Es posible que Justin Trudeau haya perdido la perspectiva, pero los canadienses están dejando atrás la obsesión trans. Una encuesta publicada por Ipsos, un día antes del inicio del Mes del Orgullo, reveló que el apoyo canadiense a la “visibilidad LGBTQ2” está disminuyendo.
A primera vista, esto podría parecer sorprendente. Occidente ha tenido mucho éxito en el frente de la aceptación (los derechos de las personas homosexuales se generalizaron hace décadas y las fobias relacionadas pasaron de moda). En Canadá, se ha adoptado la diversidad. El Orgullo, que alguna vez fue un movimiento marginado, se ha convertido en una fiesta divertida para todo el mundo, en lugar de una necesaria declaración de visibilidad que permite a los homosexuales sentirse orgullosos, en lugar de avergonzados, de su sexualidad.
Si bien la LGB ha sido agrupada con la ‘T’, parece que el público no está de acuerdo con este esquema de marketing. La encuesta de Ipsos muestra que el apoyo a los derechos de las personas homosexuales, como el matrimonio y la adopción entre personas del mismo sexo, sigue siendo alto, mientras que el entusiasmo por los derechos de las personas trans está empezando a decaer. Y no es de extrañar. En la última década, hemos visto un cambio de “Amor es amor” a golpear en la cabeza a personas que ya eran progresistas con un bate de béisbol rosa y azul.
Los matones transactivistas han secuestrado y socavado la lucha por los derechos de los homosexuales.
El movimiento por los derechos de las personas homosexuales tuvo éxito porque tenía sentido. Exigir igualdad de derechos tenía sentido en términos de permitir que las parejas del mismo sexo se casaran. Trabajar para prevenir la violencia homofóbica tenía sentido porque los gays y las lesbianas realmente eran atacados por su sexualidad y apariencia. La frase «Nacido de esta manera» tenía cierto sentido como medio para normalizar la homosexualidad y fomentar la aceptación, fuera completamente exacta o no.
El transgenerismo es una cuestión diferente, pero los activistas vieron una oportunidad de unir la T a la LGB, reviviendo así un asunto en gran medida resuelto. El problema es que los eslóganes, argumentos y demandas de los derechos de las personas homosexuales pierden todo significado cuando se aplican al transgenerismo. Y la gente que normalmente estaría dispuesta a aceptar e incluir a grupos minoritarios está empezando a darse cuenta de ello. En lugar de ser una extensión del movimiento por los derechos de homosexuales, los derechos trans han sido una fuerza destructiva.
Los hombres a los que les gusta usar ropa de mujer y las mujeres que odian los símbolos de la feminidad ya son, por supuesto, iguales en Canadá. Lo que quieren los transactivistas no es “igualdad”. Más bien, quieren un ejército de hombres y mujeres que sí les otorguen un estatus divino.
El movimiento trans no es una lucha por la seguridad o por los derechos humanos. Es un culto que exige nada menos que una devoción inquebrantable.
La gente puede respaldar la “aceptación” como un concepto generalmente bueno. Pero no les gusta que les hagan tragar con cosas sin sentido a cada paso. Y la ideología trans se ha vuelto tan ineludible como absurda, apareciendo en todas partes, desde las escuelas hasta los deportes y las latas de cerveza.
A medida que la T ha comenzado a desgastarse entre la gente, ha empezado a arrastrar consigo al LGB. La encuesta de Ipsos encontró que el apoyo a “deportistas abiertamente lesbianas, gays y bisexuales en los equipos deportivos [ha sido] 11 puntos menos que en 2021”. Un tercio de los encuestados dijo que quería ver más “personajes LGBTQ2 en la pantalla”, 10 puntos porcentuales menos que en 2021. Sólo el 49 por ciento de los canadienses encuestados apoyaba que las personas “fueran abiertas sobre su orientación sexual o identidad de género”.
En declaraciones a Global News, una profesora transactivista llamada Annie Ohana atribuyó los resultados a una “campaña agresiva dirigida contra la comunidad LGBTQ2”. De hecho, a lo que se refiere es más específico y más racional. La gente no quiere que a la infancia se les enseñe que pueden cambiar de sexo. No quieren hombres en los vestuarios de las chicas. No les gusta ver a hombres ganar competiciones deportivas en la categoría femenina. No entienden por qué las drag queens necesitan leerles cuentos a sus hijos e hijas. Lo que personas como Ohana no se dan cuenta es que insistir continuamente en que existe una campaña de odio donde no la hay ya no sirve para atraer a la gente.
Los y las canadienses pueden ver que la T no está marginada, sino más bien promovida en cada oportunidad, tanto por corporaciones, políticos, medios e instituciones. Los padres y madres, en particular, saben muy bien que los llamados menores trans no son acosados, sino celebrados en la escuela. Mientras tanto, el resto de menores están sometidos a una “educación” implacable sobre identidades de género y “pronombres”. Las deportistas o directoras ejecutivas que alguna vez fueron celebradas como pioneras han sido reemplazadas por hombres que performan la “feminidad” de maneras a la vez extrañas y ofensivas para la mayoría de las mujeres reales.
La ciudadanía canadiense se ha cansado de que el gobierno, los medios de comunicación y otras instituciones les impongan una religión que no suscriben. Se sienten con valor para empezar a responder.
Lo veo online y lo escucho en conversaciones con la gente corriente de todo el mundo. A diferencia de los “diversos, inclusivos y equitativos”, me relaciono con una amplia variedad de personas en mi vida y están enojadas por ser excluidas de la conversación. Quienes alguna vez temieron asistir a eventos públicos sobre los daños de la ideología de la identidad de género ahora están apareciendo. No sólo no tienen miedo, sino que también están orgullosos de dar a conocer sus puntos de vista. Ya no se ve una publicación en las redes sociales que anuncie que “las mujeres trans son mujeres” sin una serie de respuestas que lo rechacen. Las personas realmente diversas con las que hablo, de todo el mundo y de distintos orígenes, piensan que la moda trans es una locura y me preguntan: «¿Qué diablos está pasando en Canadá?». Ahora parece que los y las canadienses han despertado de su largo letargo para decir lo mismo.
Lo que alguna vez pudo haber sido aceptado cortésmente en un esfuerzo por “ser amable” ya no se siente como un gesto inofensivo de compasión. Se siente como un «o si no…». Y a nadie le gusta un matón, por muchas banderas de colores que lleve.
*LGBTQ2: en las siglas se incluye el 2 de Dos Espíritus
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