El nuevo libro de la académica conjura enemigos por doquier

¿Le preocupa que los médicos administren fármacos que destrozan la fertilidad de adolescentes físicamente sanos? ¿Le molesta que se ingrese a violadores con mujeres presas o que se permita a cualquier hombre entrar en el vestuario de una mujer si así lo decide? ¿Le fastidia ver a hombres corpulentos pulverizando récords en el deporte femenino? Venga, ¿por qué no admite lo que realmente teme? La gurú de los estudios de género más famosa del mundo, Judith Butler, quiere meterse en tu cabeza; para ello, está incluso dispuesta a abandonar su famosísimo estilo de opaca prosa. El resultado de su esfuerzo, Who’s Afraid of Gender? (¿Quién teme al género?), sale esta semana.

Aunque ha publicado prolíficamente sobre temas conexos, hacía tiempo que Butler no dedicaba un libro entero a sus propias reflexiones sobre el género. Entre tanto, han cambiado algunas cosas, como sus pronombres (ahora es “elle”, aunque, generosa que es ella, está dispuesta a tolerar el tratamiento anterior) y la longitud de las frases, que —al menos de momento— ya no se extienden con toda su épica para rellenar páginas enteras. Sin embargo, pese a las ambiciones aparentemente comerciales de la nueva publicación, mantiene algunos hábitos ya conocidos.

No va con ella la pedestre tarea de repasar los argumentos de los críticos, aportar pruebas imparciales y exponer pacientemente las contradicciones y las lagunas internas de una manera discreta pero acumulativamente devastadora. En la extensa introducción del libro, nos dice que, “por supuesto”, podría “aportar buenos argumentos sobre por qué considerar el género de esta manera es erróneo, lo cual sería útil para educadores y responsables políticos”; de hecho, “como educadora” ella también, es “tentador tratar de exponer y pinchar esta caricatura incendiaria del género a través de un ejercicio intelectual”. Sin embargo, por muy tentada que esté, resulta que no se va a entretener mucho en esas cosas. Al contrario, quiere dar a la gente lo que nadie le ha pedido: una deconstrucción de los “elementos sintácticos” del “movimiento antigénero”, entendido como una “escena fantasmática” según la “formulación teórica de Jean Laplanche”.

Traducido al español vulgar y corriente, Butler va a tumbar a la gente antigénero en el diván del psiquiatra. No parece inmutarse por el hecho de que, en el planteamiento de su caso, no pueda definir claramente el “género”.

 

Su afirmación definitiva es que se trata de “una sensación sentida del cuerpo, en sus superficies y profundidades, una sensación vivida de ser un cuerpo en el mundo de esta manera”.

 

Pero no te preocupes por los detalles engorrosos: si eres antigénero (signifique eso lo que signifique), es muy probable que seas un tarado patriarcal racista y cristiano nacionalista… además de gay en el armario. Ella sondea tu inconsciente, recuerda, y te entiende mejor que tú.

O tal vez —y esto siendo lo más benévola que se pueda– eres simplemente un lerdo ingenuo y crédulo para quien entrar en pánico moral sobre el matrimonio gay y los libros de la biblioteca LGBTQ+ actúa como un sustituto psíquico de los temores razonables sobre el cambio climático y el neoliberalismo. Como tal, te la juega la retórica reaccionaria de varios personajes deplorables, como Orbán, Trump, Bolsonaro, varios Papas y, ejem, J.K. Rowling, Holly Lawford-Smith y Kathleen Stock. En un capítulo entero pasa incomprensiblemente del epígrafe “Más sexo, por favor, somos británicos” para decantarse por “Las TERF y los asuntos británicos relacionados con el sexo”.

Aunque a veces la autora finge una curiosidad caritativa por algunos de sus objetivos argumentativos, la actitud nunca perdura. Una frase sobre las feministas críticas con el género que empieza con “Para ser justa” acaba, apenas uno o dos incisos después, hablando de sus supuestas afinidades con la “política fascista”. No hay una sola objeción presentada contra sus oponentes que no venga cargada con la implicación de mancha moral y/o estupidez. Por supuesto, pintar a los enemigos intelectuales de una como personajes de dibujos animados es una táctica conocida del transactivismo moderno; aun así, resulta chocante leerlo de forma tan burda en palabras de alguien que conserva una gran reputación en muchos sectores.

También llama la atención lo manidas que son algunas de sus reflexiones. En su época de esplendor, Butler escribía con un poco de garbo y originalidad, siempre y cuando lograras descifrarla, claro. En cambio, aquí se muestra servil a los tropos activistas establecidos, con toda la profundidad de un vídeo de TikTok en algunos momentos. Incluso cita a Pink News como fuente fiable. De hecho, si has pasado mucho tiempo rondando la llamada “comunidad queer” en la última década, ya habrás leído muchos de los puntos de discusión de este libro.

Mientras que antes insistía, de forma admirable, en la fluidez y la impermanencia en la expresión de la identidad de género, ahora exhorta a la “afirmación” y al reconocimiento de “la realidad de las vidas trans”. El capítulo sobre las denominadas TERF británicas es un compendio de calumnias vertidas por adolescentes en Internet sobre sus madres críticas con el género: no son verdaderas feministas; son racistas consumadas, obsesionadas por un ideal blanco de la mujeridad, defensoras del “colonialismo y el imperio”; difunden “miedos infundados” sobre las vulnerables mujeres trans y demás lindezas…

Elige por conveniencia las pruebas y, a menudo, las extrae de fuentes partidistas. No hay ningún intento real de tomarse en serio las crecientes pruebas procedentes de hospitales y denunciantes de negligencia médica contra niños, niñas y adolescentes en nombre de la “afirmación”; el creciente número de agresiones contra mujeres y niñas como resultado de la autoidentificación; la desmoralización de mujeres deportistas desplazadas; o el dolor físico y psicológico de las personas detransicionadas. Sobre esto último, afirma que “la tasa de arrepentimiento de personas de todas las edades es muy pequeña”, basándose en un único estudio de 2021 que ha sido duramente criticado desde entonces.

Como es habitual también en las discusiones con avatares de anime en Twitter, encontramos esa fatua y retorcida argumentación: decís que os interesa detener la violencia contra las presas, pero ¿por qué no os preocupa que los guardias de prisiones las violen? (Pues… ¡¿porque claro que nos preocupa?!) Como de costumbre, el mensaje parece ser que estas cosas no están sucediendo realmente; e incluso si así fuera, realmente no importarían.

“Elige por conveniencia las pruebas y, a menudo, las extrae de fuentes partidistas”.

 

Del mismo modo, Butler declara que yo personalmente aporto “toxicidad” y “crueldad” al insistir en que un varón que se declara mujer sigue sin serlo. “Imagina que fueras judío y alguien te dijera que no lo eres. Imagina que eres lesbiana y alguien se ríe en tu cara y te dice que estás confundida porque en realidad eres heterosexual”. Como apuntó entre risas una amiga judía cuando se lo comenté, hay judíos que se pasan la vida insistiendo en que otros aspirantes no son realmente judíos. Y como lamentablemente sé por experiencia personal, algo parecido ocurre también con las lesbianas. Pero en los histriónicos cálculos de Butler, no afirmar las reivindicaciones identitarias de otra persona es al parecer más traumático que cualquier cosa que un cirujano pudiera hacerle a un o una adolescente transidentificada confundida e infeliz, o un violador transidentificado a una presa ya de por sí traumatizada.

También se queja de que la crítica ha malinterpretado la naturaleza de la construcción social en anteriores escritos sobre su obra; y que ella puede sostener, y de hecho sostiene, que el sexo biológico es “real” (vamos, más o menos), aunque también sea “mutable”. Ya he pasado mucho tiempo en las canteras académicas intentando dar sentido a las contradicciones de la obra de Butler, así que dejaré que otros decidan quién tiene razón. Prefiero centrarme en una cuestión más interesante, perfectamente legítima por el precedente que ella misma sienta. Al publicar un libro tan terrible, ¿qué le ocurre a Butler desde el punto de vista psicoanalítico? ¿De qué tiene miedo realmente?

Dada su conocida volatilidad, una respuesta plausible son los transactivistas; un temor que también se manifiesta en la sumisa observación de la autora de que sus propias opiniones publicadas anteriormente sobre el género han resultado “cuestionables en varios aspectos, especialmente a la luz de las críticas trans y materialistas”. Al fin y al cabo, si lo que se considera una metodología aceptable en tu propia disciplina académica incluye avergonzar a otros por daños incuantificables a una comunidad muy mitificada, tarde o temprano una Grande como Butler acabará siendo víctima de esa práctica. Cuanto más venerable te vuelves, más probable es que jóvenes aspirantes vengan a por tu trono. Y tienen herramientas aterradoras a su disposición. Si yo fuera ella, también estaría asustada.

Pero sospecho que hay un miedo más profundo y un deseo inconsciente de sublimar la culpa. (¿Ve lo molesto que es, profesora Butler?) El nivel de proyección en este libro —me refiero a la atribución a otros de rasgos no reconocidos del propio comportamiento, en el sentido freudiano y jungiano— se sale de la escala.

Butler ve canceladores autoritarios y enemigos del pensamiento crítico por todas partes, aunque parece ser que no tanto entre sus más próximos.

 

Nos dice que en el movimiento antigénero existe un odio a la discusión racional. Decir que el género es una ideología es, en sí mismo, “un movimiento ideológico por excelencia”. Mientras que los estudios de género —los estudios de género, ¡por favor!— son un “campo diverso, marcado por el debate interno”, sus enemigos se niegan a “leer los textos a los que se oponen —o a aprender a leerlos mejor—” y “no se atienen a normas de consistencia o coherencia”. Es imposible convencer a los miembros del movimiento antigénero “con buenos argumentos por miedo a que la lectura introduzca confusión en la mente de la lectora o la ponga en contacto directo con el diablo”. Para cualquiera a quien se haya cancelado por las quejas transactivistas, a quien se haya sometido a un expediente disciplinario o algo peor a causa de opiniones críticas con el género o a quien se haya agotado sin remedio con una de las frases anteriores de Butler, este aspecto del libro debería ir acompañado de una advertencia sanitaria.

Aun así, hay algo correcto en la observación de Butler de que los críticos del transactivismo son cada vez más intolerantes y antiliberales. La emoción dominante que les atribuye es el miedo, pero un sustantivo más preciso sería la furia. Es obvio que muchas personas en todo el mundo se han enfurecido por la extralimitación grandiosa y narcisista de académicos como ella: pensadores indiferentes a los estragos que causan en el mundo real sus descabelladas ideas y sus impenetrables códigos de expresión, y que ponen en la picota a todos los objetores tachándolos de malintencionados o profundamente confundidos, sin importar el razonamiento de fondo. Butler tiene razón al temer el aumento de las amenazas contra las personas LGBT y las mujeres en todo el mundo, pero no se da cuenta de su gran responsabilidad en la etiología del problema. A título personal, ni remotamente me asusta el género, entendido sin más como expresión sexual y corporal, pero sí que me asusta mucho lo que Judith Butler ha hecho con él.

Kathleen Stock es columnista de UnHerd y codirectora de The Lesbian Project.

 

 

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