Algunas de las pancartas exhibidas en el Trans Pride de Londres el pasado sábado son para Josephine Bartosch una señal de lo que está por venir. «Armad a las personas trans», decía una de ellas; fotos de feministas como J.K. Rowling, Susan Smith y Marion Calder, crudamente etiquetadas como «Putas trolls del infierno». El rumbo del transactivismo es evidente. Nunca se trató de amabilidad. Siempre se trató de coerción.
La vida no es fácil para los transactivistas: a pesar de disfrutar de los mismos derechos legales que cualquier otro ciudadano, muchos aún enmarcan su causa en el lenguaje de la opresión. Hay que reconocerles que se requiere cierta osadía para reivindicar el victimismo mientras se amenaza a otras personas. Sin embargo, eso es precisamente lo que se vio en la marcha del sábado por los «derechos trans» en Londres, con 100.000 personas.
En la marcha se vieron pancartas que exigían hormonas gratuitas, reconocimiento legal de las identidades no binarias y, lo más escalofriante, «Armad a las personas trans«. También se exhibieron fotos de feministas como J.K. Rowling, Susan Smith y Marion Calder, crudamente etiquetadas como «Putas trolls del infierno».
Entre quienes lideraban la marcha se encontraba Sarah Jane —nacido Alan— Baker, el preso trans con más años de prisión en Gran Bretaña. Con la frase «Libertad para Gaza» escrita en el pecho, el exconvicto encabezó los cánticos a través de un megáfono. Baker fue condenado por secuestro y tortura, y durante su encarcelamiento también fue declarado culpable de intento de asesinato de un compañero de prisión. En prisión, también encontró tiempo para castrarse. En 2023, instó a una multitud a «dar un puñetazo a las terfs en la cara» y desde entonces ha ganado reconocimiento por organizar manifestaciones por los derechos de las personas trans.
«Cada vez que golpeas a una terf, un trans consigue más derechos». Trans Pride London. Vía @MrMennoTweets
Las terfs comen mierda. Trans Pride London. Vía @MrMennoTweets
El transactivismo siempre ha atraído a abusones. Recibí mi primera amenaza hace casi una década, y desde entonces, las activistas por los derechos de las mujeres que conozco han enfrentado acoso, agresión, amenazas de bomba y persecución legal por intentar organizar reuniones. Otras han sido expulsadas de sus trabajos o arrastradas a los tribunales.
Durante años, este comportamiento fue ignorado por los políticos, mientras que Stonewall, las celebridades y los departamentos de recursos humanos dieron un brillo de legitimidad a demandas que eran desquiciadas desde el principio.
Pero ese brillo ahora se ha desvanecido. Gracias al resurgimiento del movimiento de mujeres y al fallo del Tribunal Supremo que afirma que el sexo significa biología, el lobby trans ha salido a la luz. Esto ha sido un shock para los transactivistas que, hace apenas unos años, estaban a punto de reescribir la ley.
Los organizadores de la marcha del sábado afirmaron que era para celebrar la «existencia y la resistencia». Con una narrativa trillada de persecución, el fundador del Orgullo Trans, Lewis G. Burton, criticó duramente la sentencia judicial, declarando: «Pueden intentar quitarnos nuestros derechos, pero nunca nos expulsarán de la sociedad. Somos parte de la humanidad, y la gente no se quedará de brazos cruzados mientras se daña a nuestra comunidad».
Seamos claros: nadie niega que las personas trans sean humanas ni que merezcan los mismos derechos que las demás. Lo que se cuestiona no es su existencia, sino su intento de reestructurar la sociedad en torno a sus sentimientos.
Las demandas de este movimiento no tenían un mandato. Los cambios en las leyes y políticas se impulsaron sigilosamente, con grupos de presión que cooptaban a los empleadores mediante sesiones de capacitación y políticas modelo. Pero cuando la gente se dio cuenta, dijo que no. Y para quienes están acostumbrados a salirse con la suya, el «no» resulta aterradoramente desconocido.
El Gobierno debería haber escuchado a quienes dieron la voz de alarma. Las feministas —muchas de las cuales reconocen las tácticas empleadas por los abusadores— advirtieron que esto nunca se trató de amabilidad. Siempre se trató de coerción. Ahora, con «Armad a las personas trans» como lema, el rumbo es evidente. Las pancartas del Orgullo Trans+ no han sido una anécdota. Son una señal de lo que está por venir.
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