El Parlament de Catalunya acaba de ser teatro de un incidente que, lejos de ser un hecho trivial o anecdótico, debería considerarse como el síntoma de una insidiosa dolencia. La Mesa, gobierno de la cámara autonómica, rehusó hace un par de días dar curso a dos preguntas, para las que se solicitaba una respuesta escrita, formuladas por la diputada socialista Gemma Lienas.

Las preguntas iban dirigidas a la consejera de Justicia, al consejero de Trabajo, Familias y Asuntos Sociales, así como al presidente de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales. Lo que debía ser un mero trámite parlamentario – como parte de su trabajo habitual de fiscalización de la actividad del gobierno, todos los grupos registran preguntas y solicitudes de información a los distintos departamentos – se convirtió así en un problema político de calado. Desatendiendo una vez más la opinión de los letrados, que no veían objeción alguna a la diligencia, los partidos independentistas – ERC, JxCat y CUP – se opusieron firmemente a ella… alegando que dichas preguntas era “transfóbicas”.

¡Nada menos! El temido anatema posmoderno caía implacablemente sobre mi buena amiga y admirada escritora, metida en política por sus convicciones feministas. Ni que decir tiene que, apenas conocida la noticia, no pocos diarios digitales se hacían eco de ella. En general, con tanta premura como escasez de rigor informativo. Curiosamente, han aparecido distintas versiones de las preguntas en cuestión, algunas de las cuales se dirían pensadas para estimular el linchamiento de Gemma Lienas por parte de los grupos transgeneristas.[…]

Una de ellas se refería a una instrucción penitenciaria emitida por el Govern en noviembre de 2020, en virtud de la cual las personas transgénero recluidas en las prisiones catalanas podían solicitar su traslado a un centro penitenciario de su sexo sentido. Y decía literal y estrictamente así:

“¿Cuántas personas transgénero han solicitado el traslado a prisiones de mujeres? ¿Cuántas a prisiones de hombres?”. Resulta a todas luces calumnioso atribuir a esa interpelación fobia alguna…

Pero parece ser que los partidos independentistas estaban particularmente sulfurados por la otra pregunta de la diputada, concerniente a la emisión en TV3, en horario nocturno, de un corto de dibujos animados de “Las tres gemelas” (“Les tres bessones”) – que fue retirado por la propia cadena pública ante la airada protesta de Roser Capdevila, creadora de los personajes. El capítulo consistía en un confuso diálogo en que las hermanitas decían que les habían asignado un sexo y un género al nacer, pero que en realidad había niños con vagina y niñas con pene, según cómo se sintieran.

La pregunta concreta, dado que la emisión iba dirigida a un público adulto, era la siguiente: ¿Por qué se utiliza a unas niñas prepúberes, en la línea de la pornografía infantil o de hipersexualizar a las niñas?”.

[…] En este caso, el recurso a la acusación de “transfobia” responde a un clima de intimidación y de hostigamiento del pensamiento crítico – muy especialmente del feminismo – que va instalándose en la escena mediática y en las instituciones. Hay quien considera este fenómeno como algo secundario, una “guerra cultural” que no debería distraer a la izquierda de “sus cosas”. En realidad, esa ofensiva ideológica, de profundo sesgo patriarcal, condensa las peores tendencias deshumanizadoras del capitalismo del siglo XXI. Esa “guerra cultural” está minando el potencial transformador de las izquierdas, enfrentándola con el feminismo en un momento crítico […]

El transgenerismo se ha convertido en una suerte de nueva religión. Una religión útil para cierto orden. No es de extrañar que cuente con tantos apoyos mediáticos, políticos, económicos e institucionales. Tampoco lo es que las leyes transgeneristas se implanten con pasmosa facilidad en países donde las mujeres penan por ver reconocidos sus derechos más elementales… o, en otros, al tiempo que los logros en materia de igualdad empiezan a retroceder. Pero toda religión desdeña la razón. La fe no admite controversia. El problema surge cuando las creencias devienen ley; cuando, desde las instituciones, empiezan a convertirse en una religión de Estado.

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