Me llamo Morgan. Soy detrans. Tengo 26 años y me identifiqué como trans durante cinco años. En marzo de este año, después de meses de intentar ignorar las dudas y el arrepentimiento que empezaron a asaltarme en torno a mi transición, me desperté una mañana dándome cuenta de que mi identidad trans no tenía nada que ver con convertirme en mi yo más genuino ni con vivir una vida auténtica. Por el contrario, fue un último y desesperado intento de convertirme en otra persona para escapar de mis traumas no identificados y de mis problemas de salud corporal y mental.

Cuando empecé a explorar la ideología de género, mi vida era un caos. Estaba en una relación lésbica emocionalmente manipuladora. Me aislaba en mi apartamento y bebía con regularidad. No asistía a mis clases ni socializaba con normalidad. Me había cautivado la idea de que mi cuerpo femenino estaba fundamentalmente mal y me seducía la perspectiva de que había algo que podía hacer al respecto.

Cuando busqué ayuda para mis complicados sentimientos hacia mi sexo femenino, me «afirmaron», es decir, me administraron hormonas transgénero que alteraban mi vida, con un escaso cuestionamiento o tratamiento de mis problemas subyacentes.

A los 21 años, un médico con licencia en este estado me recetó testosterona sintética innecesaria desde el punto de vista médico.

Y, apenas un mes después de cumplir 22 años, me sometí a una doble mastectomía por recomendación de un terapeuta que también tiene una licencia activa en este estado.

Me senté con estos profesionales durante horas, describiéndoles lo incómoda que me sentía en mi cuerpo, lo desconectada que me sentía de mí misma y lo difícil que era caminar por el mundo como una mujer masculina. La enfermera que me recetó testosterona me dijo que la transición sería perfecta y que nadie notaría que había nacido mujer. Después de toda una vida con problemas de imagen corporal y una desesperación cada vez mayor por no ser yo misma, aquello fue música para mis oídos.

Creo que mis médicos nunca se plantearon que no hiciera la transición. Creo que cuando entré en la clínica de género, la medicalización era la única opción. Necesitaba que los profesionales en los que confiaba me ayudaran a hacer las paces con mi cuerpo femenino, no que confirmaran mi ilusión de que las hormonas y una mastectomía estética me harían sentir mejor. Necesitaba que me dijeran que no.

Esta semana se cumplen cinco años de mi primera inyección de testosterona. Me dijeron que esta medicalización experimental me salvaría la vida. A mis padres les hicieron creer que era la única forma de mantener a su hija viva, sana y feliz. Ningún médico se molestó en profundizar conmigo por qué me sentía tan desconectada de mi cuerpo femenino y por qué pensaba que provocarme un desequilibrio endocrino, amputarme los pechos sanos y hacerme pasar por un miembro del sexo opuesto era un plan de tratamiento adecuado.

Puedo decir con un cien por cien de certeza que esta medicalización sólo me produjo nuevos problemas de salud y angustia mental. Nunca legitimaré estos tratamientos experimentales como algo basado en el amor o el cuidado de una persona. Bajo el eufemístico disfraz de «cuidados que salvan vidas y afirman el género», los profesionales de este estado se han convertido en facilitadores con sus talonarios de recetas. En su punto más alto, mis niveles de testosterona eran once veces superiores al rango máximo para un cuerpo femenino. ¿Es esta la atención que queremos para nuestros habitantes de Ohio?

Cuando me di cuenta de que mi medicalización no era más que un placebo muy elaborado avalado por múltiples profesionales de la medicina, tomé la decisión inmediata de desintoxicarme. Se acabó. Dejé la testosterona de golpe y soporté los cuatro meses más brutales de mi vida.

No tenía energía. No me duché durante casi dos semanas. Lloraba continuamente, conmocionada por lo que me habían permitido hacerle a mi cuerpo en un estado tan vulnerable y con un cerebro subdesarrollado. Me pasaba el día tumbada en la cama, asimilando que nunca podría amamantar a los hijos que ni siquiera sabía que quería tener cuando me hicieron la mastectomía. No sabía si esos sentimientos desaparecerían algún día, y empecé a hacer planes para suicidarme. Mi familia estaba tan preocupada que mis padres me hicieron volver a casa para asegurarse de que comía, me bañaba y dormía.

Envié una carta al médico que me recetó el tratamiento en la que le contaba lo arrepentida que me sentía y todas las cosas que desearía que hubiera sido diferentes en el tratamiento que recibí. Nunca me contestó.

Llevaba siete años trabajando con la misma terapeuta cuando la llamé para contarle los problemas que había detrás de mi decisión de hacer la transición. Le envié listas de todo lo que debería haberme tratado en lugar de hormonarme y someterme a una mastectomía. Nunca olvidaré cuando le oí decir: «Te he fallado».. Me dijo que se trataba de un campo de la psicología tan nuevo y que la medicina moderna está a la vanguardia en el aprendizaje de cómo tratar la disforia de género. ¿No es curioso? Porque la narrativa actual dice que esta medicalización es una ciencia asentada.

Si yo no podía dar un consentimiento informado a los 21 años, ¿por qué pretendemos que los niños puedan hacerlo? Con este proyecto de ley, podemos garantizar que los niños de Ohio estén protegidos para que nunca se despierten y se encuentren en mi situación. Ojalá nunca hubiera abierto la caja de Pandora de la ideología de la identidad de género. Ojalá me hubieran dicho que no los profesionales en los que confiaba. Ojalá pudiera decir que soy la excepción a la regla, pero todos en esta sala saben que eso es falso. Acudo a ustedes, con las cicatrices de este escándalo médico, para pedirles que, por favor, voten a favor del proyecto de ley 68 para proteger a los niños de Ohio.

Testimonio de Morgan Keller @in_detransit en el Senado de Ohio a favor de la ley HB68 de Ohio: «Ley para Salvar a los Adolescentes de Ohio de la Experimentación (SAFE) con respecto a los servicios de transición de género para menores».
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