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Alicia Díaz

La camarada Lidia Falcón saltó como un resorte en mitad de una batalla dialéctica que venía cuajándose desde la endogamia propia de los debates con repercusión minoritaria. Había miedo, sobrevolaban los aromas a censura y se temía por ese retrogusto amargo que dejan los tabúes cuando se abandona el cálido cobijo de lo políticamente correcto. Hablar del lobby gay es de fascistas — todo es fascismo — y un movimiento político como el feminismo, que es netamente de izquierdas — por razones históricas evidentes — no podía caer en tamaña desconsideración para defender sus posturas, por mucho que se hayan financiado fiestas, carrozas, carreras con zapatos de tacones o festivales extremadamente sexistas bajo las siglas LGTBI.

El problema no son las personas que configuran estas siglas que tienen todo el derecho del mundo a denunciar comportamientos discriminatorios por orientación sexual y reclamar, así, leyes que permitan protegerles en situaciones en los que sean sujetos de vulnerabilidad; el problema son los intereses espurios de quienes lideran muchas de estas organizaciones en nombre de todo un colectivo.

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