En la década de los noventa, a puerta cerrada y lejos de la mirada pública, se sentaron las bases de un escándalo médico extraordinario. Todo comenzó con una idea extraña: que ser transgénero es una variación natural de la existencia humana que, simplemente, requiere tratamientos médicos drásticos. Esta idea carecía de fundamento. Sin embargo, logró pasar del mundo interior de un número ínfimo de personas, cuyo ser entero estaba fusionado con esa idea, a proyectos pseudolegales, a protocolos médicos y, posteriormente, de forma catastrófica, a la cultura dominante y a las mentes de un número incalculable de personas vulnerables.

En aquellos primeros tiempos, el grupo ahora conocido como la Asociación Profesional Mundial para la Salud Transgénero (WPATH) desempeñó un papel fundamental en el extraordinario desarrollo de la idea. La WPATH no solo se dejó seducir por la idea, sino que la elevó al principio rector de todo el campo de la medicina de género. El resultado fue el escándalo de la atención de afirmación de género .

La idea cobra fuerza.

La historia comienza en la década de 1980, en los albores del movimiento moderno por los derechos de las personas transgénero. El Dr. Paul McHugh acababa de clausurar la clínica de género de John Money* en Hopkins, un suceso que desencadenó una serie de cierres similares en hospitales universitarios. El Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos consideró que las intervenciones eran experimentales y retiró la financiación de Medicaid, y en aquel momento, el experimento de cambio de sexo parecía estar llegando a su fin. [*Money es conocido por sus experimentos con los gemelos Reimer]

En realidad, apenas había comenzado.

Porque, si bien las clínicas habían cerrado, la idea de que algunas personas son transgénero y necesitan tratamiento médico no hacía más que cobrar fuerza. Y un pequeño grupo de activistas comprometidos se propuso construir un movimiento por los derechos con el objetivo principal de restablecer el acceso a las hormonas y las cirugías.

Si bien otros grupos ya trabajaban con el mismo objetivo, la reunión decisiva tuvo lugar el 28 de agosto de 1992, cuando un grupo de activistas de base se reunió en Houston, Texas, para la primera Conferencia Internacional sobre Derecho y Políticas de Empleo para Personas Transgénero (ICTLEP). Los abogados, expertos en derechos humanos, emprendedores y académicos que organizaron y participaron en el evento tenían algo en común: se identificaban como personas transgénero. Y lo que eso significaba para ellos marcaría todo lo que vendría después.

En la conferencia de 1992, el término «transgénero» se definía como aquel que «nació de un sexo, pero tiene una identidad de género claramente opuesta». Un año después, el «transexualismo» se definió como el «deseo de cambiar la expresión de la propia identidad de género [que] no constituye en sí mismo una enfermedad médica ni un trastorno mental». En otras palabras, los artífices del activismo trans moderno entendieron su deseo de vivir [ficcionando] el sexo opuesto y modificar médicamente sus cuerpos no como un trastorno, sino como una expresión auténtica de una identidad sana.

El problema era que esta interpretación carecía de profundidad. Y un concepto psiquiátrico que llevaba mucho tiempo en el olvido -la creencia sobrevalorada- iba a proporcionar el marco para comprender su falsa convicción.

El concepto de idea sobrevalorada descrito por primera vez por el psiquiatra Carl Wernicke en 1892, el concepto se refiere a un trastorno mental organizado en torno a una fijación única y absorbente que domina el pensamiento de una persona e impulsa un comportamiento patológico. Quizás el ejemplo más conocido sea la anorexia nerviosa, en la que quien la padece cree que está gorda, una convicción que la lleva a restringir la comida hasta el punto de la desnutrición. Aunque su expresión varía, la convicción central de la ideación transgénero puede simplificarse en: Soy trans; mi identidad transgénero es sana y no un trastorno mental, y necesito modificar médicamente mis características sexuales.

Una característica esencial de una creencia sobrevalorada es su carácter egosintónico , lo que significa que los individuos la experimentan como una expresión verdadera y auténtica de su naturaleza más profunda y, por lo tanto, no se consideran enfermos mentales. En consecuencia, quienes la padecen suelen reaccionar con intensa ira ante la sugerencia de que su creencia tiene un origen psiquiátrico y se frustran profundamente con cualquiera que perciban como un obstáculo para actuar conforme a sus creencias.

Sentando las bases

En la conferencia de Houston de 1992, el reto consistía en transformar esta profunda convicción en un movimiento por los derechos civiles. Fue la abogada texana Phyllis Frye quien tuvo la idea de reunir a personas con ideas afines para desarrollar «estrategias que impulsaran cambios progresivos». De esas reuniones surgió la Carta Internacional de Derechos de Género, que declara que todos los seres humanos tienen derecho a declarar su propia identidad de género, así como el derecho a modificar su cuerpo mediante cirugía, tratamientos cosméticos o químicos para expresar una identidad de género autodefinida. También declara que las personas transgénero no deben ser sometidas a diagnósticos ni tratamientos psiquiátricos involuntarios.

La Carta Internacional de Derechos de Género incorporó la creencia fundamental de este pequeño grupo dentro de un marco pseudolegal, transformando una convicción privada en el fundamento de un proyecto internacional coordinado de derechos civiles. En las décadas venideras, el marco establecido en Texas constituiría la base de todo el movimiento transgénero.

WPATH como el eterno villano

Curiosamente, la Asociación Profesional Mundial para la Salud Transgénero (WPATH), el villano de la era actual, también era visto como tal entonces, aunque por razones opuestas. Mientras que hoy muchos de los que consideran la atención de afirmación de género un escándalo médico culpan a WPATH por eliminar las salvaguardias y abogar por un enfoque afirmativo y de medicalización a demanda para el tratamiento de las identidades transgénero, en la década de 1990, cuando WPATH era conocida como la Asociación Internacional de Disforia de Género Harry Benjamin (HBIGDA), fueron las cautelas y las protecciones que establecía la Asociación lo que provocó la ira del recién formado movimiento transgénero.

Esto se evidencia en la nota a pie de página de las Normas de Atención Sanitaria elaboradas en 1993 por la empresaria transgénero Martine Rothblatt, que indica que el documento se desarrolló «a raíz de la insatisfacción generalizada de muchos miembros de la comunidad transgénero con las Normas de Atención de Harry Benjamin». Esta insatisfacción se debía a que la HBIGDA [ hoy WPATH] clasificaba las identidades transgénero como un trastorno psiquiátrico y a que las Normas de Atención exigían dos cartas de derivación de profesionales de la salud mental antes de que una persona pudiera someterse a cirugías.

El principio 1 de las Normas de Atención de Rothblatt establece:

El transexualismo es una parte antigua y persistente de la experiencia humana y no constituye en sí mismo una enfermedad médica ni un trastorno mental. El transexualismo es el deseo de cambiar la expresión de la propia identidad de género.

En otras palabras, la creencia central que subyace al trastorno. El Principio 2 de Rothblatt reformula entonces el deseo patológico como un derecho humano fundamental:

Las personas tienen derecho a expresar su identidad de género mediante cambios en su apariencia física, incluido el uso de hormonas y la cirugía reconstructiva. […] 

 

HBIGDA abre las puertas

A mediados de la década de 1990, Jamison Green, una activista transgénero con gran iniciativa, comenzó a reflexionar seriamente sobre cómo lograr que las hormonas y las cirugías estuvieran cubiertas por los seguros médicos y ampliar el acceso a la atención médica para la comunidad transgénero. Tras ser informada por una amiga sobre la existencia de la Asociación Internacional de Disforia de Género Harry Benjamin (HBIGDA), Green obtuvo una copia de los Estándares de Atención para personas trans (entonces SOC4). Insatisfecha con lo que encontró, Green decidió involucrar más a las personas trans en el establecimiento de criterios que las definieran y que, a su vez, influyeran en su salud.

Green descubrió que HBIGDA celebraría su conferencia anual en Vancouver en 1997 y decidió asistir. En un ensayo de 2022, describe un momento de gran importancia histórica que tuvo lugar durante el evento.

Mientras el Dr. Stephen Levine, explicaba en el escenario los próximos cambios en los Estándares de Atención, un grupo de manifestantes comenzó a golpear furiosamente las puertas del auditorio, alarmando a los presentes. Como recuerda Green , los golpes y los gritos eran aterradores, sobre todo para quienes estaban sentados al fondo. Esto hace que la reacción del entonces presidente resulte aún más desconcertante. En lugar de llamar a seguridad y hacer que desalojaran a los manifestantes, Green supuestamente dijo: «Está bien; déjenlos entrar».

Como consecuencia de esta controversia, Jamison Green fue incluida como una de las dos consultoras activistas en los estándares SOC5, aunque ninguna de sus recomendaciones llegó a incluirse en el documento final. Sin embargo, poco después de su publicación, El presidente de HBIGDA, descontento con la insistencia de Levine en exigir dos cartas de derivación antes de la cirugía, encargó el SOC6. Publicado tan solo tres años después, este requería únicamente una carta de derivación y, en esta ocasión, se incluyeron muchas de las recomendaciones de Jamison Green.

Con ello, los deseos de las personas que se identifican como trans comenzaron oficialmente a dar forma a los Estándares de Atención de HBIGDA, y la marcha hacia la despsicopatologización quedó oficialmente en marcha.

El Dr. Stephen Levine abandonó HBIGDA pocos años después, tras asistir a la conferencia del grupo en 2001 y presenciar cómo un público repleto de «hombres travestidos» abucheaba cada vez que oían algo que no les gustaba. Levine comprendió con asombrosa claridad el significado de estos sucesos, y recordó más tarde que «lo que él creía que era una organización científica se había convertido en un grupo de presión», una transformación que, en su opinión, significaba que «la ciencia se plegaba a la necesidad de estas personas pobres y sufrientes de obtener exactamente lo que querían».

Casi al mismo tiempo, se estaba desarrollando otro revuelo muy significativo. En 2003, se publicó el libro del profesor Michael Bailey, *El hombre que quería ser reina*, que popularizó el concepto de autoginefilia del Dr. Ray Blanchard, presentado en un artículo de 1989. En resumen, la tipología de Blanchard divide a las personas que buscan intervenciones hormonales y quirúrgicas en dos categorías: homosexuales extremadamente no conformes con el género, a quienes Blanchard denominó transexuales homosexuales (HSTS), y hombres autoginefílicos: hombres heterosexuales con una parafilia que implica la excitación al verse a sí mismos como mujeres.

Mientras que el trabajo de Blanchard se limitó a revistas académicas y recibió escasa oposición, el libro de Bailey provocó una furiosa reacción de la comunidad activista trans, y tres hombres transidentificados emprendieron una feroz campaña para destruirlo tanto profesional como personalmente…

En palabras de Lynn Conway, uno de los tres perseguidores, la tipología de Blanchard hacía «una afirmación generalizada de haber descubierto la causa del transexualismo» y «eliminaba la identidad de género interna o los sentimientos de género como factores o mecanismos en el transexualismo, reemplazándolos con un modelo de transexualismo como un trastorno sexual masculino patológico».

En pocas palabras: el libro de Bailey popularizó la idea de que ser trans era una patología justo en el momento en que los activistas estaban ocultando y prohibiendo cualquier mención de ese enfoque. Por lo tanto, Bailey debía ser destruido.

Pocas cosas ilustran mejor la completa influencia de los activistas trans en HBIGDA que la respuesta de la organización a los ataques contra Bailey. La Junta Directiva se puso del lado de sus críticos, desestimando el libro por estar «mal documentado» y afirmando que no reflejaba «la literatura social y científica existente sobre las personas transexuales». HBIGDA enfatizó que «la confianza y el respeto mutuo entre las comunidades científica y transgénero son esenciales» y advirtió que el libro de Bailey corría el riesgo de dañar esa relación.

Eli Coleman, quien había sido presidente de HBIGDA de 1999 a 2003 y estaba destinado a presidir el infame informe «Estándares de Atención 8» (SOC8) del grupo, publicado en 2022, llegó incluso a agradecer a uno de los perseguidores de Bailey por haber sacado a la luz las preocupaciones de la comunidad transgénero. En señal de protesta, Blanchard siguió los pasos de Levine y renunció a la organización, y HBIGDA perdió a otra mente científica.

… Cuando HBIGDA priorizó la generación de confianza con la comunidad transgénero, tuvo que sacrificar la realidad y, en el proceso, todas las medidas de protección psiquiátrica.

 

El mayor cambio de marca de la historia

En 2006, durante una reunión de la HBIGDA en la ciudad de Nueva York, los miembros de la junta directiva idearon un cambio de imagen para la organización que avergonzaría a la mayoría de los ejecutivos de marketing. Desapareció la Asociación Internacional de Disforia de Género Harry Benjamin HBIGDA y surgió la Asociación Profesional Mundial para la Salud Transgénero (WPATH). De un plumazo, una oscura y marginal agrupación de activistas y clínicos se convirtió en una respetable y profesional asociación médica internacional. Pero el cambio de nombre iba más allá de una simple apariencia de respetabilidad. Fue un paso crucial hacia la despsicopatologización: reemplazar el tratamiento de la disforia de género por un enfoque en la salud transgénero.

Esta genial idea surgió de la mente de Jamison Green, quien más tarde recordó haber sugerido que la organización dejara de «insinuar que nuestro enfoque era una enfermedad y declarara inequívocamente que nuestro enfoque es la salud transgénero, no el diagnóstico de un trastorno». Al frente de WPATH en el momento de su milagroso renacimiento estaba Stephen Whittle, profesora de derecho transgénero, una destacada activista que había estado presente en aquellas primeras reuniones en Houston y una firme defensora de la despsicopatologización. En 2008, la primera medida de la recién creada WPATH fue emitir una declaración que afirmaba que todas las intervenciones hormonales y quirúrgicas eran «médicamente necesarias» para fines legales y de seguros; nuevamente, obra de Jamison Green, una figura clave en la configuración del rumbo que ha tomado el campo de la medicina de género.

 

Victoria oficial

Luego, tan solo 13 años después de que activistas trans irrumpieran en la conferencia HBIGDA en Vancouver, «llenando cada espacio disponible, vitoreando y sintiéndose victoriosos», su victoria fue total. En mayo de 2010, la WPATH emitió su declaración de despsicopatologización , «instando a la despsicopatologización de la variación de género en todo el mundo».
Con un lenguaje deliberadamente ambiguo, WPATH declaró que la “expresión de características de género, incluidas las identidades, que no se asocian estereotípicamente con el sexo asignado al nacer es un fenómeno humano común y culturalmente diverso que no debe considerarse inherentemente patológico o negativo”. Sin embargo, no se dejen engañar por la retórica. En esencia, la declaración afirmaba que identificarse con el sexo opuesto y desear la modificación médica de características sexuales saludables no es patológico. La creencia sobrevalorada de los activistas reunidos en Houston -por muy falsa y carente de perspicacia que fuera- se había convertido en el principio rector de WPATH.
A partir de ahora, quienes padecen este trastorno mental no podrán recibir el tratamiento necesario, ya que el ámbito médico y de la salud mental, y en pocos años también la sociedad en general, tienen prohibido nombrar, reconocer o siquiera admitir la existencia del trastorno. Con la victoria de la despsicopatologización, la validación y la complicidad se convirtieron en las únicas respuestas permitidas. Un sueño hecho realidad para quienes están atrapados en esta creencia, pero también el inicio de un desastre médico.

El camino recorrido

En aquellos primeros tiempos, la trayectoria de la medicina de género se vio alterada por una decisión crucial. A finales de la década de 1990, la HBIGDA se encontró ante una encrucijada. Un camino exigía defender los principios científicos, mantener un debate abierto y respetar los estándares éticos. El otro implicaba dejar de lado las precauciones y embarcarse en una búsqueda ideológica liderada por activistas radicales.

HBIGDA optó por el camino más fácil, brindando a un grupo de pacientes decididos y enérgicos precisamente lo que su enfermedad requería. Y no es difícil comprender por qué esa elección resultó tan atractiva. Sin duda, se percibía como un acto de compasión y progreso, impregnado del fervor cultural de la época y la embriagadora sensación de estar del lado correcto de la historia.

… Nadie dentro de HBIGDA parece haber considerado las consecuencias del camino que estaban eligiendo. Aparentemente cegados por la moralidad del momento, no se detuvieron a preguntarse qué podría suceder cuando todo un sector médico permitiera que un movimiento político guiara sus prácticas. El entorno tecnológico que posteriormente desencadenaría una explosión de pacientes aún no existía: internet todavía estaba en sus inicios, y los teléfonos inteligentes y las redes sociales -el entorno de superpropagación que eventualmente impulsaría el escándalo médico-  aún tardarían más de una década en llegar.

Sin embargo, una persona presente en aquellas primeras reuniones de Houston sí tenía una idea bastante clara de lo que estaba por venir.

En su libro de 1996, El apartheid del sexo, Rothblatt [un hombre que se presenta como mujer] describió un mundo futurista de «ciberespacio» donde las personas podrían «fingir fácilmente ser de un sexo diferente». Previó que los entornos digitales desconectarían a las personas de sus cuerpos físicos, permitiéndoles adoptar un nuevo nombre y cambiar de identidad sexual con la misma facilidad con la que los gráficos por computadora transforman una imagen en otra. Como él mismo lo expresó, el ciberespacio permitiría a una persona «transformarse (de hombre a mujer) de un sexo en cualquier otro».

Como es comprensible, casi nadie en aquel entonces tomó en serio a Rothblatt. Sin embargo, el mundo que imaginó, de hecho, se convirtió en realidad.

Cuando legiones de jóvenes perdidos comenzaron a congregarse en el mundo virtual que Rothblatt había imaginado, muchos se toparon con la atractiva idea que habían desatado aquellas primeras reuniones en Houston: que ser trans era simplemente otra forma de ser persona. Esta idea no solo ofrecía una explicación a sus dificultades -una respuesta inmediata a los sentimientos de alienación, confusión y angustia- sino también una solución mágica: podían dejar atrás su antigua identidad, llena de vergüenza, y convertirse en alguien nuevo. En ese entorno digital, se desconectarían de su sexo con la misma facilidad que Rothblatt había predicho, reinventándose a través de nuevos nombres, pronombres y avatares. Y cuando estas identidades digitales comenzaron a extenderse al mundo real, la búsqueda de la reencarnación médica de la identidad surgió inevitablemente.

Lamentablemente, gracias a Rothblatt y a sus compañeros fanáticos de Houston, así como a los activistas que invadieron la HBIGDA y al débil liderazgo que les permitió tomar el control, cuando esas multitudes comenzaron a inundar las salas de espera de las clínicas de reasignación de género, solo se permitía la connivencia con el trastorno, y ya no quedaban barreras que les detuvieran en seco.

Y así, se dieron las condiciones para una catástrofe médica.

Mia Hughes es la autora de «The WPATH Files», directora de Genspect Canadá, directora de políticas e investigación en Genspect y copresentadora del podcast Beyond Gender junto con la Dra. Stella O’Malley .

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