Por Dra. Dionne Joseph
La Dra Dionne Joseph, psicóloga clínica, discute el concepto de disforia de género, un constructo falso que se nutre del concepto de identidad de género, la creencia metafísica e indemostrable de que todos tenemos un sentido innato de nuestro “género”. De que nuestro género existe fuera de nuestros cuerpos físicos. Sostiene que no hay pruebas estandarizadas que permitan medir la disforia y que los rasgos clínicos de la disforia de género no se determinan mediante el método científico.
El malestar psicológico y los comportamientos anómalos siempre se conceptualizan a través del prisma de la cultura. En cualquier sociedad y en cualquier momento dado, creamos narrativas médicas y psicológicas para comprender mejor los aspectos del comportamiento humano basándonos en estas normas predominantes. Estas, a su vez, pasan a moldear otros comportamientos. Esto se conoce como el “conjunto de síntomas”.
La anorexia era prácticamente desconocida en Hong Kong hasta que unos psiquiatras occidentales lanzaron una campaña de concienciación pública en la década de 1990. En pocos años se produjo un aumento del 2.500 % en el número de casos. Las chicas diagnosticadas con anorexia fueron tratadas con empatía, se las sacó del colegio y se les dio refuerzo positivo por su enfermedad. Como era de esperar, más chicas comenzaron a restringir su alimentación, lo que provocó un círculo vicioso cada vez mayor de jóvenes que desarrollaban anorexia. La campaña de concienciación en Hong Kong había creado y difundido, en la práctica, una nueva enfermedad mental (y sus secuelas conductuales) entre una población de adolescentes receptivas y sugestionables.
En las décadas de 1980 y 1990, el “síndrome de los falsos recuerdos” provocó la ruptura de familias a raíz de las acusaciones de supuestos abusos sexuales en la infancia, especialmente de incesto. Mediante imágenes guiadas, hipnosis y simples sugerencias, los psicólogos animaban a sus pacientes (principalmente mujeres) a “recuperar recuerdos” totalmente inventados de abusos sexuales, ¡algunos de los cuales supuestamente habían tenido lugar cuando apenas tenían tres meses!
Tras el tsunami de Sri Lanka de 2004, el concepto desconocido de trastorno de estrés postraumático TEPT fue introducido entre la población general por agencias de ayuda internacional bienintencionadas.
En la década de 2000, Japón experimentó un aumento en la incidencia de la depresión después de que GlaxoSmithKline lanzara al mercado local el antidepresivo Paxil.
Si nos remontamos aún más atrás, el caso más famoso en el que se puso en práctica el “conjunto de síntomas” es el de Salem, Massachusetts, a finales del siglo XVII, donde sobre todo las adolescentes (¿te suena?) cayeron en la ilusión colectiva de que el diablo las estaba “picando” (atacando o poseyendo). Los adultos se sumaron a esta idea. A medida que más chicas recibían atención positiva y simpatía al mostrar síntomas de “posesión”, el contagio se extendió. El resto, como se suele decir, es historia.
Actualmente, Occidente se encuentra sumido en un escándalo médico sin precedentes, derivado de una nueva incorporación a ese conjunto de síntomas, a saber, la disforia de género.
Aquí explico por qué, desde mi perspectiva como psicóloga clínica con casi 30 años de experiencia, considero que la disforia de género es un constructo falso. Un constructo que ha causado —y que, si no se pone fin a ello, seguirá causando— un daño incalculable a un número incontable de personas.
La inclusión de la disforia de género en el conjunto de síntomas se nutre del concepto de identidad de género, una creencia metafísica e indemostrable de que todos tenemos un sentido innato de nuestro “género”. De que nuestro género existe fuera de nuestros cuerpos físicos.
La disforia de género se produce cuando la «identidad de género» de una persona no coincide con su cuerpo sexuado.
Tras un diagnóstico de disforia de género, es casi inevitable que se recurra a la denominada “atención de afirmación de género”. Esta implica el uso muy poco ético y totalmente experimental de bloqueadores de la pubertad, hormonas sintéticas del sexo opuesto y la mutilación quirúrgica de cuerpos físicamente sanos con el fin de alinearlos con la supuesta identidad de género de la persona.
Pero la disforia de género en sí misma no es real. Carece de fundamento clínico o empírico. Se trata de un constructo falso, creado ex nihilo y publicado por primera vez en la 5.ª edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM) en octubre de 2013. Los psicólogos no deberíamos involucrarnos en nada de esto.
Una parte fundamental de las competencias de un psicólogo clínico es la evaluación psicométrica. “Psico” y “métrica” significan literalmente “medir la mente”. Los psicólogos podemos evaluar y cuantificar todo tipo de propiedades, cualidades y disfunciones psicológicas que se dan en los seres humanos: ansiedad, depresión, trauma, resiliencia, sugestionabilidad, salud matrimonial, satisfacción vital. Lo que se te ocurra, lo podemos medir.
Disponemos de amplios catálogos de herramientas de evaluación (también conocidas como pruebas y cuestionarios), que solo pueden adquirirse en función de un código de cualificación (QL) determinado por el nivel de formación de cada persona. Las evaluaciones de mayor nivel (como las pruebas de coeficiente intelectual y de memoria) solo pueden ser adquiridas por personas que posean un QL correspondiente a un título de doctorado en psicología.
Estas pruebas han sido diseñadas y elaboradas mediante un proceso de investigación llevado a cabo por psicólogos académicos. Cada prueba incluye un manual en el que se describe: (1) el proceso mediante el cual se elaboró; (2) la población en la que se estandarizó; (3) las contraindicaciones, es decir, a quiénes no se les debe aplicar la prueba; (4) una explicación de su fiabilidad y validez estadísticas; y (5) estudios de casos que muestran las aplicaciones clínicas de la prueba. La mayoría de las medidas también cuentan con medios para detectar respuestas falsas o incoherentes.
Las pruebas suelen tener un valor de referencia numérico (por debajo del cual se considera que una persona es asintomática) y, a continuación, un rango clínico, que suele incluir los niveles de sintomatología “leve”, “moderada” y “grave”. Cada manual incluye tablas de puntuación. Estas suelen estar diferenciadas por sexo y por edad. Así, por ejemplo, en un test de detección del autismo, las normas para un chico de 16 años serán diferentes de las de una niña de 8 años o de las de un niño de 8 años. Si se aplica un conjunto de normas incorrecto, el resultado no es válido.
La mayoría de las pruebas para niños incluyen: (1) un formulario de autoevaluación (que rellena el niño); (2) un formulario para los padres; y (3) un formulario para el profesor. Los resultados se recopilan y se comparan, y los programas informáticos pueden ayudar a realizar comparaciones tanto entre evaluadores como dentro de cada uno de ellos. De este modo, se obtiene una visión global del funcionamiento del niño.
Estas medidas tienen una base estadística y empírica sólida. No son inventadas de la nada.
Un psicólogo puede utilizar, por ejemplo, el CISS (Inventario de Estrategias de Afrontamiento en Situaciones Estresantes), una escala para medir los estilos de afrontamiento (orientado a la tarea, emocional y de evitación, que distingue entre hombres y mujeres) en Estados Unidos, Canadá, Francia o España, y saber que todos miden lo mismo. La mayoría de las pruebas están disponibles en diferentes idiomas. Determinan el funcionamiento inicial y pueden volver a administrarse con el tiempo para evaluar los cambios tras cualquier intervención clínica.
Con el fin de alcanzar los objetivos de aliviar el malestar y mejorar el funcionamiento, los psicólogos llevan a cabo, por lo tanto:
(1) evaluaciones, basadas en pruebas, entrevistas y observación;
(2) formulación: identificación del problema clínico, basándose en la evaluación;
(3) intervención: trabajo clínico, directamente con el cliente y/o el sistema familiar del cliente;
(4) evaluación: medir la eficacia de la intervención; y, cuando sea necesario,
(5) reformulación: modificar la intervención, o incluso la evaluación, para adaptarla a la nueva información.
Nada de esto ocurre para obtener un diagnóstico erróneo de disforia de género. En primer lugar, porque simplemente no existen pruebas estandarizadas que permitan medirla con precisión y, en segundo lugar, porque los rasgos clínicos de la disforia de género no se determinan mediante el método científico: es decir, pruebas formales, formulación, intervención, evaluación y, si es necesario, reformulación.
La disforia de género es, en realidad, una estafa a largo plazo. Se considera un concepto válido únicamente porque aparece en el DSM. Pero el DSM no es más que un manual de trabajo de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA). Se trata de una publicación comercial destinada a generar ingresos. En cuanto a su rigor clínico, la definición del DSM de la disforia de género es análoga a la descripción de un artículo que se vende en el catálogo de Screwfix, ¡o a la descripción de un coche de segunda mano en la revista Auto Trader!
El término “disforia de género” fue acuñado por un comité. Algunas personas —(casi todos hombres)—, con motivaciones sumamente dudosas, se reunieron en una sala en 2013 y se inventaron sin más sus características diagnósticas. No se aplicó el método científico en su conceptualización y categorización. (Genevieve Gluck @WomenReadWomen ha trabajado mucho en este tema, mostrando la influencia de tapadillo de los activistas trans y los fetichistas de la castración en su creación).
Esta falta de rigor científico se refleja en la definición de “disforia de género”, que está llena de estereotipos y razonamientos circulares:
1. Una marcada incongruencia entre el género que la persona experimenta o expresa y sus características sexuales primarias y/o secundarias (o, en el caso de los adolescentes jóvenes, las características sexuales secundarias previstas)
2. Un fuerte deseo de deshacerse de las características sexuales primarias y/o secundarias debido a una marcada incongruencia con el género experimentado/expresado (o, en adolescentes jóvenes, un deseo de impedir el desarrollo de las características sexuales secundarias previstas).
3. Un fuerte deseo de poseer las características sexuales primarias y/o secundarias del otro sexo
4. Un fuerte deseo de pertenecer al otro sexo (o a algún sexo alternativo distinto del sexo designado)
5. Un fuerte deseo de ser tratado como el otro sexo (o algún sexo alternativo diferente del sexo designado)
6. Una fuerte convicción de que se tienen los sentimientos y reacciones típicos del otro sexo (o de algún sexo alternativo distinto del sexo designado)
[NOTA: traducimos sexo donde el original usa género]
No puedo contar las veces que he leído frases como “La disforia de género es un trastorno real y angustioso, pero…”, pronunciadas por periodistas, comentaristas y políticos.
¿En serio? ¡Desafío a cualquiera que diga esto a que lea realmente la “definición” de disforia de género del DSM-5!
Verán que no tiene sentido:
- ¿Qué es “marcada” y qué es “incongruente”?
- ¿Qué es “fuerte”? ¿Cómo se mide?
- ¿Cómo se determinan objetivamente el “deseo” y la “convicción”?
- ¿Cuáles son los “sentimientos y reacciones típicos” del “otro sexo”? ¿Significa esto que las niñas lloran y los niños no; que las niñas juegan con muñecas y los niños se suben a los árboles?
- ¿Cómo se determinan y cuantifican estos “sentimientos típicos”?
- ¿Cómo puede alguien saber que lo que siente pertenece al “otro sexo”?
- ¿Qué es un sexo “alternativo”?
- ¿Qué hay de las diferencias culturales y de educación? ¿Cómo se tienen en cuenta estas en el “diagnóstico” de la disforia de género?
- ¿Por qué estas condiciones solo se aplican al “género”? ¿Por qué no a la raza, la riqueza, la clase social o la nacionalidad? ¿Por qué solo al constructo social género en concreto?
Por otra parte, como nota al margen, en el test de CI que evalúa la capacidad cognitiva, una de las tareas que mide el CI verbal consiste en definir palabras cada vez más complejas sin utilizar la palabra de referencia. Un ejemplo ilustrativo es: “¿Qué es un elefante?”. A esto no se puede responder diciendo “un elefante es un elefante”. La respuesta correcta podría ser: “un elefante es un mamífero de cuatro patas del género Loxodonta”. Pero la definición de género del DSM-5 no es más que una muestra espantosamente simplista de un burdo razonamiento circular. Básicamente dice que “el género es el género”. Como le dijo Humpty Dumpty a Alicia: “Quiere decir lo que yo quiero que diga”.
Además, la disforia de género es el ÚNICO síntoma clínico del DSM-5 cuyo tratamiento implica (o incluso requiere) una intervención quirúrgica. Por ello, Mia Hughes describe acertadamente la disforia de género como “la clasificación más peligrosa” del DSM-5.
El diagnóstico de “disforia de género” carece además de lo que los psicólogos denominan “validez aparente”, es decir, ¿mide (en este caso, describe) realmente lo que parece describir?
¿Cómo es posible que un niño de seis años con pubertad precoz, un chico autista de 16 años, una lesbiana de 30 años y un hombre de 50 años casado y autoginefílico (AGF) que se pone en secreto las bragas de su mujer —todos ellos en diferentes etapas de desarrollo y con experiencias psicosociales muy dispares— padezcan exactamente la misma afección clínica? ¡Esto carece de credibilidad y ya!
Dado que no tiene base clínica, la disforia de género es, en realidad, lo que el paciente (normalmente un niño) diga que es. Con frecuencia, hombres adultos convencen a los niños a través de Internet de que son transgénero. Este proceso se conoce, de forma repugnante (y reveladora), como “incubar un huevo”.
La disforia de género es el único constructo psicológico en el que el cliente, en esencia, se autodiagnostica y determina también su propio grado de gravedad (el “efecto Humpty Dumpty”). De la terapeuta solo se espera que “afirme” la creencia falsa del cliente. No se permite la valoración clínica, la intervención, la evaluación y la reformulación que se llevan a cabo con cualquier otra afección psicológica. A menudo, incluso es ilegal. En algunos países, como Brasil, Taiwán, Ecuador, Argentina, Alemania, Nueva Zelanda y Canadá [también en España], un terapeuta que intente trabajar de forma ética (es decir, que lleve a cabo una psicoterapia exploratoria, como simplemente preguntar a un cliente por qué cree que es “trans”) puede perder su licencia para ejercer o incluso ser condenado por practicar la denominada “terapia de conversión”.
Y, dado que no existe ningún instrumento para medir la disforia de género, no hay forma de evaluar si lo que siente el cliente ha alcanzado un umbral clínico, cuál es su gravedad, si se ha reducido o aliviado y cuándo, o incluso si existe. Y sí, los clientes pueden mentir o estar engañados. Por eso, cualquier evaluación de la disforia de género (tal y como es) debería ser un proceso sistémico y prolongado para descartar y derivar a las personas que están confabulando. (La Ley de reconocimiento de género (del sexo registral) del Reino Unido, aunque muy defectuosa, puede haber reconocido esto al imponer un período mínimo de cautela de dos años). Y en el caso de los niños, cualquier evaluación de la disforia de género debería involucrar siempre a su familia, a la escuela y a los sistemas sociales más amplios. Nunca debería realizarse solo con el niño.
Para ilustrar la precaria, e incluso delictiva, situación actual, me contactó una madre de California cuyo hijo autista de 16 años, que no se comunica verbalmente, fue “diagnosticado” con disforia de género basándose únicamente en un chat de 20 minutos con un “terapeuta de género”. Dos semanas después, ya estaba tomando estrógenos que le había enviado por correo la clínica de turno. La madre consideraba inevitable que su hijo acabara sometiéndose a una penectomía, una orquidectomía y una vaginoplastia. ¡Parece que, cuando se trata de cuestiones de género, se ignora por completo la capacidad mental del propio cliente!
En pocas palabras, cualquiera puede obtener un “diagnóstico” de disforia de género con solo solicitarlo.
Y, como acabamos de ver, la mentira de la disforia de género es tan peligrosa porque constituye la base sobre la que se sustenta la espectacularmente mal llamada “atención de afirmación de género”. Una vez que se pronuncia la expresión mágica “disforia de género”, los médicos, sin pensarlo dos veces y debido a la presión de los activistas, abandonan todo lo que saben sobre el método científico, la protección de los niños (y los adultos) y toda la ética y la curiosidad profesionales. Inician casi al instante el proceso que lleva a los pacientes por un camino de daño médico irreversible.
Sin embargo, al “diagnosticar” la disforia de género, los psicólogos están cometiendo lo que se conoce como “atribuciones erróneas”. Estas se producen cuando una persona atribuye un comportamiento o un sentimiento a una causa equivocada; por ejemplo, una persona que sufre un ataque de pánico puede pensar que sus síntomas físicos (dificultad para respirar, palpitaciones y mareos) son signos de un infarto. Del mismo modo, una persona con ansiedad social cree que todo el mundo la mira y la juzga cada vez que sale de casa. Los psicólogos enseñan a sus clientes a detectar las atribuciones erróneas y a modificar su forma de pensar y, por ende, sus respuestas conductuales. Sin embargo, cuando aceptan “afirmar” la disforia de género, los propios psicólogos están cometiendo una atribución errónea enorme y catastrófica y/o están actuando movidos por el miedo.
Los psicólogos deberíamos tenerlo mucho más claro. En mis casi 30 años como psicóloga clínica, solo he tratado a UN niño con malestares de género. Se trataba de un niño palestino que me fue derivado cuando trabajaba en Oriente Medio. (Ahora creo que podría haber padecido un trastorno de desarrollo sexual, como Imane Khelif, ya que esta anomalía genética es frecuente en esa población). Por el contrario, en el Reino Unido, a lo largo de décadas de práctica clínica, he asistido a miles de reuniones de equipos del Servicio Nacional de Salud, de derivaciones y de estudios de casos. Ni una sola vez, jamás, se planteó el “género” como un problema clínico para ningún adulto ni para ningún niño.
Esto sugiere claramente que la disforia de género no es más que una explicación nueva, falsa e increíblemente peligrosa para el malestar psicológico derivado de afecciones del desarrollo, psicosociales y neurobiológicas que los profesionales de la salud mental conocen desde hace tiempo y que hemos tratado con éxito desde siempre. Por ejemplo, afecciones y manifestaciones como el autismo, las dificultades de aprendizaje, el acoso escolar, la atracción hacia personas del mismo sexo, la disfunción familiar, las relaciones deficientes con los compañeros, las enfermedades mentales incipientes, los trastornos de la personalidad, el rechazo hacia el propio cuerpo y la inquietud ante los cambios físicos de la pubertad, etc. Y también el abuso sexual infantil, que, lamentablemente, es un factor determinante para la posterior identificación trans entre las niñas. Las niñas también están alcanzando la menarquia a edades cada vez más tempranas. No se puede subestimar el impacto psicosocial y el malestar que supone comenzar a menstruar a los nueve o diez años, o incluso antes.
Pero ahora, de forma escandalosa y con una irresponsabilidad suprema, todo lo que forma parte de la condición humana se está englobando bajo el término “disforia de género”.
No estoy diciendo que las personas que creen sufrir disforia de género no estén sintiendo algo. Su infelicidad y su angustia suelen ser reales. Pero se les está atribuyendo una causa errónea. Se está cometiendo un error de atribución desastroso y ruin. Concretamente, se atribuye que existe una discrepancia entre la supuesta identidad de género de una persona y su cuerpo físico, que se considera incongruente. De ahí surge el tópico de “haber nacido en el cuerpo equivocado”.
Yo sostengo, por el contrario, que la disforia de género pertenece a la familia de los trastornos de ansiedad y debería rebautizarse como “trastorno de ansiedad somatizada” (TAS). Los psicólogos están perfectamente capacitados para tratar los trastornos de ansiedad mediante la terapia conversacional y la modificación conductual. El tratamiento del TAS no sería diferente de la psicoterapia habitual para la depresión, la ansiedad o los problemas de pareja.
Curiosamente @_CryMiaRiver cree que la autoginefilia debería tener su propia categoría diagnóstica y que la disforia de género (tal y como es) debería convertirse en un diagnóstico secundario de una categoría diagnóstica primaria, por ejemplo, el autismo o la depresión https://shorturl.at/N0xsL. Es una propuesta interesante y estoy deseando que la desarrolle con más detalle.
Otro colega de psicología clínica, @Jaco_v_Z, ofrece una fascinante explicación psicodinámica de este contagio social, para el cual la intervención adecuada propuesta es la psicoterapia llevada a cabo por una persona debidamente cualificada. https://shorturl.at/47Rdp
Esto es lo que los psicólogos deberíamos hacer: utilizar nuestras diversas perspectivas clínicas para ofrecer formas alternativas de comprender y tratar un sistema de creencias grave y peligroso que está destrozando la sociedad occidental. Deberíamos estudiar, debatir e intentar comprender lo que se conoce como “disforia de género”.
No deberíamos “afirmarla” ciegamente.
Sin embargo, debido a una ideología férrea y a un activismo desenfrenado, a la incomprensión del público y a la manipulación cínica por parte de los intereses corporativos, la disforia de género ha logrado hacerse un hueco único en el ámbito terapéutico. Un espacio en el que ya no se aplican las normas clínicas o psicológicas habituales. No obstante, a pesar de su infiltración en la conciencia pública y de su distorsión de la práctica clínica, la disforia de género es un constructo falso. No se basa en nada más que en una ideología incoherente.
La cuestión no es cuál es la mejor forma de tratar este trastorno “real”. La madre naturaleza no está cometiendo de repente un gran número de errores en el desarrollo (principalmente en niños blancos y occidentales). No existe ninguna patología subyacente. Por lo tanto, no debería haber hormonas, ni cirugía, ni ninguna interferencia en el curso natural de la pubertad. La única “intervención” para tratar el SAD debería consistir en terapia conversacional y modificación del comportamiento.
Las culturas suelen equivocarse y se inventan explicaciones ficticias para comprender los sucesos angustiosos que ocurren a su alrededor. Por ejemplo, en Guyana, el país natal de mis padres, existía la creencia en Old Haig, un espíritu femenino demoniaco que atacaba y mataba a los bebés recién nacidos. Para proteger al bebé, las madres colocaban una Biblia abierta por el Salmo 23 debajo del colchón de la cuna. También tapaban todos los espejos, ya que se creía que Old Haig entraba en la casa por ahí. Ahora, con mejores conocimientos médicos y una comprensión del síndrome de muerte súbita del lactante (SMSL), la gente ya no cree en Old Haig. En su lugar, toman medidas eficaces y basadas en la evidencia para proteger a los recién nacidos, como acostarlos boca arriba para dormir con los pies tocando el extremo de la cuna y mantener baja la temperatura de la habitación.
En la actualidad se está produciendo un malentendido conceptual similar en torno a la catástrofe que supone la atención sanitaria para la reafirmación de género. Al igual que los ancianos caribeños de la generación de mis abuelos, nosotros también nos hemos mostrado propensos a caer en las garras de un sistema de creencias erróneo. La disforia de género no es más real que los recuerdos recuperados de la gente en la década de 1980, o que las niñas de Salem, cuya histeria provocó 19 ejecuciones, incluida la de Dorothy Goode, que solo tenía cuatro años.
Aunque han pasado ya 400 años desde Salem, nosotros, los seres humanos más cultos y sofisticados que jamás hayan existido, estamos cometiendo una vez más los mismos errores. Nos estamos dejando llevar por una histeria colectiva que nos está llevando a aplicar “tratamientos médicos que salvan vidas” a niños y adultos vulnerables sin una pizca de evidencia empírica.
Pero esta supuesta “atención sanitaria que salva vidas” no es, por casualidad, iatrogénica (es decir, en la que el daño causado al paciente por las acciones del médico es una consecuencia incidental de su actividad). No, la atención de reafirmación de género es activamente antimédica. El objetivo (no un subproducto) de la intervención es la extirpación de tejidos y órganos sanos y la alteración del sistema endocrino, que se encuentra en un delicado equilibrio. Niños y adultos que, por lo demás, gozan de buena salud se están convirtiendo en pacientes médicos de por vida. Se están destruyendo sus cuerpos y se están dañando su coeficiente intelectual y sus funciones cognitivas superiores.
(Véanse los enlaces a mis artículos sobre este tema):
https://x.com/Psychgirl211/status/1812912510061735973
https://x.com/Psychgirl211/status/1867635801061781864
Estarán sujetos a una discapacidad progresiva, dolor crónico, infecciones intratables y revisiones quirúrgicas interminables. Sufrirán demencias tempranas y probablemente una muerte prematura.
Todo el mundo pagará el precio de esta locura. Será necesario un esfuerzo nacional enorme y exhaustivo para cuidar de estas personas a medida que envejecen y sus cuerpos y cerebros comienzan a deteriorarse bajo el embate de estas intervenciones médicas completamente innecesarias y poco éticas.
Pero, por ahora, el dinero es lo que más cuenta. La atención sanitaria para la reafirmación de género es el motor de un mercado médico que crece un 10 % anual y que, para 2030, alcanzará un valor de 6200 millones de USD. Y se sustenta en la falsa premisa de la disforia de género, nuestro equivalente moderno de la asociación con el diablo, Old Haig y los recuerdos recuperados.
La disforia de género es una mentira interesada que está causando un daño incalculable a innumerables personas. Reconceptualicemos, en cambio, la disforia de género por lo que realmente es: un trastorno de ansiedad somatizada (TAS). Una expresión novedosa y ligada a la cultura del funcionamiento emocional y social desordenado.
Dejemos que los profesionales clínicos tengan libertad para ayudar a los pacientes que sufren utilizando todas nuestras habilidades y conocimientos clínicos.
No nos atéis las manos.
No nos criminalicéis.
Cuando se trata de la disforia de género, me vienen a la mente las palabras de John F. Kennedy: “Sometemos todos los hechos a un conjunto prefabricado de interpretaciones. Disfrutamos de la comodidad de la opinión sin la incomodidad del pensamiento”.
Ahora debemos ejercer el pensamiento y eliminar las opiniones. Debemos desmantelar las tambaleantes, crueles y destructivas locuras de la identidad de género, la disforia de género y la atención de afirmación de género.
Debemos eliminar la disforia de género de nuestro conjunto de síntomas.
Gracias por leer mi artículo. No pondré mi trabajo tras un muro de pago. Si quieres apoyarme, aquí te explico cómo:
Gracias. Dr. P
La Dra Dionne Joseph @Psychgirl211 es una psicóloga clínica
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