Kishwer Falkner, Baroness Falkner of Margravine, jefa de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos EHRC, el organismo británico de vigilancia de los derechos humanos, está siendo acosada por defender a las mujeres. Las acusaciones parten de los propios empleados de la Comisión. Falkner ha pedido al gobierno que se modifique la legislación a fin de introducir protecciones legales explícitas para las mujeres en espacios en los que esa distinción es realmente importante.

La baronesa Falkner de Margravine no es la idea que una persona racional tiene de una extremista. Pocos diputados y ex miembros del Partido Liberal Demócrata lo son. La noción sería risible si no fuera lo que parecen creer los ejecutivos de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos, que ella preside. Después de que Lady Falkner se atreviera a disentir de las ortodoxias de moda sobre los derechos de las personas transgénero, el personal del organismo de control que dirige planteó quejas de acoso y las comunicó a la prensa. Aunque la investigación se archivó anoche, la polémica ha suscitado preguntas desconcertantes.

En febrero, los comisarios de la EHRC acordaron por unanimidad respaldar una revisión de la Ley de Igualdad para que refleje mejor las distinciones entre sexo biológico y género. En abril, Lady Falkner escribió al gobierno para sugerir que se modificara la legislación a fin de introducir protecciones legales explícitas para las mujeres biológicas en espacios en los que esa distinción es realmente importante, como los vestuarios y las salas de hospital. Esta medida, totalmente sensata, fue recibida con insultos en las redes sociales.

Lady Falkner declaró a este periódico que la habían tachado de nazi y de «escoria transfóbica».

Las mujeres que se atreven a afirmar que la realidad biológica importa en el debate trans están ahora tristemente acostumbradas a este tipo de trato, a menudo por parte de trolls sin rostro, demasiado cobardes para identificarse. Esas mujeres no deberían esperar ser víctimas de funcionarios públicos por sus opiniones [sobre los derechos de las mujeres]. Sin embargo, esto es lo que parece haber ocurrido en el caso de Kishwer Falkner. Al defender la protección de las mujeres, ella y sus comisarios desautorizaron al personal del organismo de control. Sólo entonces los empleados plantearon quejas sobre el comportamiento de Falkner y compartieron sus preocupaciones con Channel 4 News. «Golpe de efecto» y «ridículamente mezquino», así fueron descritas esas quejas a The Times esta semana.

Por supuesto, si las investigaciones corroboran de forma independiente cualquier denuncia de intimidación y acoso, entonces Lady Falkner deberá rendir cuentas. Pero la impresión inequívoca es que se trata de unos ideólogos que pretenden castigar a una funcionaria pública por hacer su trabajo, que no consiste en repetir como un loro los mantras de moda sobre el género, sino en garantizar que la legislación sobre igualdad en este país respeta los derechos de todos. Que los empleados de un organismo de control financiado con fondos públicos se comporten de esa manera es indefendible.

También lo es informar a la prensa, lo que, como ha reconocido la EHRC, perjudicó una investigación realizada por un abogado independiente cuyos servicios iban a costar 120.000 libras a los contribuyentes. Existen canales aceptados para mediar en conflictos laborales. No implican la difusión de calumnias e insinuaciones a través de los medios de comunicación. La comisión estaría justificada si, como se sugirió anoche, decidiera abandonar la investigación. Y Lady Falkner estaría en su derecho de negarse a participar en un proceso que ya ha sido desacreditado.

Demasiadas mujeres que han adoptado la misma postura han recibido un trato similar. Sus legítimas preocupaciones sobre los espacios para un solo sexo, tan importantes para su sensación de seguridad y bienestar, no sólo se han desestimado, sino que se han respondido con un venenoso vitriolo.

Si hay alguien en Gran Bretaña que debería saber que no debe oponerse a este objetivo, es el personal del organismo de control de la igualdad. Hay que elogiar a Lady Falkner por anteponer la seguridad de las mujeres. Los ministros deberían mostrar su solidaridad y adoptar sus recomendaciones para cambiar la ley lo antes posible. La era de la intimidación por parte del lobby transextremista debe terminar.

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