Por Jean Hatchet.

Una forma eficaz para que los hombres limiten el éxito de las mujeres individualmente es asegurarse de que se sientan en competencia con otras mujeres, de acuerdo con los dictados masculinos de la apariencia y el comportamiento femeninos deseables. El feminismo habla de la “sororidad” necesaria para que las mujeres prosperen precisamente por esta razón. Si las mujeres se unen para oponerse a la opresión de los hombres, en lugar de competir en los términos dictados por los hombres, rompen los grilletes del control patriarcal que limitan tan significativamente sus vidas.

Cuando los hombres intentan crear una jerarquía de mujeres, en la que la cima es una mujer sexualmente dócil, domésticamente servil y estéticamente conforme a un estereotipo de belleza femenina (con grandes pechos, pelo largo, tacones altos, etc.), animan a las mujeres a competir con ese ideal y a disputárselo. Ya es bastante malo que las mujeres sean víctimas de esta misoginia y la interioricen, pero es doblemente irritante que los hombres que se hacen pasar por mujeres entren y fomenten este ámbito competitivo no deseado y perjudicial.

India Willoughby, la activista trans, tuiteó a principios de año: «Soy más mujer de lo que JK Rowling será nunca». Willoughby no es una mujer porque «mujer» no es una escala que se desliza hacia arriba o hacia abajo en función de la edad, la forma de vestir o la belleza percibida. Nunca se es más o menos mujer que el día en que se llega al mundo procedente de un vientre femenino; se nace y se sigue siendo mujer hasta la muerte.

Animar a las mujeres a competir con otras mujeres es un acto que favorece a los hombres. Willoughby, y otros como él, se miden con entusiasmo con mujeres reales y consideran que las mujeres son deficientes.

Los hombres transidentificados ven “ser mujeres” como un acto que pueden performar, un disfraz que pueden usar, de manera más efectiva que las mujeres. Irónicamente para estos hombres, las mujeres con las que más frecuentemente se encuentran en una batalla imaginaria son mujeres feministas, que rechazan la imposición de estereotipos sexistas. En la situación actual, las mujeres se encuentran luchando contra los límites históricos de cómo deben verse y comportarse, arraigados durante siglos por los hombres con más poder, sólo para descubrir que los nuevos hombres con poder son los que dicen ser mujeres. Estos hombres están dispuestos a sumergirse en el estereotipo femenino con alegría y señalar de manera acusadora a las mujeres que se niegan a hacerlo. A Willoughby le gusta la palabra «espantajo» y regularmente tuitea cosas como:

“Tú y las otras terfs sois un grupo de espantajos estirados y socialmente conservadores. Bramando en todo lo que hacéis. Tus discotecas, tus protestas, tus mítines, todo. De otra época.”

Este es un intento de descartar y devaluar los vínculos que las mujeres forman entre sí para luchar por el empoderamiento femenino. Willoughby ha utilizado periódicamente términos como “trucha vieja”, “reliquias” y “vejestorio” para describir a las mujeres que rechazan los estereotipos patriarcales. Esto va acompañado de demandas para que todo el mundo se arrodille ante el altar de la identidad trans y sus interminables demandas para reclamar para ellos los derechos de las mujeres. Si un hombre dice que es trans y luego se pone una peluca, un vestido y tacones altos, lo elogian como “deslumbrante y valiente (stunning and brave)”. Si una mujer dice que no se le puede obligar a usar tacones o pintarse los labios, entonces de alguna manera está fallando en ser mujer según esos hombres. Las mujeres feministas han luchado durante décadas contra los estereotipos sexistas dañinos, sobre todo en los medios de comunicación. Ahora los hombres están contraatacando vistiendo el estereotipo e intentando volver a meternos en él.

Esto sería ridículo, si no estuviera arrastrando al país. Willoughby acaba de ser nominado a los premios “Mujer del año”. Dylan Mulvaney, cuya performance de ser mujer es tan humillante para las mujeres como normativa y restrictiva, ha sido galardonado como la primera “Mujer del Año” por la revista Attitude. Hombre tras hombre hacen cola para que los medios de comunicación los cubran con las muestras de reconocimiento destinadas a las mujeres, simplemente por representar una caricatura de las mujeres. Es un golpe maestro patriarcal, y las mujeres tienen derecho a estar furiosas.

Los medios de comunicación, aduladores y deseosos de colocar en un pedestal a los hombres identificados como trans, se vuelven locos cuando existe la posibilidad de que haya una “primera vez”. A medida que el reality show “Married at First Sight UK” está llegando a su fin, está claro que pocos de sus personajes han captado tanta atención en los titulares como Ella Morgan, el personaje masculino autoidentificado como trans. En el programa, una serie de individuos son “emparejados” y luego “casados” como parte de un largo experimento para ver qué pareja logra el matrimonio más exitoso. Es tan extraño como parece, y está muy bien tramado y organizado.

En la temporada actual, se trata a Morgan en femenino y se ha prestado gran atención al “viaje” de transición que ha realizado. Su apariencia está alarmantemente hipersexualizada; un estereotipo femenino elaborado a niveles insoportables. Tiene enormes implantes mamarios, siempre usa vestidos diminutos, que a veces parecen caricaturescos y otras casi dolorosos. Le cuesta formar palabras de manera efectiva, lo que se lo impide el relleno cosmético extremo de labios. Sus pronombres son respetados por todo el mundo y todo el espectáculo gira en torno a la pretensión de que es mujer.

Inicialmente, Morgan fue emparejado con Nathaniel, un concursante que explicó que los productores del programa lo manipularon para que aceptara a una «mujer trans» como pareja. (Channel 4 rechaza esta acusación). Nathaniel afirma que quería una pareja masculina. Obtuvo una pareja masculina, pero se esperaba de Nathaniel que viera a Morgan como a una mujer. Morgan se quejaba con frecuencia de que Nathaniel no quería tener relaciones sexuales. Para muchos espectadores fue incómodo ver lo que parecía estar al borde de la coacción sexual, pero el programa le quitó importancia y les proporcionó juguetes sexuales para que los usaran en lugar de intervenir para evitar el malestar de Nathaniel. Finalmente abandonó el programa.

Las salidas de tono de Morgan hacia otros participantes se han aceptado como parte de lo difícil que le ha resultado por ser trans, en vez de que alguien se atreviera a pedirle cuentas por su comportamiento. Las lágrimas brotaron con regularidad en los momentos oportunos en los que esto debería suceder. Morgan ha sido constantemente presentado como una víctima vulnerable mientras mostraba un comportamiento inquietante. El miedo a nombrar al elefante en la habitación es palpable.

[…] Es peligroso excusar el mal comportamiento porque una persona sea trans, pero esto lo vemos repetidamente en la sociedad.

Mientras tanto, Willoughby tuiteó: “Mi corazón está roto por Morgan… es tan incomprendida”.

Al contrario, las mujeres lo entienden perfectamente. Como escribió Andrea Dworkin: “Las mujeres son educadas para conformarse: todas las reglas de la feminidad (vestimenta, comportamiento, actitud) esencialmente rompen su alma”.

Los hombres que performan una versión de “ser mujer” establecida por otros hombres, están tratando de quebrar el espíritu de las mujeres que no se ajustan a las nociones de feminidad dictadas por los hombres. Los medios de comunicación no deberían ayudarles y las mujeres no tolerarán que lo hagan. Sabemos que sólo las mujeres son las mejores siendo mujeres.

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