Imagen de Amnistía Internacional Países Bajos en el Día Internacional de la Mujer 2020

La relación entre el feminismo y el transactivismo y los lobbies LGTBIQ+ siempre ha sido problemática, pero con las nuevas leyes en trámite en el Congreso, la cuestión pasa a ser grave. En muy poco tiempo se han planteado no una sino varias leyes fundadas sobre axiomas hiperconstructivistas de inspiración cuir (la Ley de permisos iguales e intransferibles también es negadora del binarismo sexual), y sin embargo, hay infinidad de cuestiones que los colectivos de mujeres llevan décadas demandando y en las que apenas se ha avanzado.

No cuestiono la necesidad de crear una ley para proteger a las personas trans, que merecen, como toda ciudadana, reconocimiento y una vida digna; pero la celeridad con la que ésta y otras leyes negadoras del binarismo sexual han alcanzado la cámara legislativa y han logrado captar apoyos y voluntad política para convertirse en normas del Estado, contrasta con las vergonzosas carencias en la protección y el reconocimiento de las mujeres. No existe una ley integral de protección de la maternidad y la crianza, a pesar de que la capacidad reproductora de las mujeres es lo que biológicamente nos define como sexo; tampoco hay una ley estatal para la protección de las familias monoparentales, cuando ambos conjuntos de derechos debieran ser las herramientas básicas para que las mujeres pudieran resistir las embestidas del patriarcado. Que tales proyectos legales ni siquiera hayan sido planteados por ningún partido político en España, y que en ambas cuestiones arrastremos un patriarcal abandono político desde hace décadas, a pesar de que (o precisamente porque) afectan a una enorme cantidad de mujeres, nos da la medida del verdadero compromiso feminista de la clase política española.

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Quienes nos oponemos a la ley trans creemos que su formulación mina las bases del feminismo ya que destruye una categoría “mujer” políticamente operativa. Las que apoyan la ley trans creen que se trata de una norma moderna y progresista, que negar la pluralidad de identidades, y aferrarse a un sujeto mujer universal es una idea rancia. La inmensa mayoría de las mujeres que defienden la validez de la ley trans no lo hacen desde un conocimiento profundo de la teoría cuir, sino desde el presupuesto de que una inclusividad omnívora y acrítica es garantía de igualdad. Mi opinión es que es justo al revés.

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Las demandas del lobby trans-cuir han sido atendidas por instituciones como la ONU y por Estados de todo el planeta siguiendo las recomendaciones de los Principios de Yogyacarta pronunciados en 2006. […]

El primer gran logro de este lobby en el panorama político actual es que ha acaparado toda la atención, la preocupación y la agenda del feminismo. Su segundo logro es que el argumentario trans-cuir tiene la capacidad de cortocircuitar lo que podrían ser verdaderos debates. Esa mezcla de una teoría hipercompleja, casi esotérica, con una reivindicación hipersimple (inclusividad para todes), tiene el efecto de movilizar una fe intransigente que en los debates se defiende con la técnica del calamar: emborronar, ensuciar. El discurso trans-cuir oculta con su chorro de tinta la operación de reconfiguración del patriarcado que está sucediendo ante nuestras narices.

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