Esta es la verdadera vergüenza. Los, las periodistas saben que niñas y niños vulnerables sufrirán daños irreversibles a causa de tratamientos médicos experimentales. Saben que mujeres vulnerables comparten celdas con agresores sexuales. Saben que violadores viven en refugios para mujeres supervivientes de violencia. Y sin embargo, callan. Stella O´Malley en Spiked.

[…] Las repentinas dimisiones esta semana del director general de la BBC, Tim Davie, y de la directora ejecutiva de noticias, Deborah Turness, han centrado la atención en el papel de los medios de comunicación. Ha sido sorprendente —y tristemente predecible— ver a altos cargos de la BBC esforzándose por defender sus fracasos murmurando con tono sombrío sobre «conspiraciones de la derecha» y «maniobras internas». Pocos, si acaso alguno, se han parado a pensar si el verdadero problema podría ser su propia cobardía.

La misma corrupción se extiende por los principales medios de comunicación de todo el mundo. En Irlanda, he conocido a demasiadas figuras bien pagadas de RTÉ, el Irish Times y el Irish Independent que parecen estar serenamente orgullosas de su negativa a abordar cualquier tema remotamente controvertido. Lo llamo el síndrome de Hugh Linehan, ya que, como editor del Irish Times y presentador del popular podcast Inside Politics, parece estar particularmente satisfecho de sí mismo, incluso moralmente, con su capacidad para evitar los temas difíciles.

He reflexionado mucho sobre cómo estas personas pueden defender con tanta seguridad su inacción. La mayoría, cuando se les presiona, admiten que lo sabían todo desde el principio y que, cuando más importaba, les faltó valor. Esto plantea la cuestión de cuánto tiempo deberían los profesionales de alto estatus servir a un sistema que saben que causa daño. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que encuentren el valor para romper filas y negarse a obedecer?

Parece que la situación está empezando a cambiar. Muchas aplaudimos cuando, en junio, la presentadora de noticias de la BBC, Martine Croxall, arqueó las cejas y, con exasperación, corrigió en directo la expresión «personas embarazadas» por “mujeres”. Sin embargo, la mayor parte de la clase profesional acomodada, en particular los periodistas, todavía no se atreven a involucrarse.

Esta es la verdadera vergüenza. Saben que los niños y niñas vulnerables sufrirán daños irreversibles a causa de tratamientos médicos experimentales. Saben que mujeres vulnerables comparten celdas con agresores sexuales. Saben que violadores violentos viven en refugios para víctimas de violencia doméstica entre las mujeres y los menores más vulnerables. También saben que los profesionales honestos y éticos —como yo— estamos siendo cancelados sin piedad por sacar a la luz estos problemas.

Las diversas justificaciones que utilizan los periodistas son una prueba fehaciente de su compromiso con la deshonestidad. Pasaron de «esto no está pasando» a «sí está pasando, pero las cifras son ínfimas, ¿por qué te importa?» a «me parece ofensivo». Luego, tras la evidencia irrefutable del Informe Cass: «Tienes razón, estamos donde estamos, hice lo mejor que pude en un momento difícil».

No se trataba de unos pocos errores. Fue una abdicación de responsabilidad sostenida que justificó la esterilización infantil, la presencia de hombres en espacios y deportes de mujeres y el borrado de lo que significa ser lesbiana o gay. Se siguen destruyendo vidas. Padres y madres han quedado devastados, y quienes han detransicionado aún no pueden acceder a la atención adecuada. Necesitamos justicia, no amnesia ni excusas a posteriori.

Quienes hemos sido maltratadas estamos furiosas. Soy psicoterapeuta, esposa y madre de dos hijos, y vivo en la Irlanda rural. Nunca quise verme absorbida por un escándalo médico que los medios se negaban a afrontar. Solo necesitaba que los periodistas hicieran su trabajo y la verdad habría salido a la luz. No lo hicieron.

Si los académicos, médicos y clínicos hubieran cumplido con su deber, no habríamos necesitado periodistas para destapar el escándalo. Pero no cumplieron con sus responsabilidades y, sobre todo, los periodistas no informaron de lo que estaba sucediendo.

Aún queda mucho camino por recorrer. Si los principales medios de comunicación intentan sobrellevar esto sin una verdadera rendición de cuentas, la ira y la desconfianza crecerán, no porque seamos demasiado severas, sino porque los medios se niegan a asumir su papel en este escándalo.

La reticencia a actuar es, en esencia, una falta de valentía; y cuando decir la verdad forma parte del trabajo, una falta de ética. Esta falta ha infectado el mundo académico, el periodismo, la educación, el derecho y la medicina, y ha creado la crisis generalizada a la que nos enfrentamos hoy.[…]

Artículo completo
Comparte esto:
Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Ver Política de cookies
Privacidad