De los muchos aforismos sobre la libertad de expresión, seguramente el más conocido es el atribuido a Voltaire: aunque desapruebe lo que dices, defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo. Es, por supuesto, excelente, dentro de lo que cabe. A menudo, sin embargo, quienes pretenden silenciar la expresión de los demás no se oponen a lo que dicen, sino a cómo y dónde lo dicen.

Pensemos en Kellie-Jay Keen, alias Posie Parker, una activista por los derechos de las mujeres que organiza mítines bajo el lema Let Women Speak (Dejad hablar a las mujeres). Anuncia un lugar y una hora, se presenta con ayudantes ataviadas con chaquetas de alta visibilidad y cede el micrófono a cualquier mujer que tenga algo que decir. Algunas hablan de hombres que se identifican como mujeres y utilizan los aseos y vestuarios femeninos en los centros de trabajo y gimnasios, o se meten en grupos de apoyo exclusivos para mujeres, sobre cualquier tema, desde adicciones hasta la menopausia.

Una de las oradoras más frecuentes cumplió una condena en prisión encerrada con un hombre transidentificado; otra, una mujer discapacitada, teme pedir una cuidadora mujer para que no termine apareciendo un hombre que se identifica como mujer. Un tema cada vez más frecuente es la connivencia de las escuelas con el delirio de que los niños con malestar de género pueden cambiar de sexo.

En un mundo sano, lo que dicen estas mujeres no suscitaría críticas; de hecho, ni siquiera sería necesario decirlo. Pero a menudo son silenciadas por transactivistas que gritan amenazas y eslóganes del tipo que Robert Jay Lifton, en su libro de 1961 Thought Reform and the Psychology of Totalism (La reforma del pensamiento y la psicología del totalismo), denominó clichés que acaban con el pensamiento: «frases breves, altamente reductivas y que suenan definitivas [que] se convierten en el principio y el final de cualquier análisis ideológico». «Las mujeres trans son mujeres». «Los derechos de las personas trans son derechos humanos». «Matar a todas las terfs [feministas radicales transexcluyentes]».

Keen regresó recientemente al Reino Unido de una gira por Australia y Nueva Zelanda, que fue abortada tras no presentarse la policía a una concentración prevista en Auckland. Fue acorralada y zarandeada, le lanzaron huevos y sopa de tomate y fue rociada con un líquido. Los manifestantes cogieron las vallas metálicas que se suponía que debían contenerlos y las blandieron como armas.

Keen apenas pudo mantenerse en pie mientras era apartada a empujones por la seguridad privada del evento. Después tuiteó: «De verdad pensé que si me caía al suelo no volvería a levantarme, mis hijos perderían a su madre y mi marido perdería a su mujer».

Si hay alguien que debe defender con vehemencia volteriana el ejercicio legítimo de la libertad de expresión, es la policía. El hecho de que no lo hicieran en Auckland -y en algunas concentraciones de Let Women Speak en el Reino Unido- puede achacarse a la forma en que las autoridades difaman y deshumanizan a Keen.

Antes de su gira por Australia y Nueva Zelanda, fue vilipendiada por los políticos y la prensa. Su «malvada ideología es convertir a las minorías en chivos expiatorios», dijo el primer ministro del estado australiano de Victoria. «Esa mujer y sus opiniones son aborrecibles», afirmó el viceprimer ministro neozelandés. Los Verdes neozelandeses afirmaron que tenía un «largo historial de discurso de odio y de incitación a la violencia».

Describir así a Keen la sitúa fuera de la sociedad civilizada: un objetivo aceptable para las amenazas y la violencia. Encarga el trabajo sucio de hacerla callar a matones. Los comentaristas, políticos y activistas pueden decir «apoyo la libertad de expresión, pero…», manteniendo una negación (im)plausible.

Los grupos de presión trans que intentaron conseguir una orden judicial para bloquear a Keen de Nueva Zelanda idearon un clásico del género: «No nos oponemos a la libertad de expresión, nos oponemos a la amenaza mensurable para el orden público y la seguridad de las personas transgénero.»

Los cobardes que no defienden la libertad de expresión de los demás no tardan en atarse la lengua. El primer ministro neozelandés, Chris Hipkins, respondió a las peticiones de prohibir la entrada al país a Keen condenando a «las personas que utilizan su derecho a la libertad de expresión de una forma que busca deliberadamente crear división», pero concluyó que no era lo suficientemente mala como para denegarle la entrada. Eso dio a los periodistas una nueva y deliciosa pregunta que puede esperar que le hagan hasta que demuestre coraje o se retire de la política.

En una reciente rueda de prensa, Hipkins fue preguntado por su definición de «mujer». El periodista citó a Keir Starmer, que lleva esquivando una respuesta directa a esta pregunta desde que sustituyó a Jeremy Corbyn como líder laborista en 2020. Su última formulación es que «el 99,9% de las mujeres no tienen pene». La respuesta de Hipkins fue menos ridícula, pero no más sincera: «Um … para ser honesto, esa pregunta me pilla un poco descolocado», dijo. (Si eso es cierto, debería despedir a sus asesores políticos.) «Bueno, biología, sexo, género. Um… La gente se define a sí misma, la gente define sus propios géneros».

La pregunta «¿Qué es una mujer?» se suele tachar de intento de avivar una guerra cultural. En realidad, es una cuestión política seria, y una prueba de idoneidad para un alto cargo. Si se prohíbe a las mujeres decir que los hombres son hombres, se identifiquen como se identifiquen, entonces cualquier hombre puede inmiscuirse a su antojo en espacios exclusivos para mujeres.

Al afirmar que un misterioso 0,01% de las mujeres tienen pene, Sir Keir ha elegido un bando, y no está del lado de las mujeres que quieren poder expresar sus límites. Simplemente no es lo bastante valiente para decirlo. Parte de la genialidad de Keen es que no sólo permite que las mujeres hablen, sino que obliga a los políticos pusilánimes a hacerlo.

Keen también proporciona frecuentes ocasiones para otro tipo de argumento de «libertad de expresión, pero…»: el que dice «apoyo tu derecho a hablar, pero sólo mientras lo hagas de la manera aprobada». Defensoras de los derechos de las mujeres la adoran y la detestan por igual. Dependiendo de a quién se escuche, su ropa de colores, su pelo rubio de bote y sus atrevidos eslóganes (vende camisetas que proclaman «Mujer: hembra humana adulta») se consideran o bien de mal gusto, falta de tacto y engreimiento, o bien un marketing brillante.

El pasado otoño, una concentración de la organización Let Women Speak en Brighton provocó un enfrentamiento entre feministas que duró meses. Algunas feministas locales pensaban que su estilo directo perjudicaría sus intentos de acercarse al ayuntamiento de Brighton (supongo que el día que el infierno se congele). A otros les preocupaba que la presencia entre la multitud de dos miembros del grupo ultraderechista Hearts of Oak pudiera tachar de fascista a todo el movimiento (por ese vínculo tan tenue como es «culpabilidad por asociación»).

Si se amplía la imagen, se verá que quienes intentan silenciar a Keen nunca se aplacarán, por mucho que ella intente vigilar sus palabras. En marzo, la conferencia inaugural del Lesbian Project, un think tank creado por la periodista Julie Bindel y la filósofa Kathleen Stock para defender a las mujeres que se sienten atraídas por su mismo sexo, fue interrumpida por manifestantes que consideran «transfóbico» pensar que los hombres heterosexuales que se identifican como mujeres no son lesbianas. Entre ellos estaba Sarah Jane Barker, un hombre transfemenino que pasó 30 años en la cárcel por secuestro, tortura e intento de asesinato.

Unas semanas después, Riley Gaines, nadadora universitaria estadounidense que empezó a hacer campaña contra la «inclusión trans» en el deporte femenino tras competir contra Lia Thomas, un hombre que se identifica como mujer, dio un discurso en la Universidad Estatal de San Francisco. Después, policías de paisano tuvieron que atrincherarla en un despacho por su propia seguridad mientras transactivistas gritaban «abrid la puerta, queremos a Riley» y «¿por qué protegéis a una mujer blanca?».

Keen, Bindel, Stock y Gaines difieren mucho en política, lenguaje y estilo. Y, sin embargo, es la misma gente la que quiere silenciarlas a todas. Para mí, esto sugiere que no hay forma de que las mujeres que creen que el sexo es real, binario e importante puedan hacer que ese mensaje sea aceptable para los transactivistas, así que no tiene sentido intentarlo. Por eso me gustaría proponer una versión ampliada de Voltaire: Puedo no estar de acuerdo con lo que dices, pero defiendo hasta la muerte tu derecho a decirlo, donde quieras, cuando quieras y tan alto como quieras, usando las palabras que te resulten más naturales.

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