El ejemplo más claro de cómo la autoidentificación (del sexo legal), según la cual los hombres pueden simplemente declarar que son mujeres, resulta un desastre sin paliativos es cuando los delincuentes sexuales declaran que de repente son mujeres después de cometer el delito. Todos lo hemos visto: Isla Bryson en Escocia, Karen White en Inglaterra, y muchos otros casos en los que presuntos violadores deciden, antes del juicio o de la sentencia, que son mujeres.

El último escándalo es el de Dominic Carter, que esta semana acudió al tribunal vestido de rosa y diciendo ser una mujer llamada Sophie. Carter había sido descubierto con varias imágenes de abusos a menores en su ordenador portátil, dos de ellas de la categoría más grave. Fue procesado con su nombre original, Dominic Carter, pero en la vista de sentencia, el abogado de Carter se dirigió al tribunal para informar al juez de que Carter ahora se conoce como Sophie y se identifica como mujer.

Como señalan desde hace tiempo las feministas, los argumentos esgrimidos por estos hombres, de que realmente son mujeres, resultan profundamente ofensivos para las mujeres reales. Estos personajes parecen decantarse a menudo por atuendos «femeninos» estereotipados: vestidos rosas, pelo largo y uñas pintadas. No somos un disfraz, y no deseamos que nos definan como mujeres basándose en fruslerías femeninas y estereotipos sexistas. Somos biológicamente mujeres y hemos sido socializadas como tales. Los hombres que se autoidentifican como trans no son ni lo uno ni lo otro.

Las mujeres trans presentan un patrón de criminalidad que no difiere del de otros hombres. De hecho, las cifras publicadas por el Ministerio de Justicia en 2018 mostraron que la mitad de los presos trans han sido condenados por más de un delito sexual, casi todos contra mujeres y menores.

Por lo tanto, declararse «mujer trans» ciertamente no les hace más seguros. De hecho, pone a las mujeres y a las niñas en mayor peligro, porque se las puede engañar con una falsa sensación de seguridad.

Los transactivistas insisten en que las mujeres deben preocuparse por los «hombres» y no por las «mujeres trans». Díganme cuál es la diferencia.

Las mujeres ya están hartas. Cada vez hay menos personas a las que se engaña haciéndoles creer que las llamadas mujeres trans son diferentes de los hombres. Parece probable que algunos hombres que se enfrentan a un juicio sigan el camino de la transición para ser tratados con más indulgencia en los tribunales, o para acceder a víctimas potenciales en espacios de un solo sexo.

Es escandaloso que las estadísticas sobre delitos estén sesgadas porque la policía y los tribunales registran a hombres como Dominic Carter como mujeres cuando cometen delitos sexuales. Acabemos ya con esta laguna jurídica. Nunca debe permitirse que los hombres que cometen actos de violencia y abusos sexuales se oculten tras la cortina de humo de la identidad de género.

Utilizar una identidad transgénero en los tribunales como atenuante en casos de delitos sexuales es justo lo contrario de lo que debería ocurrir. Debería darse por sentado que cualquier hombre acusado de delitos sexuales que posteriormente se autoidentifique como mujer debe ser interrogado sobre sus motivos ocultos.

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