Se pregunta Kathleen Stock por qué hay lesbianas dispuestas a compincharse con varones transfemeninos que exigen ser aceptados como parejas por las lesbianas. Y apunta a la idea de que esa aceptación sea entendida como una obligación moral, una cruzada, una obra de caridad. Como resultado de esas tácticas de presión, afirma Stock, algunas lesbianas acabarán acostándose con hombres. Pero no les gustará. Y si les acaba gustando, probablemente no sean lesbianas.

Si eres millennial tardío o de la Generación Z temprano, probablemente tu vida sea bastante dura en estos momentos. Lo más probable es que no puedas permitirte comprar tu propia casa, ni siquiera salir mucho a socializar. Quizá tampoco puedas evitar sentirte culpable: por comer carne, por no reciclar, por tener antepasados inmorales, por usar las palabras equivocadas. Y casi seguro que no puedes despegarte del teléfono. Pero no todo son malas noticias. Sean cuales sean tus circunstancias materiales o biológicas, hay al menos una cosa que sí puedes hacer. Puedes convertirte en lesbiana.

Este es el mensaje de Robyn Exton, directora ejecutiva de la aplicación de citas para lesbianas HER, dirigida principalmente a veinteañeras y treintañeras. Robyn es una entusiasta de la causa del lesbianismo para todos. La semana pasada, con motivo del Día de la Visibilidad Lésbica, escribió una beligerante declaración en la página web de su empresa, en la que afirmaba que los intentos de confinar la categoría de lesbiana a «sólo aquellas a las que se les ha asignado sexo femenino al nacer» implica una creencia «retorcida y errónea» «sobre lo que puede o no puede implicar ser lesbiana». «El futuro de las lesbianas es trans», continuó, antes de declarar: «todos debemos afirmar a las lesbianas trans y no binarias… todos debemos estar mejor informados y esforzarnos». Y concluyó:

«En el Día de la Visibilidad Lésbica, asegurémonos de que todas las lesbianas son vistas, celebradas y acogidas, independientemente de su sexo. No existen las ‘lesbianas de verdad’. Más tarde, envió un mensaje a todas las usuarias para que se borraran de la aplicación HER si no estaban de acuerdo, e hizo un vídeo TikTok en el mismo sentido.

Con base en un episodio de Ellen [Degeneres] que recurre a los estereotipos populares sobre lesbianas voraces que roban las esposas de los hombres, hay un chiste que dice que siempre que reclutas suficientes mujeres para la causa sáfica, ganas una tostadora. Exton parece creer que puede ganar una tostadora para su versión preferida del lesbianismo lanzando insultos a las que no están convencidas. Si entras en esta categoría, sugiere, eres una «irrelevante lesbiana rancia pasada de moda», una «fascista», una «intolerante transfóbica llena de odio» y una «payasa triste y odiosa». Como técnica de seducción es bastante audaz.

Al redibujar los mapas de la feminidad y la masculinidad, tan fundamentales para la vida humana en numerosos aspectos, los y las transactivistas como Exton han redibujado varios mapas más. Uno de ellos representa las orientaciones sexuales -heterosexual, homosexual, bisexual-, que antes se entendían como patrones distintivos de atracción entre los sexos biológicos por definición, pero ahora ya no. Ignorando todo lo que sabemos sobre la sexualidad humana, las características sexuales primarias y secundarias se tratan ahora como el envoltorio físico insignificantemente importante de las irresistiblemente calientes identidades del género que laten en nuestro interior.

Según esta demente metafísica sexual, si un hombre se identifica como mujer y también se siente atraído por mujeres, cuenta como «lesbiana trans», lo que también significa que es lesbiana, y más vale que no te opongas a que aparezca en la aplicación de citas por la que acabas de pagar.

La directora de Stonewall, Nancy Kelley, está de acuerdo; la diferencia entre «lesbianas» femeninas y masculinas es tratada ahora por las figuras de autoridad LGBTQ+ como si no fuera más importante que la diferencia entre escocesas e inglesas.

La cultura queer aún te permite a ti, desventurada mujer en busca de mujeres, el derecho a rechazar a cualquier «lesbiana trans» por motivos puramente individuales de preferencia o gusto. Quizá no te guste su política, o su tono de pintalabios, o algo así. Esto se trata como una simple cuestión de consentimiento.

Pero ay de ti si lo rechazas porque no es de tu sexo, o si indicas en tu perfil de citas que sólo quieres tener relaciones sexuales con mujeres. En este último caso, lo más probable es que te expulsen de cualquier aplicación queer que utilices, como también te expulsarían por utilizar los pronombres que acabo de usar, para que quede claro.

En teoría, el mapa de las orientaciones sexuales debería redibujarse para cada orientación por igual, pero en la práctica se ha alterado sobre todo para las lesbianas. Al navegar por las aplicaciones y buscar el amor, es inevitable encontrarse con fotos de hombres adultos, vestidos con extravagantes adornos florales y pinzas para el pelo, adoptando el tipo de inclinaciones de cabeza femeninas que se vieron por última vez en Shirley Temple en los años cuarenta. «Trabajar» para «afirmar» a estas personas, como Exton exhorta a las lesbianas, implica sobre todo salir con ellas y acostarse con ellas.

Muchos [de los llamados] «lesbianas trans» son autoginéfilos, para quienes la adopción de una identidad lésbica puede añadirse a una larga lista de placeres fetichizados sobre la feminidad. Para los que no son crónicamente ingenuos, no hay ningún misterio en cuanto a por qué los fetichistas harían esto; pero es un misterio por qué tantas lesbianas, en el sentido estricto de la palabra, parecen encantadas de compincharse con ellos. ¿Por qué les gusta tanto intentar intimidar y avergonzar a sus compañeras para que se acuesten con hombres con los pronombres correctos? El número de personas que se identifican como «mujeres LGBTQ+» supera con creces al de mujeres atraídas por personas del mismo sexo, por lo que probablemente tenga sentido que una empresa como una aplicación de citas extienda su red lo máximo posible para maximizar el número de consumidores potenciales. Pero esta no puede ser la explicación para todo el mundo.

Un aspecto poco apreciado del discurso actual sobre el lesbianismo parece ser la extraña idea que flota en el ambiente de que comprometerse a amar a las mujeres, como mujer que eres, es una especie de vocación moral.

En efecto, Exton y Kelley actúan como si, una vez que te has declarado lesbiana (sea cual sea la definición), tuvieras la obligación moral de no rechazar sexualmente a ninguna mujer (o «mujer»), simplemente por su condición de mujer. Si puedes apelar a alguna otra preferencia personal menos arrolladora y más individual para librarte del problema, eso es diferente.

Ahora bien, se puede discutir con su visión subyacente de la feminidad -y yo lo hago-, pero también se puede estar en desacuerdo con la implicación de que ser lesbiana te compromete éticamente con una actitud de «no dejar a ninguna mujer atrás», al menos en teoría. De hecho, la moralidad no tiene nada que ver con ello. Si, como mujer, alguna vez acabas rechazando sexualmente a otra mujer simplemente porque es una mujer -y por ninguna otra razón-, entonces no has fracasado moralmente, aunque puede que hayas dejado de ser lesbiana.

Concebir tu orientación sexual como una especie de trabajo evangelizador puede parecer extraño -y quizá lo sea especialmente para muchos heterosexuales-, pero también está apuntalado por una popular concepción contemporánea del deseo. Desde este punto de vista, los deseos sexuales pueden ser moralmente criticados y potencialmente perfeccionados. No se trata de la afirmación mundana de que se puede elegir no actuar según fantasías desviadas. Se trata más bien de la idea de que, simplemente por motivos éticos, puedes esforzarte por insuflar fuego en tus entrañas donde antes no lo había o, alternativamente, extinguirlo por completo. En consecuencia, los hombres homosexuales deberían dejar de desear «no gordos, no afeminados» en Grindr; los hombres negros deberían desear más a menudo a las mujeres negras; está mal sentir repulsión sexual simplemente por el peso; etc.

Irónicamente, las primeras en adoptar la idea de que el deseo podía responder directamente a la propia conciencia fueron las llamadas «lesbianas políticas», que defendían que cualquier mujer podía convertirse en lesbiana en teoría, e instaban a las mujeres heterosexuales a hacerlo por motivos éticos de lucha contra el patriarcado. Entendida popularmente como la idea de que se puede elegir sentirse excitado por una mujer por motivos políticos, esto es una tontería. En general, no puedes reprenderte a ti misma para que te excite algo o alguien que, de otro modo, te dejaría fría, a menos, claro está, que reprenderte a ti misma sea ya una manía tuya.

En los debates, a menudo llenos de conflictos, sobre la validez del lesbianismo político, a veces se asume que sólo hay dos opciones – «nacer así» o elegir- y si la idea de un único determinante genético es falsa, entonces tu sexualidad debe ser elegida libremente. Pero esa es una alternativa falsa. No existe un único gen gay, y la sexualidad puede tener, y obviamente tiene, causas ambientales. Pero de ahí no se deduce que puedas elegir lo que te gusta o no en la cama. No puedes elegir tu entorno ni sus complejos efectos sobre ti. Sí, puedes decidir dejar a tu marido y vivir con una mujer para hacer frente al patriarcado. Pero no puedes elegir lo que sentirás cuando ella te toque.

Estos planteamientos parecen perdidos para gente como Exton y Kelley, empeñadas inútil y destructivamente en sacar a las lesbianas de su homosexualidad, avergonzándolas para que se acuesten con hombres como una forma de obra de caridad. No me cabe duda de que, como resultado de esas tácticas de presión, algunas lesbianas acabarán acostándose con hombres. Pero no les gustará. Que no les guste no es ni una victoria moral del lesbianismo ni una derrota. Es una simple descripción de la sexualidad lesbiana. Y si les acaba gustando, probablemente no sean lesbianas.

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