Un nuevo estudio finlandés sobre todos los adolescentes <23 años tratados por malestares de género en 1996-2019 cuestiona la afirmación común de que los jóvenes con disforia de género corren un riesgo elevado de suicidio si no se los trata con intervenciones médicas de «afirmación de género». Si es acertado, el estudio debería tener un impacto sísmico en el enfoque médico comúnmente aceptado hacia los jóvenes con confusión de género.

Publicado en el BMJ , el estudio examina datos de una cohorte finlandesa de adolescentes remitidos a clínicas por malestares de género entre 1996 y 2019, y compara sus tasas de mortalidad por todas las causas y por suicidio con las de un grupo de control. Si bien las tasas de suicidio en el grupo estudiado con confusión de género fueron más altas que en el grupo de control, la diferencia fue pequeña: 0,3% frente a 0,1%. Y, lo que es más importante, esta diferencia desapareció cuando los dos grupos fueron controlados por problemas de salud mental lo suficientemente graves como para requerir ayuda psiquiátrica especializada.

En otras palabras: aunque la identidad transgénero parece estar asociada a un mayor riesgo de suicidio, la relación no es muy estrecha. Es más, es posible que la correlación de causalidad no funcione como afirman los transactivistas.

La asociación entre disforia de género y enfermedad mental está bien documentada tanto por los proveedores de «atención de afirmación de género» como por los grupos de defensa de los transgénero y la investigación en psicología clínica. Pero una afirmación menos documentada, basada en esta asociación, es que estas dificultades no están causadas por ser transgénero, sino por el estigma político y social asociado a ello. La disforia de género, debemos entender, no es en sí misma un problema de salud mental. [Según los transactivistas] lo que provoca problemas de salud mental en los jóvenes transgénero -incluido el suicidio- es el rechazo de su identidad y del marco metafísico de la «identidad de género» como tal por parte del resto del mundo.

Esta es la raíz de la afirmación tan repetida en las redes sociales de que cualquiera que ponga objeciones sobre la identidad trans, aunque sea levemente, es cómplice del “genocidio trans”.

La misma afirmación de que invalidar a los jóvenes trans los lleva a suicidarse también está detrás de la pregunta retórica que se utiliza habitualmente para intimidar a los padres para que den su consentimiento a la transición social y médica de sus hijos con confusión de género: “¿Preferirías tener una hija viva o un hijo muerto?”

Está también detrás de la llamada prohibición de la “terapia de conversión trans” ya vigente en varios países, y prometida también por el Partido Laborista en Inglaterra. Tales medidas prohíben a los terapeutas explorar con sus pacientes si existe algún vínculo entre su disforia de género y, por ejemplo, un trauma vital u otros problemas de salud mental. Porque si la causa de la angustia y el suicidio en las personas trans es no ser aceptadas por lo que son, cualquier terapeuta que intente explorar los vínculos entre la disforia de género y otros problemas biográficos o psiquiátricos es cómplice de este tipo de no aceptación y, por lo tanto, no está ayudando sino perjudicando a su cliente.

Pero, tal y como dice un nuevo estudio: «La disforia de género clínica no parece predecir la mortalidad por todas las causas ni por suicidio cuando se tienen en cuenta los antecedentes de tratamiento psiquiátrico». Más bien, lo que predice el riesgo en esta población es la «morbilidad psiquiátrica». Y en contra de los activistas, la transición no hace nada para reducirla: «la reasignación médica de sexo no influye en el riesgo de suicidio».

Cada suicidio es una tragedia y deja tras de sí seres queridos en duelo. Nadie quiere ser cómplice de empujar a un joven por ese camino. Así que la sugerencia de que cuestionar las creencias de género de alguien puede tener este efecto sirve como un poderoso garrote emocional. Pero si el estudio finlandés es correcto, todo este edificio retórico, legislativo y médico puede estar construido sobre arena. Si el elevado riesgo de suicidio en los jóvenes trans desaparece cuando se controlan otras dificultades psiquiátricas, esto sugiere claramente que los jóvenes trans no corren más riesgo debido a la transfobia o la invalidación, sino debido al hecho bien documentado de que la disforia de género tiende a producirse en personas perturbadas e infelices en general.

De esto se debería deducir que la forma de gestionar el riesgo de suicidio en los jóvenes autoidentificados como trans no es afirmar su identidad de género y llevarlos a intervenciones médicas, sino vigilar y tratar las comorbilidades psiquiátricas. Sin embargo, en última instancia, las afirmaciones de la ideología de género son menos científicas que metafísicas. Así que no esperemos que la evidencia científica que contradice sus prescripciones tenga mucho impacto en los transactivistas. Incluso si “seguir la ciencia” marcara una diferencia real en el riesgo de suicidio en los jóvenes con disforia de género.

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