En extractos exclusivos del nuevo libro The Women Who Wouldn’t Wheesht (Las mujeres que no callaron), la autora de Harry Potter, una madre con el corazón roto y una exdirectora de prisiones cuentan desde dentro su lucha por los derechos de las mujeres y las niñas.


 

Según las normas de mi mundo, yo era una hereje. Había llegado a creer que el movimiento sociopolítico que insistía en que “las mujeres trans son mujeres” no era ni amable ni tolerante, sino profundamente misógino, regresivo, peligroso en algunos de sus objetivos y descaradamente autoritario en sus tácticas. Sin embargo, me guardé mis pensamientos en público, porque la gente a mi alrededor, incluidos algunos seres queridos, me rogaban que no hablara. Así que observé desde la barrera cómo mujeres con todo que perder se manifestaban en Escocia y en todo el Reino Unido para defender sus derechos. La culpa por no haber estado a su lado me acompañaba a diario, como un dolor crónico.

Lo que finalmente me llevó a dar la cara fueron dos acontecimientos jurídicos distintos, ambos en el Reino Unido.

En 2019, Maya Forstater, una investigadora inglesa que trabajaba en un think tank, llevó a sus jefes ante un juzgado social. Forstater alegó que había sido discriminada por su convicción de que los seres humanos no pueden cambiar de sexo. Por un lado, parecía inconcebible que el juzgado fallara en contra de Maya por mantener y expresar una convicción racional basada en hechos, pero, por otro, tenía la sombría y persistente sensación de que iba a perder, en cuyo caso las implicaciones de tal pérdida para la libertad de expresión y creencia en el Reino Unido, especialmente para las mujeres, serían de gran alcance.

El día de diciembre de 2019 en que Maya perdió su caso por discriminación (ganaría en apelación y obtendría una sustanciosa indemnización por daños y perjuicios) tuiteé:

“Vístete como quieras. Llámate como quieras. Acuéstate con cualquier adulto que te acepte. Vive tu mejor vida en paz y seguridad. ¿Pero echar a las mujeres de su trabajo por afirmar que el sexo es real? #IStandWithMaya (#YoEstoyConMaya)”.

A continuación, publiqué un ensayo en mi sitio web, en el que explicaba con más detalle mi preocupación por la ideología de la identidad de género. Desde entonces, me ha sorprendido que muchas de las personas que afirman saber lo que creo sobre este tema admitan sin tapujos no haber leído nunca ese ensayo. No hace falta, dicen, porque sus influencers trans favoritos ya les han explicado lo que realmente quería decir. Esta peculiar postura me parece que resume la falta de pensamiento crítico en torno a esta cuestión, y la aversión de los activistas de género a exponerse a ideas que podrían hacer tambalear su fe en sus apreciados eslóganes.

El verano siguiente, en Escocia, donde vivo desde hace tres décadas, el gobierno del partido nacional escocés (SNP), dirigido por la primera ministra Nicola Sturgeon, se preparaba para aprobar el proyecto de ley de reforma del “reconocimiento de género” (autodeterminación del sexo registral), que eliminaría toda salvaguarda médica del proceso de transición. Una persona podría cambiar su sexo registral siempre que hubiera vivido en su “género adquirido” durante tres meses y hubiera hecho una declaración legal de que tenía intención de seguir haciéndolo.

No había ninguna definición de lo que significaba “vivir en un género adquirido” ni se exigía evaluación psicológica, cirugía o tratamiento hormonal. De aprobarse el proyecto de ley, significaría que más personas de sexo masculino podrían hacer valer con más fuerza su derecho a entrar en espacios antes reservados a las mujeres, como los refugios de acogida para mujeres maltratadas, los centros de crisis por violación, los vestuarios públicos y las celdas de las cárceles.

Las encuestas mostraban que el público estaba en total desacuerdo con lo que el gobierno de Sturgeon planeaba hacer. Estaba tan enfadada por que el Parlamento escocés parecía dispuesto a sacar adelante el proyecto de ley de reforma del reconocimiento de género, pese a la oposición pública, que el 6 de octubre de 2022, el día en que un grupo de mujeres se concentró para protestar frente a Holyrood, publiqué en Internet una foto mía en la que llevaba una camiseta con el lema: “Nicola Sturgeon, destructora de los derechos de la mujer”.

El proyecto de ley se aprobó en diciembre de 2022. Por increíble que parezca, se votó en contra de una enmienda para impedir que los condenados por delitos sexuales, como una violación, obtuvieran un certificado de reconocimiento de género, una mancha en el Parlamento escocés que tardará mucho tiempo en desaparecer. Posteriormente, el proyecto de ley fue bloqueado por el gobierno británico por entrar en conflicto con la Ley de Igualdad.

Sturgeon, que se ha descrito a sí misma como “feminista hasta la médula”, habló en 2023 de las motivaciones “reales” de quienes tenían objeciones a la ideología: “Creo que algunas personas han decidido utilizar los derechos de la mujer como una especie de manto de aceptabilidad para encubrir lo que es transfobia… igual que son tránsfobos también descubrirás que son profundamente misóginos, a menudo homófobos, posiblemente algunos también racistas”.

Muchos se indignaron por las palabras de Sturgeon —una amiga mía rompió su carné del SNP—, pero a mí no me sorprendieron. En el período previo a la votación de la ley de reforma del reconocimiento de género, la primera ministra había argumentado exclusivamente en la línea habitual de los transactivistas, y uno de los temas de conversación favoritos de los ideólogos de la identidad de género es que, a menos que compres su filosofía, eres una supremacista blanca homófoba.

La reacción contra mí por hablar de Maya, de la ideología de género en general y de la situación en Escocia ha sido despiadada. Nadie que haya sufrido un hostigamiento online o un tsunami de amenazas de muerte y violación dirá que es divertido, y no voy a fingir que no es inquietante y aterrador, pero yo tenía buena idea de lo que se avecinaba porque había visto cómo les ocurría lo mismo a otras mujeres, muchas de las cuales se jugaban sus carreras y, a veces, su seguridad física.

Muy pocas mujeres de perfil destacado —con honrosas excepciones, especialmente en el deporte, como Martina Navratilova y Sharron Davies— parecían dispuestas a dar la cara y brindar amparo y apoyo a estas mujeres. Sentí que ya era hora de que yo también diera un paso al frente.

En lo que podría calificarse a grandes rasgos como mi “comunidad profesional”, reinaba la perplejidad por el hecho de que hubiera abandonado la postura segura y ampliamente aceptada para apoyar a Maya y hacer campaña contra el proyecto de ley escocés de reforma del reconocimiento de género. ¿A qué estaba jugando?

La gente que había trabajado conmigo se apresuró a distanciarse de mí o a sumarse a la condena pública de mis opiniones blasfemas (aunque debo añadir que muchos colegas de antes y ahora me han apoyado incondicionalmente). En realidad, la condena de algunas personas me sorprendió mucho menos que el hecho de que algunas me enviaran luego correos electrónicos, o mensajes a través de terceros, para comprobar que seguíamos siendo amigos.

Lo que ocurre es que quienes se horrorizan ante mi postura a menudo no comprenden lo verdaderamente despreciable que me parece la suya. He visto cómo el famoso “no hay debate” se convertía en el lema de quienes antes se hacían pasar por defensores de la libertad de expresión. He visto a hombres supuestamente progresistas argumentar que las mujeres no existen como clase biológica observable y no merecen derechos basados en la biología.

He escuchado a ciertas celebridades femeninas insistir en que no existe el menor riesgo para las mujeres y las niñas en permitir que cualquier hombre que se autoidentifique como mujer entre en espacios reservados a mujeres, incluidos vestuarios, baños o refugios para mujeres supervivientes de violación.

 

He preguntado a personas que se consideran socialistas e igualitarias cuáles podrían ser las consecuencias prácticas de borrar palabras de fácil comprensión como “mujer” y “madre”, y sustituirlas por persona “con cuello uterino”, “menstruante” o “gestante”, especialmente para aquellas para las que el inglés es su segunda lengua, o mujeres cuya comprensión de su propio cuerpo es limitada. Se muestran confusas e irascibles ante la pregunta. Parece que es mejor que cien mujeres que no están al día de la última jerga generista se pierdan información sobre salud pública a que una sola persona trans se sienta invalidada.

Cuando he preguntado qué significaría la falta de espacios exclusivamente femeninos para las mujeres de determinados grupos religiosos, o para las supervivientes de la violencia sexual, la respuesta es un encogimiento de hombros. Una y otra vez he oído decir que “ninguna persona trans ha hecho nunca daño a una mujer o a una niña en un espacio femenino”, y parece que no les remuerde la conciencia el hecho de estar repitiendo como loros unamentira fácilmente refutable, porque hay muchas pruebas de que los hombres que reivindican una identidad femenina han cometido delitos sexuales, actos de violencia y voyerismo, tanto dentro como fuera de los espacios femeninos.

De hecho, las propias cifras del Ministerio de Justicia demuestran que en el Reino Unido hay proporcionalmente más hombres transidentificados en prisión por delitos sexuales que entre el conjunto de reclusos varones. Cuando se plantea este hecho incómodo, a veces me dicen que los delincuentes sexuales transidentificados “no son realmente trans, están engañando al sistema”. Pues sí. De eso se trata. Si un sistema se basa en un sentido de sí mismo infalsificable y no en el sexo, es imposible mantener al margen a los que actúan con malas intenciones.

Una de las cosas que más me ha sorprendido a lo largo de esta debacle ha sido la decidida sordera de tantos creadores de opinión ante los denunciantes de la ya desacreditada clínica de identidad de género Tavistock. Los médicos que renunciaban al puesto en un número inusualmente alto afirmaban que a los y las jóvenes autistas y atraídas por el mismo sexo, así como a quienes habían sufrido abusos —grupos que estaban sobrerrepresentados entre quienes querían “transicionar”—, se les estaba conduciendo por la vía rápida hacia intervenciones médicas irreversibles de beneficio cuestionable por parte de grupos activistas y médicos ideólogos. Desde entonces, esos denunciantes han sido completamente reivindicados: tras una investigación independiente, la clínica ha cerrado.

Mirando ahora hacia atrás, y a pesar de lo desagradable que ha sido a veces, veo que revelarme como crítica de ka ideología de la identidad de género me ha traído muchos más aspectos positivos que negativos. La ventaja más importante de hablar fue que me sentí libre para actuar.

Una de mis escritoras favoritas, Colette, escribió en Mis aprendizajes: “entre todas las formas de absurdo coraje, destaca el coraje de las chicas”. Durante demasiado tiempo, he observado en silencio cómo niñas y mujeres con todo que perder se han enfrentado a una caza de brujas moderna, desafiando amenazas e intimidaciones, no solo de activistas con pasamontañas negros que portaban pancartas prometiendo golpearlas y asesinarlas, sino de instituciones y empleadores que les decían que debían aceptar y abrazar una ideología en la que no creían, y renunciar a sus derechos. En cierto sentido, por supuesto, todo coraje es absurdo. Los seres humanos estamos programados para sobrevivir, para buscar seguridad y comodidad. ¿No es más sensato agachar la cabeza, esperar que otro lo solucione, servir a nuestros propios intereses, perseguir la aprobación? Seguramente.

Pero creo que lo que se está haciendo a jóvenes con problemas en nombre de la ideología de la identidad de género es, de hecho, un terrible escándalo médico. Creo que estamos asistiendo al mayor asalto que he vivido a los derechos que nuestras antepasadas creyeron garantizar a todas las mujeres. Al final, hablé porque me habría sentido avergonzada el resto de mis días de no haberlo hecho. Si de algo me arrepiento, es de no haber hablado antes.


«Si denunciamos, como padres y madres, nos atacan o nos envían a los servicios sociales»

Una madre revela la pesadilla distópica de su familia después de que su hija pequeña encontrara una nueva “tribu” en el colegio. Por Susan Dalgety.

Esther es una madre con el corazón roto. Madre de tres niñas, la vida de su familia ha estado dominada por la identidad de género durante casi cinco años. Su hija mayor, Lily, que ahora tiene 17 años, cree que es un hombre atrapado en un cuerpo de mujer, tras haber pasado por un periodo de no binarismo. Su hermana menor, Rachel, tiene 15 años. Ha intentado fajarse los pechos y tomar suplementos de testosterona comprados en Internet, creyendo que puede cambiar de sexo. Ambas han sido “afirmadas” por profesores de su centro de secundaria, en contra de los deseos de su familia, pero de acuerdo con las directrices del gobierno escocés publicadas para los centros escolares en 2021.

Esther, frustrada por años de intentar apoyar a sus hijas mientras luchan con su salud mental, tiene un sencillo mensaje para Nicola Sturgeon y sus ministros que promovieron la identidad de género en las escuelas. “¿En qué estabas pensando? ¿Por qué imponer una agenda adulta a la infancia? ¿No te das cuenta de lo que has hecho?”

Esther y su marido, Chris, están agotados por el sufrimiento que padece su familia. En su acogedora sala de estar, recuerda lo contentos que se pusieron Chris y ella cuando Lily entabló amistades por primera vez. “Está dentro del espectro autista y le resulta difícil hacer amigas. No tenía ninguna cuando empezó la secundaria. Vio la bandera arco iris en una jornada de puertas abiertas en el colegio; fue la bandera lo que la atrajo, no sabía lo que significaba. Era el club del Orgullo y no tardaron en apuntarla. Había encontrado una ‘tribu’”.

Esther describe cómo Lily se obsesionó con la identidad de género. “Era una discusión incesante sobre género y sexualidad. En un momento dado habló de 96 géneros diferentes. Buscaba una reacción. Hablábamos de ello sin parar, en cada comida familiar. Y su hermana pequeña también se interesó. Intentamos ser todo lo comprensivos que se puede ser como padres. Querían banderas, insignias, toda la parafernalia. Y nosotros las apoyamos. Al fin y al cabo, ¿qué es una insignia? No es más que eso…”.

Entonces llegó el COVID y, como casi todos los adolescentes, Lily y su hermana Rachel desaparecieron online. “Al principio del confinamiento, hicimos muchas cosas en familia, como salir a pasear. Pero no era una sociedad normal y las chicas empezaron a pasar la mayor parte del tiempo plantadas frente al ordenador. No sabíamos que la ideología de la identidad de género estaba por todas partes en TikTok y YouTube, y, por supuesto, los algoritmos las fueron absorbieron más y más”.

Esther y Chris aceptaron el consejo de la escuela de que las niñas fueran conocidas por sus nuevos nombres, ya que previamente habían cambiado sus pronombres sin el conocimiento de sus padres. Explica Esther: “Las directrices transgénero promueven el modelo de afirmación, así que lo aceptamos a regañadientes”. Desesperados, buscaron ayuda en los Servicios de Salud Mental para la Infancia y Adolescencia (CAMHS, por sus siglas en inglés), solo para encontrarse con que eran denunciados a los asistentes sociales por “maltrato emocional involuntario”, ya que se negaban a afirmar el cambio de identidad de su hija utilizando en casa el trato en masculino que ella había elegido.

Tras siete meses de espera, los asistentes sociales decidieron que Esther y Chris no tenían ningún caso que responder y sugirieron que la familia fuera derivada al servicio CAMHS para recibir apoyo. “Me reí”, dice Esther.

Cinco años después de que su hija mayor empezara a explorar su identidad de género, Esther dice que ella y su marido están adoptando un enfoque de “espera vigilante”. “Hemos pasado tiempo intentando volver a conectar con ellas para recuperar nuestra unidad familiar (…) Es importante permanecer cerca. Pero están totalmente abducidas por la ideología que ven en Internet, que solo presenta una imagen positiva y ninguna de la realidad o el riesgo”.

“Son una generación idealista; no quieren que haya división entre hombres y mujeres. Cualquiera puede ser cualquier cosa. Como dijo JK Rowling en su tuit: ‘Vístete como quieras…’.

Pero esto es diferente. Al decir a las criaturas que es posible cambiar de sexo, se ha confundido a todo el mundo, y es perjudicial. Veo que todo el mundo reafirma a mis hijas: la escuela, los médicos, los oculistas, dondequiera que vayan, todo con el pretexto de ‘ser amables’. Es una pesadilla distópica. Y si denunciamos, como padres y madres, nos atacan o nos envían a los servicios sociales. Pero todos afirman un engaño”.

 

Esther dice que su única esperanza ahora es el tiempo. “Si podemos mantenerlas lo más alejadas posible de la testosterona y la cirugía mientras su cerebro madura, esperamos que, para cuando lleguen a la ‘mágica’ edad de 25 años, se sientan cómodas en su cuerpo”.


Las mujeres encarceladas no tienen elección: no pueden escapar, sin más

La exdirectora Rhona Hotchkiss explica por qué los hombres transidentificados no tienen cabida en las cárceles para mujeres.

En 2014, cumplí lo que había sido una ambición desde que entré en el servicio penitenciario cinco años antes y me trasladé a HMP Cornton Vale —la única prisión de Escocia solo para mujeres— como directora responsable.

En los dos años que pasé allí, conocí a varios reclusos varones transidentificados y me convencí de forma rotunda de que no debían estar en una cárcel de mujeres. Escuché todos los argumentos: son mujeres, viven como mujeres, son especialmente vulnerables… Pero ninguna de esas afirmaciones resistió un examen minucioso. Los hombres transidentificados plantean a las mujeres los mismos problemas que todos los hombres: todo el mundo sabe cuáles son y por eso no se permite a los hombres como grupo acceder sin restricciones a los espacios, servicios y deportes de las mujeres. Los varones transidentificados no están excluidos de estos espacios por ser trans, sino por ser varones, y lo mismo debería aplicarse a las prisiones.

Me gustaría que la gente recordara que las mujeres encarceladas no tienen elección: no pueden escapar. No pueden evitar compartir espacios íntimos. No pueden “replantearse su trauma”, como sugirió escandalosamente un destacado activista escocés a las supervivientes de violaciones que se sienten incómodas compartiendo su espacio exclusivo con hombres.

Las reclusas deben vivir cerca, a veces muy cerca, de quien decida el servicio penitenciario. No deben decir nada mientras un hombre con una erección, visible a través de sus ajustados leggings, disfruta de su evidente incomodidad. No deben decir nada mientras un hombre agresivo da puñetazos a las paredes, lo cual desencadena descargas de adrenalina y miedo cuando las mujeres reviven la violencia y los abusos masculinos que han sufrido en el pasado. No deben decir nada mientras un hombre, disfrazado de mujer, describe con detalle lo que piensa hacerle a su novia con el pene cuando salga. Y deben guardar silencio cuando una “mujer trans” les dice que no tiene intención de vivir como mujer en la comunidad.

Estos incidentes tan comunes, de los que he sido testigo o me han informado, se ven agravados por el hecho de que, en el Reino Unido, pero no solo aquí, un número desproporcionadamente elevado de hombres transidentificados en prisión son delincuentes sexuales convictos. Sabiendo todo esto, nadie debe pretender que sea aceptable someter a las reclusas a este nivel de incomodidad y amenaza día tras día. No se me ocurre ningún otro grupo vulnerable cuya salvaguarda se ignore en favor de otro grupo —los varones transidentificados en el sistema penitenciario—, cuyas demandas autoexpresadas y en gran medida no analizadas suponen un riesgo tan evidente.

Por supuesto, no todos los hombres transidentificados que conocí en prisión suponían una amenaza física manifiesta para las mujeres. Sin embargo, me di cuenta de que las amenazas emocionales y psicológicas menos evidentes son igual de importantes, y que las prisiones no tienen un modo eficaz de evaluar o eliminar ese riesgo. No se trata de hombres buenos contra hombres malos; se trata de hombres. No todos los hombres, ni mucho menos, pero al igual que en cualquier otro lugar en el que sea importante, las mujeres encarceladas deben ser protegidas de aquellos hombres cuya presencia pueda perjudicarlas.

Los reclusos transgénero “aterrorizan” a las reclusas, según un informe secreto

La gota que colmó el vaso de mi creciente malestar fue saber que no había absolutamente ninguna necesidad de alojar a hombres, ni siquiera a los más expuestos al riesgo, con mujeres. El Servicio Penitenciario Escocés (SPS) tiene un excelente historial de protección de hombres vulnerables: homosexuales, expolíticos, expolicías y funcionarios de prisiones, delatores y, sí, asesinos y violadores de niños y niñas. Se les ingresa, en número considerable, de forma rutinaria y generalmente segura. Nadie ha sugerido nunca que el único lugar seguro para estos varones vulnerables sea una cárcel de mujeres. Sin embargo, en mis últimos meses al frente de Cornton Vale, se planteó la posibilidad de trasladar a un hombre —uno de los presos más conocidos, violentos, manipuladores y peligrosos de los 8.500 que hay en Escocia— a la cárcel de mujeres, ya que había empezado a identificarse como mujer. “’No en mi guardia’”, recuerdo haberle dicho a mi adjunto. Se descartaron los planes.

En verano de 2017, me convertí en directora responsable de HMP Greenock, una prisión con mayoría de hombres, pero con un módulo de mujeres que representa alrededor de una quinta parte de la población carcelaria. Fue el comportamiento de los hombres transidentificados lo que finalmente me impulsó a plantear la cuestión internamente, siempre que podía, reforzada por la experiencia de los miembros de mi personal, muchos de los cuales me dijeron que no estaban de acuerdo con la política. Ninguno me dijo que sí lo estuviera.

Me jubilé del servicio penitenciario, con 57 años, en 2019. Desde el momento en que me sentí por fin capaz de alzar la voz, se sucedieron las invitaciones para hablar de la difícil situación de las mujeres en prisión. En las primeras semanas de 2023 alcanzó su punto álgido con el encarcelamiento de un violento delincuente sexual, Adam Graham (también conocido como Isla Bryson). Tras ser declarado culpable de violar a dos mujeres, fue enviado a Cornton Vale en espera de sentencia. Más tarde se supo que el servicio penitenciario había anulado una decisión inicial del servicio judicial de llevar a Graham/Bryson a Barlinnie, una prisión de hombres.

Durante tres o cuatro días, parecía que yo era la única voz que los medios de comunicación querían oír. La serenidad habitual de Nicola Sturgeon pareció abandonarla. Miles de mujeres escocesas gritaron: “¡Os lo advertimos!”. La postura de Sturgeon sobre el impacto de sus reformas de reconocimiento del género fracasó ante la más rigurosa de las pruebas: la realidad.

Extraído de The Women Who Wouldn’t Wheesht: Voices from the Front-Line of Scotland’s Battle for Women’s Rights (Las mujeres que no callaron, voces desde la primera línea de la batalla escocesa por los derechos de la mujer), editado por Susan Dalgety y Lucy Hunter Blackburn.

© Susan Dalgety y Lucy Hunter Blackburn 2024.

Artículo original
Comparte esto:
Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver Política de cookies
Privacidad