Nuria Coronado entrevista a Lluís Rabell

Un cambio de época que plantea una encrucijada civilizatoria”. Así define el exlíder del grupo parlamentario de Cataluña sí se Puede la que se nos viene encima con la identidad de género y quienes pretenden “sustituir los derechos humanos por los derechos sentidos.

Para este militante de la izquierda el patriarcado no va a dar su brazo a torcer ante el avance político que supone el feminismo. “Podemos tener la sensación de un retorno a tiempos pretéritos, en la medida que son puestos en cuestión derechos trabajosamente conquistados por el movimiento feminista e incluso conocimientos sólidamente establecidos por la ciencia.[…] Las legislaciones transgeneristas se inscriben en un esfuerzo sostenido por reconducir las mujeres a nuevas servidumbres y desarticular su movimiento histórico”.

N.C.- El pie en el acelerador para convertir en identidades los estereotipos más añejos solo tiene un final y es el del siniestro total. ¿No tenemos remedio?

L.R: Sin duda alguna, transformar los estereotipos sexistas en identidades constituye una tentativa de naturalizar y hacer incuestionables las pautas culturales del orden patriarcal. Pero eso sólo puede funcionar sobre el terreno abonado por décadas de neoliberalismo e individualismo exacerbado. El triunfo del deseo como fuente de derecho es el triunfo del sadismo social bajo la tiranía de los poderosos…La opresión estructural de la mujer siempre ha sido funcional al capitalismo. La propia construcción y sometimiento del proletariado fue inseparable de la violenta construcción de una esfera privada donde recluir a la mujer, adscrita a los cuidados y a la reproducción de la fuerza de trabajo. El feminismo lleva siglos combatiendo esa opresión y cuanto conlleva.

El capitalismo global ha encontrado grandes fuentes de negocio en la explotación de la mujer, no sólo en términos laborales, sino en la mercantilización de su cuerpo: a través de la prostitución, la pornografía o los vientres de alquiler. Pero pretende ir más lejos aún.

N.C. Lo queer cala por dos motivos: por el vil metal de los lobbies que están detrás y por ser un movimiento de hombres imponiendo a las mujeres el poder. ¿Tanto monta, monta tanto?

L.R. […] No se trata sólo de un puro interés mercantil por parte de clínicas e industrias farmacéuticas, sino de moldear la sociedad. En las élites que impulsan el transgenerismo es perceptible una fuerte pulsión transhumanista. En realidad, la fase última del sueño de dominación patriarcal.

Los varones han sometido a las mujeres, han controlado sus cuerpos, sus vidas… Pero, la calidad de gestantes que poseen las hembras de la especie humana mantenía, inaccesible a los hombres, una terra ignota en las entrañas de las mujeres. Los avances científicos y tecnológicos permiten concebir por fin un dominio absoluto. El hombre podría gestar, podría vivir en la ambivalencia o la fluidez, emancipado de los dictados de la biología. Es un delirio destructor de la humanidad. De modo más inmediato, lo queer triunfa porque permite dar rienda suelta a la misoginia, muchas veces contenida por los imperativos de lo políticamente correcto. Y, por si fuera poco, hacerlo desde un discurso pretendidamente progresista.

N.C. ¿El patriarcado está dando palmas por ello?

L.R. No es sólo que esté dando palmas. Es que el transgenerismo representa una corriente antifeminista y patriarcal. Las feministas que se oponen a las leyes trans están siendo hostigadas tristemente desde las propias filas de la izquierda bajo la acusación de compartir discurso con la extrema derecha. Todo lo contrario: es el transgenerismo quien comparte imaginario con la derecha más retrógrada. Es su imagen invertida. La extrema derecha dice que hay niños y niñas, y que a cada sexo corresponden determinados gustos, características, modos de comportarse, etc., a los que deben amoldarse. El transgenerismo nos dice que tales pautas constituyen identidades definitorias del sexo que, a veces, aterrizan en cuerpos equivocados.

En lugar de cuestionar las imposiciones sociales, el transgenerismo cuestiona los cuerpos de niños y adolescentes. ¿Nadie se sorprende de que en países donde los derechos de la mujer están bajo mínimos prosperen legislaciones transgeneristas? ¿No habrá acaso familias que prefieran corregir, a base de hormonas y bisturí, un «error de la naturaleza» antes que aceptar un hijo homosexual o una hija lesbiana? Las adolescentes que expresan el deseo de transicionar, ¿no lo hacen muchas veces acaso ante el agobio insoportable que suponen los mandatos patriarcales sobre su forma de vivir? […]

N.C. ¿Este caballo de Troya es aún más nocivo que el negacionismo de la violencia machista?

L.R. No sabría decir qué resulta más nocivo. La combinación de ambas cosas resulta, desde luego, terrible. La dominación patriarcal es la tiranía de los varones sobre las mujeres. Si el sexo deviene un «espectro», si finalmente es tan «performativo» como el género tal y como dice Judith Butler, esa tiranía se diluye y toda rebeldía contra sus imposiciones deja de tener sentido. La negación del sexo biológico es algo tan oscurantista como el creacionismo o el terraplanismo. Pero sus consecuencias jurídicas son enormes. 

Todos los avances legislativos en favor de la igualdad – no sólo entre hombres y mujeres, sino también por cuanto se refiere a los derechos civiles de gays y lesbianas -, parten de la relevancia del sexo y de la necesidad de erradicar los prejuicios a él asociados.

Las leyes sobre «autodeterminación de género» – fórmula engañosa que se refiere en realidad al cambio de sexo registral sin condiciones – constituyen en ese sentido un torpedo dirigido a la línea de flotación de las conquistas feministas. Sin mejorar por ello la situación de los adolescentes aquejados de disforia

N.C. ¿A nadie le parece sospechoso que se nos quiera hacer creer que, en el camino de la emancipación, el principal obstáculo sean las feministas?

L.R. La resistencia del feminismo a «los bárbaros del patriarcado» constituye en estos momentos una batalla decisiva en la que se juega el semblante de nuestra sociedad. La agenda feminista es profundamente revolucionaria. No habrá progreso social duradero, si esa agenda no triunfa. No puede haber una sociedad democrática avanzada coexistiendo con la esclavitud sexual, la erotización de la violencia sobre las mujeres o su explotación reproductiva. Desgraciadamente, tenemos un Ministerio de la Igualdad, que sería más apropiado llamar de la diversidad, que no hace bandera de esa agenda. 

Si fuera el caso, todos los ministerios – desde Trabajo hasta Justicia, pasando por Interior, Educación, Asuntos Sociales o Economía – estarían sacando humo para ocuparse de las problemáticas, tan acuciantes como mal atendidas, de más de la mitad de la población. En lugar de eso, tenemos una campaña destinada a engañar a la opinión pública, presentando como progresista lo que en realidad constituye un ataque frontal contra esos «derechos frágiles» de las mujeres …

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