Por Victoria Smith.
“Supongamos que un individuo cree en algo con todo su corazón”, escribieron Leon Festinger, Henry Riecken y Stanley Schachter en su clásico de 1954 Cuando la profecía falla: Supongamos además que tiene un compromiso con esta creencia y que ha tomado acciones irrevocables debido a ella. Finalmente, supongamos que se le presenta la evidencia, una evidencia inequívoca e innegable, de que su creencia es errónea: ¿qué sucederá?”
En opinión de Festinger y otros, en lugar de renunciar a su creencia, un individuo “con frecuencia emergerá no sólo firme, sino incluso más convencido de la verdad de sus creencias que nunca antes”. Seguir manteniendo la creencia puede ser difícil, pero a menudo puede ser mucho menos mortificante y destructor del alma que enfrentar la alternativa.
Pensé en este argumento cuando vi un clip del “comediante” británico John Oliver ridiculizando a quienes piensan que las categorías deportivas femeninas deberían ser sólo para mujeres. En un momento, Oliver se refiere al nadador Michael Phelps —como invariablemente hace todo aquel que pierde una discusión sobre las diferencias biológicas en los deportes— y bromea diciendo que a Phelps se le permitió competir con otros nadadores «a pesar de ser medio delfín».
Para que quede claro, no estoy sugiriendo que Oliver crea que Phelps realmente sea en parte un delfín. Es solo una broma, una broma sobre el hecho de que todos somos diferentes y algunas personas son más grandes que otras y eso significa, eh, ¡una cosa o la otra! Fue en ese momento, sin embargo, que no pude evitar preguntarme cómo se sintió Oliver al tener que decir todas esas tonterías.
Al igual que muchos de su “lado” político, Oliver se comportaba como un sectario que, ahora que se ha expuesto lo ridículo de sus creencias, se hunde aún más en ellas. El problema es que no estoy convencida de que crea realmente, o haya creído alguna vez, lo que afirma. Es basura, y él siempre lo ha sabido. Es imposible no saberlo.
Creer que el sexo no importa no es como creer en el Segundo Advenimiento. Hay amplia evidencia de que así es. Nadie debería discutir si los hombres y los niños —como quiera que se llamen a sí mismos— tienen ventaja sobre las mujeres y las niñas en los deportes. Todos sabemos que es así, igual que sabemos que el sexo no se asigna al azar al nacer, que las feministas radicales no están alineadas políticamente con Donald Trump y que la identidad de género depende totalmente de estereotipos muy regresivos que Butler y otros afirman estar demoliendo.
Es una aburrida pérdida de tiempo tener que repetir lo que es obvio. Sin embargo, muchas de nosotras nos hemos sentido obligadas a seguir haciéndolo porque estos argumentos absurdos se están utilizando para justificar daños reales, no sólo a las mujeres deportistas, sino a menores confundidos con su sexo, lesbianas y sobrevivientes de violaciones. Se están utilizando para socavar todo el análisis feminista de la violencia masculina, la reproducción humana y el poder. Sin embargo, el Hombre Progresista —ese tipo ejemplificado por gente como Oliver — está muy preocupado por el hecho de que alguna de nosotras esté montando un escándalo.
Creo que hay dos razones para ello, ninguna de las cuales tiene nada que ver con una convicción genuina. Una de ellas es la clásica postura de que “la misoginia son los otros”, adoptada por hombres misóginos de todas las tendencias políticas. Habiendo crecido entre hombres de derecha para quienes los “hombres de otros países” y los “hombres de otras religiones” eran los únicos verdaderos misóginos, me sorprendí (muy poco) al descubrir que los hombres de izquierda usan exactamente la misma táctica, esperando una palmadita en la espalda por no ser hombres de derecha independientemente de su propio comportamiento.
Si se critica el apego del Hombre Progresista a la ideología de la identidad de género y, de forma muy similar a un ex paranoico que no puede creer que no quieras estar con él y que debes estar teniendo algo con ese otro chico, te acusará instantáneamente de estar del mismo lado que Andrew Tate y el Papa. Es como si pensara que puede avergonzarte para que regreses con él, con el rabo entre las piernas, prometiéndole que nunca más volverás a hablar fuera de lugar. La misoginia de la derecha no le horroriza tanto como para desviar cualquier forma de autoanálisis. ¡Mira! ¡Allí! ¡Elon Musk!
Así que, ahí está. Pero hay una segunda razón, y creo que tiene que ver con la vergüenza. A menudo me ha llamado la atención que el “debate trans”, por desastroso que haya sido para los derechos de las mujeres y de las personas LGB en general, al menos ha tenido el beneficio de resaltar ciertas dinámicas en el odio a las mujeres que de otra manera podían haber pasado desapercibidas. En este caso, suele ser cierto que cuando las mujeres hablan abiertamente contra la misoginia de su entorno —su clase, su familia, su fe, su club, su partido político— son castigadas no porque no se las crea, sino porque la verdad que están diciendo es descaradamente obvia. Todo el mundo sabe lo que está pasando. Todo el mundo lo sabe, pero mientras la verdad no se diga, quienes la ignoran pueden decirse a sí mismos que son buenas personas. No importa si las historias que se cuentan a sí mismos son flojas y ridículas —desde “las niñas siempre mienten” hasta “los chicos no corren más rápido ni golpean más fuerte que las chicas”— siempre y cuando todos en “su” lado los acepten.
Es vergonzoso y humillante saber que has unido tu suerte a personas, ideologías y prácticas irracionales y dañinas. Una respuesta comprensible al enfrentarse a esto no es simplemente fingir con más ahínco, sino atacar a quienes les ponen cara a cara con su propia falta de integridad. Esto es lo que vemos en hombres como Oliver.
No cree tanto en los argumentos que utiliza como en su superioridad moral, que es lo que está siendo atacado. ¿Hasta qué punto cree realmente Oliver que está protegiendo a las pobres y vulnerables chicas trans para que no les quiten su “derecho” a espacios y premios de las mujeres? Me imagino que está medio mortificado por haber entendido mal de qué se trataba inicialmente el asunto, medio aterrorizado al tirar de ese hilo de lógica que le va a colocar en “el lado equivocado de la historia”. Pero, sobre todo, le enoja el hecho de que algunas mujeres y niñas egoístas no hayan seguido el guion de “toda misoginia es Donald Trump”. Después de todo, él ha estado dispuesto a aceptar el golpe a su dignidad que implica fingir que no sabe realmente si ser más grande y más fuerte es una ventaja en el deporte. Si él —una persona
importante, una persona inteligente, un hombre de verdad— puede fingir estupidez por el bien de la causa, ¿por qué algunas mujeres de poca monta no pueden aceptarlo cuando se trata de soportar daño físico real?
Una de las muchas lecciones amargas del feminismo es que muchos hombres no son tan ignorantes del daño que hacen a las mujeres, sino que se enfadan aún más con nosotras porque esto los hace sentir mal. Creemos por un momento que mientras lo expliquemos, mientras les hagamos entender, las cosas cambiarán, pero ellos regresan con las excusas más enrevesadas y ridículas, excusas que sabemos que ellos mismos no creen. Esto sucede con la violencia en las familias, con el abuso sexual en entornos institucionales, con el impacto de la pornografía y el comercio sexual. Esto sucede cuando señalamos el enorme costo que tiene para las mujeres tener que fingir que algunos hombres son mujeres.
No creo que tenga mucho sentido intentar hacer que alguien como John Oliver se sienta avergonzado. Creo que ya lo está. Pero ahora nos enfrentamos a un problema mayor. ¿Cómo se hace para desprogramar a un sectario (y hay muchos) que tal vez nunca haya creído en nada? ¿Alguien para quién fingir se ha convertido en la cuestión principal?
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