóloga de San Francisco, ha afirmado que los bebés pueden enviar «mensajes de género» no verbales. Un bebé puede indicar una identidad femenina desabrochando su mono para imitar un vestido, o una niña puede arrancarse una horquilla para indicar que en realidad es un niño. Ehrensaft ha aconsejado a los padres de niños de tan solo tres años que «afirmen» su identidad de género; es decir, que les mientan a ellos y a todos los demás sobre su sexo.
Nadie sabe cuántos niños, niñas y jóvenes se identifican como trans, porque nadie los está contando. El censo de 2021 reveló que el 1 % de los jóvenes de entre 16 y 24 años afirmó que su «identidad de género» difería de su sexo, pero la pregunta estaba tan mal formulada que el organismo regulador de estadísticas declaró que los resultados no eran fiables, algo inédito en la historia del censo.
La principal clínica de género infantil del Reino Unido vio multiplicarse por 20 las derivaciones en poco más de una década antes de cerrar el año pasado. Sin embargo, un número desconocido de recetas de hormonas son emitidas por médicos de cabecera, y muchas personas que se identifican como trans no recurren a la medicalización. Las encuestas realizadas a docentes sugieren que la mayoría de las escuelas tienen alumnos que se identifican como trans, pero, una vez más, nadie los está contabilizando.
Una cosa es cierta, sin embargo: el número de personas que se identifican como trans es ahora decenas de veces mayor que la mejor estimación de hace un par de décadas de uno por cada 30.000 para los hombres y una por cada 100.000 para las mujeres.
Si el aumento vertiginoso de la cifra se debe a una mayor aceptación social, en algún momento se estabilizará. Pero el patrón de los últimos diez años parece más bien una moda pasajera. El desmesurado aumento de la identificación trans entre las adolescentes, un grupo propenso al contagio social; los focos de identificación trans en grupos de amigos; el auge de famosos con hijos trans: todo parece más una moda que una rectificación.
Hay indicios intrigantes de que esta moda podría estar empezando a desvanecerse. En Estados Unidos, encuestas realizadas en algunas universidades de élite revelan fuertes caídas en la identificación no binaria, y una encuesta nacional reveló una sorprendente caída de casi la mitad en la identificación trans y no binaria entre los jóvenes de 18 a 22 años entre 2022 y 2024.
Mientras tanto, las encuestas en el Reino Unido muestran una desaprobación cada vez mayor en todos los grupos de edad de las políticas implicadas en la afirmación de género, como la de permitir que los hombres que se identifican como mujeres accedan a espacios y deportes exclusivos para mujeres.
¿Qué pasa entonces con quienes fueron atrapados por el contagio social? Una vez superado, ¿persistirán en sus identidades trans o las abandonarán? ¿Qué pasa, en definitiva, con la detransición?
Parece improbable que un adolescente cuya identidad trans o no binaria se exprese únicamente mediante un corte de pelo poco favorecedor y el uso de pronombres se mantenga firme una vez que estos significantes pasen de moda. Los amigos que validaron virtuosamente esa identidad crecerán y encontrarán mejores cosas que hacer. Pero otros habrán experimentado cambios físicos que, a pesar de ser indeseados, ya no podrán revertirse.
El enfoque afirmativo de género fomentó una actitud notablemente frívola hacia intervenciones con consecuencias de por vida. Un artículo reciente del New York Times comparó la adopción de una identidad trans con la decisión que tomó hace tiempo la autora de no presentarse a las pruebas para el equipo de natación de su instituto.
Johanna Olson-Kennedy, una influyente médica estadounidense especializada en cuestiones de identidad de género, una vez menospreció las preocupaciones de los padres de que las adolescentes que se identifican como trans pudieran arrepentirse más tarde de haberse extirpado los senos, diciendo: «Si quieres tener senos en un momento posterior de tu vida, puedes ir y ponértelos».
Pero las cicatrices son para toda la vida, y las bolsas de silicona no se parecen en nada a la intrincada fisiología que permite la lactancia materna. De igual manera, las neovaginas y los neofalos son apenas simulacros, carentes de la funcionalidad de las partes del cuerpo que imitan y creados mediante la destrucción de órganos sanos.
Clínicas de todo el mundo minimizaron los efectos de los bloqueadores de la pubertad (fármacos potentes que detienen la progresión normal hacia la edad adulta) describiéndolos como un “botón de pausa” reversible que da a niñas y niños con confusión de género “tiempo para pensar”.
Sin embargo siempre fue obvio que interferir en una etapa crucial del desarrollo podía suponer un retraso en el desarrollo mental y físico, y que, cuando se iniciaba el tratamiento temprano en la pubertad y se seguía con hormonas cruzadas, los bloqueadores podían causar esterilidad y disfunción sexual.
Para quienes se arrepienten de intervenciones tan importantes, no existe un cuerpo pretransicional al que regresar. Detransicionar significa perdonarse por una decisión que, en retrospectiva, parece insensata; deben aprender a no culparse a sí mismos, ni a sus bienintencionados padres que creyeron en las palabras de los especialistas. Deben aprender a vivir con la ira que sienten hacia los médicos que, con mucho gusto, los ayudaron a dañar sus cuerpos sanos, pero que desaparecen a la hora de mitigar ese daño.
Muchos tendrán que afrontar el arrepentimiento en solitario. Los terapeutas de afirmación de género recomiendan habitualmente cortar relaciones con amigos y familiares que no se muestran lo suficientemente entusiasmados con la identificación trans; los grupos comunitarios trans rechazan a quienes detransicionan como apóstatas.
Las personas que detransicionan no pueden esperar nada del profesorado que los hizo transicionar socialmente a espaldas de sus padres cuando eran menores, de los transevangelizadores que les prometieron una nueva “familia de purpurina” para reemplazar a la que abandonaron, o de los médicos que hicieron sentir culpables a los padres con falsas afirmaciones acerca de que la transición era “una salvación”.
Las mujeres que detransicionan pueden encontrar nuevas amistades entre feministas sexo-realistas. Los hombres detransicionados no cuentan con una red de apoyo tan sólida. Las mujeres que se oponen a la ideología transgenerista reconocen el papel que juegan la pornografía y los fetiches del travestismo en la decisión de muchos hombres de identificarse como mujeres, y el daño que los hombres transidentificados causan a los derechos de las mujeres al entrar en espacios exclusivos para ellas. Algunas desconfían de los hombres que perpetraron tales daños.
Sin duda, algunas de las personas que ahora se identifican como trans seguirán disfrutando de afirmar su identidad transgénero y de sus cuerpos alterados. Pero el acuerdo unilateral impuesto por el lobby trans a la sociedad en general, que priorizaba el acceso de las personas trans a espacios y servicios para personas de sexo opuesto por encima de los derechos de otras personas, ahora se está desmantelando.
En abril, el Tribunal Supremo dictaminó que, a efectos de la ley de igualdad y antidiscriminación, «sexo» significa biología, no documentación ni autoidentificación. Los empleadores, los proveedores de servicios y el gobierno han tardado en comprender las implicaciones de la provisión de servicios diferenciados por sexo.
Pero pronto, las personas que se identifican como trans tendrán que afrontar el hecho de que nunca tuvieron el derecho, que la mayoría daba por sentado, de usar espacios y servicios para el sexo opuesto. Parece plausible que seguir identificándose como trans sea menos atractivo sin la garantía de que otros se vean obligados a seguirles la corriente.
Quienes detransicionan necesitarán terapia especializada para afrontar una nueva forma de duelo y pérdida, creada médicamente. Quienes tomaron hormonas cruzadas o se extirparon los genitales necesitarán nuevos protocolos médicos. En endocrinología tendrán que determinar si es recomendable suspender las hormonas cruzadas y cuándo, y cuál es la mejor manera de apoyar a quienes ya no tienen testículos ni ovarios. Detransicionadoras y detransicionadores cuyas vías urinarias han sido dañadas por las hormonas y la cirugía necesitarán ayuda para afrontar las infecciones y la incontinencia a medida que envejecen.
Y más adelante, las residencias tendrán que aprender a atender a pacientes con demencia angustiados por no recordar por qué les faltan los genitales ni por entender por qué sus cuidadores se refieren a ellos con el sexo que no les corresponde. Los deseos pueden ser volubles y fugaces, pero aun así tienen consecuencias para toda la vida.
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