La organización For Women Scotland acabó con el proyecto de ley de reforma de género de Nicola Sturgeon [ministra principal de Escocia y líder del Partido Nacional Escocés desde el 20 de noviembre de 2014 hasta su dimisión en 2023] y desató un debate sobre los derechos de las mujeres basados ​​en el sexo que se ha vuelto global.

El ruido más fuerte en 2024 provino, paradójicamente, de The Women Who Wouldn’t Wheesht  [Las Mujeres que No Se Callaron]. Ese era el título del best seller, editado por la periodista Susan Dalgety y la académica Lucy Hunter Blackburn, que relataba la campaña de base liderada por la organización For Women Scotland contra el proyecto de ley de Reforma de Reconocimiento del Género de Escocia, que defendía el Partido Nacional Escocés .

Con un poco de ayuda de cierta autora muy conocida de Edimburgo [JK Rowling], estas “madres escocesas corrientes”, como se las describía con bastante condescendencia (Marion Calder, Trina Budge y Susan Smith) se enfrentaron a los medios de comunicación, a la profesión médica y al establishment político, y ayudaron a generar un debate sobre los derechos de las mujeres basados ​​en el sexo que se ha vuelto global. Aniquilaron el proyecto de ley, pero eso fue sólo el comienzo.

A partir de este mes, el proyecto de ley de reforma de género es historia, la clínica Tavistock ha cerrado y un ministro laborista ha prohibido los bloqueadores de la pubertad. Los violadores ya no son internados en cárceles de mujeres. De hecho, se discute ahora que, si los demócratas hubieran escuchado a “Las Mujeres que No Se Callaron”, Kamala Harris podría estar a punto de dirigir la Casa Blanca  en lugar de Donald Trump. Muchos encuestadores coinciden en que el anuncio de campaña más eficaz del Partido Republicano en las etapas finales de la campaña presidencial estaba dirigido a denunciar el apoyo de Harris a la transición transgénero (la autoidentificación de sexo) para los reclusos.

En abril, el acreditado Informe Cass llevó a un profundo cuestionamiento de todo el proceso de “atención de afirmación de género” por el que se había estado llevando a jóvenes confundidas y confundidos por el camino de procedimientos farmacológicos y quirúrgicos irreversibles. Después del rechazo inicial del lobby LGBT, las autoridades médicas de todo el mundo toman ahora en serio el informe Cass.

Por supuesto, no todo esto se debe a las feministas escocesas críticas con la identidad de género, o “Terfs”. Pero fueron ellas las que realmente lo empezaron cuando se enfrentaron a Nicola Sturgeon hace dos años, después de que el parlamento escocés, en una tormentosa sesión nocturna, aprobara su proyecto de ley de reconocimiento de género.

El proyecto permitía  que las personas transgénero cambiaran su sexo legal a partir de los 16 años mediante una simple declaración, un proceso llamado autoidentificación. En ese momento, esa legislación parecía imparable, apoyada como estaba por el Partido Nacional Escocés, el Partido Laborista y los Demócratas Liberales. Los medios de comunicación simpatizaban con lo que engañosamente se llamaba “derechos trans”. Ciertamente, a cualquiera que cuestionara el dogma de que “las mujeres trans son mujeres” se le consideraba un intolerante de derechas o algo peor.

Sturgeon dijo acerca de quienes se oponían a su proyecto de ley: “Así como son transfóbicos, también descubrirán que son profundamente misóginos, a menudo homofóbicos, posiblemente algunos de ellos también racistas”.

La ex primera ministra volvió a hacerlo la semana pasada. Al comentar sobre su apoyo al matrimonio entre personas del mismo sexo (que en realidad fue aprobado bajo el gobierno de Alex Salmond en 2012), lamentó que el debate sobre la reforma de género hubiera sido capturado por los mismos “intolerantes de derecha” que se oponían al matrimonio homosexual. Condenó “las voces progresistas que se alejan [del debate de identidad de género] ante el tipo de reacción que proviene de los medios de comunicación de derecha o de algunas voces populistas muy ruidosas en el espacio político”.

De hecho, conocí a Calder y compañía a principios de 2018, poco después de que fundara For Women Scotland. Me di cuenta de inmediato de que esta administradora del NHS [la sanidad pública británica] no era una intolerante. Estas mujeres escocesas tampoco eran herramientas de ninguna conspiración de la derecha. Menos aún eran homofóbicas o racistas.

Tampoco es posible ninguna comparación legítima entre la campaña contra el matrimonio homosexual y la campaña por los derechos de las mujeres basados ​​en el sexo. Nadie intentó convencernos de que los homosexuales hubieran nacido en cuerpos equivocados.

Sturgeon se ha hecho pocos favores desde que renunció como primera ministra después del escándalo de Isla Bryson en 2023, un doble violado que fue internado en una prisión de mujeres. El colapso del proyecto de ley de Reforma de Reconocimiento del Género y la revelación de que el Servicio Penitenciario de Escocia había estado permitiendo que delincuentes sexuales hombres fueran colocados en instalaciones para mujeres después de identificarse como mujeres, causaron una controversia internacional. De repente, las mujeres se dieron cuenta de lo que había advertido Calder. La autoidentificación significa que grupos de mujeres, eventos deportivos, vestuarios y baños tendrían que aceptar en adelante la presencia de hombres barbudos, maquillados y con falda. Cualquiera podría convertirse en mujer con sólo anunciarlo.

El NHS intervino intentando abolir el lenguaje que habla de las mujeres. Las madres eran “personas embarazadas”, las mujeres eran “personas con cérvix” y la lactancia materna se convirtió, grotescamente, en “alimentación pectoral”.

El transgenerismo capturó incluso a la policía. En 2021, una contable que trabajaba para la organización For Women Scotland, Marion Miller, fue arrestada y acusada de delito de odio por tuits supuestamente transfóbicos que afirmaban la realidad el sexo biológico por encima de la identidad de género. Finalmente se retiraron los cargos. Las mujeres críticas con el género, como la investigadora de desarrollo Maya Forstater, estaban perdiendo sus empleos. Estudiantes como Lisa Keogh, de la Universidad de Abertay, fueron suspendidas por decir que “las mujeres tienen vagina”. Poetas como Jenny Lindsay, que ocupa un lugar destacado en Women Who Wouldn’t Wheesht, estaban siendo condenadas al ostracismo por organizaciones artísticas.

Puede que no haya sido un “virus woke mental”, pero ciertamente fue patológico. Una especie de revolución cultural maoísta –sin Mao– se había apoderado de las mentes dominantes de la academia, la administración pública e incluso las organizaciones de mujeres. El refugio de Ayuda para Mujeres violadas de Edimburgo estaba dirigido por un hombre. El gobierno estaba entregando dinero público a grupos como LGBT Youth Scotland para promover la ideología transgénero en las escuelas. Aún lo sigue haciendo.

Sin embargo, todo lo que hizo falta fue que un puñado de mujeres con un sólido sentido común denunciaran esta captura de nuestro espacio cívico por parte de las élites. Cuando el gobierno escocés decidió contar a las mujeres trans como mujeres al evaluar el equilibrio de género en las juntas públicas, For Women Scotland lo llevó a los tribunales en virtud de la Ley de Igualdad. Eso derivó, en última instancia, en la mayor farsa de la temporada de pantomimas, cuando el Tribunal Supremo del Reino Unido se reunió el mes pasado para definir qué es una mujer. La suprema idiotez de esta audiencia, incluso más que el proyecto de ley de reconocimiento de género o el caso del violador Isla Bryson, ha movilizado a mujeres de todo el planeta en defensa de los derechos basados ​​en el sexo.

La idea de que la opinión de los jueces, y no la biología humana, debería definir lo que es una mujer, es tan escandalosa que incluso la organización LGBT Stonewall ha guardado silencio sobre el caso.

Al cierre de este año, creo que podemos decir con seguridad que ha habido un “cambio de onda”, como dicen en Estados Unidos, en torno a la ideología de la identidad de género. Nadie quiere degradar o discriminar a las personas trans. En cuanto a las mujeres, en Escocia se diría: vive como quieras, ama a quien quieras, pero no le digas a las mujeres lo que es una mujer. Nacieron mujeres.

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